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Los dos candidatos parten igualados en una casi asegurada segunda vuelta
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Flávio, hijo del expresidente convicto Jair, promete liberar a su padre
A pesar de su gran tamaño, la actual situación política de Brasil recuerda levemente a la aldea gala de Astérix: el último reducto de gobiernos progresistas, rodeado de la nueva oleada ultraconservadora que ha sacudido América Latina en el último lustro. Este domingo, el presidente izquierdista Lula da Silva, un histórico líder sindical, busca la que sería su cuarta reelección no consecutiva. Su principal rival será Flávio Bolsonaro, hijo y heredero político del exmandatario convicto Jair Bolsonaro, el primer líder ultraderechista que emergió en la región.
158 millones de brasileños están citados a acudir a las urnas con los mismos apellidos enfrentados que hace cuatro años. El histórico sindicalista contra la familia Bolsonaro. Como si de una tragedia griega se tratase, Flávio ha aparecido en el escenario para vengar el encarcelamiento de su padre, que actualmente cumple arresto domiciliario por un intento de golpe de Estado en 2022. Una de sus promesas electorales es liberar a su padre en cuanto llegue al poder. Lula, por su parte, asegura que quiere ganar para «mantenerlo en la cárcel». La polarización y la crispación han sacudido una campaña entre dos corrientes nacionales prácticamente empatadas. De hecho, el pasado jueves Lula rechazó su participación en un debate televisivo contra Flávio y otros tres candidatos más, a pesar de que su principal contrincante le había instado a presentarse. Finalmente, la cadena TV Globo decidió cancelar el debate, después de que Bolsonaro declinara acudir a última hora por la ausencia de Lula.
En apenas tres años, casi una decena de líderes derechistas aliados de Washington han asaltado el Ejecutivo de los países latinoamericanos. Algunos, como el argentino Javier Milei, han acompañado a Flávio en campaña. Una alianza que Trump bautizó como el Escudo de las Américas y que ahora busca inscribir a un nuevo aliado en el Estado brasileño.
Si este domingo ninguno de los candidatos supera el 50% de los votos, como todo parece indicar, las dos fuerzas más votadas se enfrentarán en una segunda vuelta que tendrá lugar el 25 de octubre.
El papel de EE.UU., en el horizonte
«Las estoy siguiendo muy de cerca», afirmaba Trump cuando le preguntaban sobre la cita a las urnas de este domingo. En Truth Social, declaró con rotundidad que su aliado Flávio iba a ganar: «Sudamérica está volviendo a ser grande de nuevo», concluía. La omnipresente mirada de la Casa Blanca es un factor fundamental de estas elecciones. La presidencia de Lula ha estado marcada por unas complicadas relaciones con Trump, que ha escarmentado a su homólogo con aranceles al 25% en determinados productos.
El duelo entre Lula y Bolsonaro ha sido trasladado a una batalla por la hegemonía del país en el continente. El presidente izquierdista se muestra como una garantía para mantener la «soberanía» de Brasil y denuncia a su rival por querer entregar el país a EE.UU. Flávio, por su parte, busca estrechar vínculos con la administración Trump.
«No es habitual que Estados Unidos intervenga de una manera tan directa y explícita en la política brasileña», explica Jorge Chaloub, profesor de políticas en la Universidad Federal de Río de Janeiro. «Electoralmente, esto puede perjudicar a Flávio, ya que hay un sector de la sociedad que no quiere estar subordinado a Norteamérica. Sin embargo, hay una élite empresarial que sí aboga por esta relación».
Las encuestas auguran un empate
Pese a que al principio de la campaña los sondeos otorgaban una ventaja más palpable al líder y fundador del Partido de los Trabajadores (PT), la tendencia en las últimas semanas había sido de acercamiento entre ambos. Sin embargo, el Ejecutivo del octogenario líder tenía un as guardado bajo la manga: el 25 de septiembre, el Gobierno anunció la prohibición de las apuestas deportivas y casinos en línea, una de las mayores lacras del país. Esta medida, que la oposición ha acusado de electoralista, parece haber tenido una repercusión positiva para el mandatario de cara a los comicios, aumentando su ventaja respecto al Partido de la Libertad (PL) de Flávio a 3 puntos porcentuales.
Para Esther Solano, profesora en la Universidad Federal de São Paulo, la medida ha sido bien recibida, aunque también ha sido percibida como «electoralista«: «El problema fundamental ha sido el momento. Costó mucho que Lula se convenciera de esta medida y la ha dejado para demasiado tarde. Esto ha hecho que pierda parte de su impacto». Chaloub hace énfasis en que esta prohibición conecta muy bien con el electorado femenino, gran parte del sustento electoral del presidente.
Una de las últimas encuestas, publicada el jueves, sitúa a Lula por delante en intención de voto con el 48 % ante una eventual segunda vuelta entre él y el hijo de Bolsonaro, quien aglutinaría un 45% de respaldo. Para la primera vuelta, la misma encuesta da un triunfo a Lula con el 44,1% de los sufragios, seguido de Bolsonaro con un 41,1%. El resto de candidatos se sitúan muy por detrás: Augusto Cury (4%), Ronaldo Caiado (3%) y el agitador ultraderechista Renan Santos (4%). En todo caso, el resultado se considera un empate técnico, ya que el margen de error es de dos puntos porcentuales, y parece claro que ningún candidato superará el 50 % de los votos que impediría una segunda vuelta.
El promedio de encuestas de RTVE, en la foto final con los últimos sondeos, sitúa a los candidatos a tres puntos de diferencia.
Este escenario no ha variado demasiado desde la convocatoria oficial de elecciones, a mediados de agosto.
Ante el empate técnico que arrojan las encuestas, el panorama quedará en manos de los indecisos, que ahora mismo son alrederdor del 5% de los ciudadanos. Ellos, junto con el voto residual de los candidatos alternativos, serán los que decanten la balanza en la segunda vuelta que con toda probabilidad se disputará el 25 de octubre.
Indecisión y descontento
A pesar de que la hostilidad entre los candidatos es palpable, las dos corrientes mayoritarias, lulistas y bolsonaristas, han llegado en horas bajas. «Los bolsonaristas más radicales están poco movilizados porque no creen realmente que Flávio pueda igualar a su padre. Y entre los lulistas también existe un cierto agotamiento por ser ya su cuarto mandato».
A pesar de que la macroeconomía del país está estabilizada, muchas de estas estadísticas esconden otra realidad para el ciudadano de a pie. Brasil tiene básicamente pleno empleo, pero casi el 50% de ese empleo es informal. Además, la población acude a las urnas con un grave endeudamiento familiar, llegando a alcanzar un récord del 82% en julio de 2026 y comprometiendo casi el 30% de los ingresos familiares. Lula insiste en que aumentar la deuda pública: «gastar en educación, salud y lucha contra la pobreza es una inversión, no un gasto«.
En contraposición a sus anteriores mandatos entre 2003 y 2011, esta vez las políticas sociales de Lula no han dado el resultado esperado. Este descontento general lleva a que los votantes «se vean obligados a elegir entre uno y otro sin que necesariamente sea su opción preferida», asegura Anna Ayuso, investigadora sénior para América Latina del CIDOB. «Muchos votantes van a votar por rechazo al otro candidato«.
Lula, el sindicalista que llegó a la cima
A pesar de que en menos de un mes cumplirá 81 años, Luiz Inácio Lula da Silva no ha perdido ni un ápice de energía. En los mítines, se mueve ágilmente y clama sus discursos a pleno pulmón. En sus redes sociales trata de mostrar una imagen de vigorosidad, grabando sus entrenamientos en el gimnasio y sus hábitos saludables: «Para llegar a los 120 años hay que hacer lo que yo hago», afirma en sus videos.
Hijo de una pareja de labradores, abandonó los estudios a los 14 años para comenzar a trabajar en el sector metalúrgico. Más adelante, su hermano mayor le introduciría en el sindicalismo. En plena dictadura militar, su hermano mayor le introdujo en los movimientos sindicalistas del sector. En 1975, ya casado, fue ascendido a la presidencia del sindicato, convirtiéndose en el representante de casi 100.000 trabajadores. Más tarde, fundaría el PT, partido con el que se presentaría a tres elecciones presidenciales, hasta finalmente convertirse en el primer obrero en gobernar Brasil en 2003.
Durante su primer y segundo mandato, las principales prioridades de su Ejecutivo fueron la lucha contra el hambre y el paro. Medidas de transformación social como la Bolsa Família, un sustento público para las familias con bajos recursos, ayudaron a sacar a 20 millones de personas. Brasil se convirtió en la octava potencia mundial. Lula abandonó su Gobierno en 2011 con un 80% de aprobación.
Su particular caída a los infiernos llegó en 2017, cuando la Fiscalía comenzó a investigar al entonces expresidente por supuestos vínculos en un complejo entramado de desvío de fondos públicos que afectaba a la empresa estatal petrolera Petrobas. Fue condenado a 9 años de prisión, pero en 2019, una investigación reveló que el juez federal involucrado en el caso había ordenado a la Fiscalía que incriminase al político. Lula fue absuelto dos años después y la Suprema Corte anuló todas sus causas, permitiéndole volver a la política.
«Tengo que reconstruir todo lo destruido«, decía en las elecciones de 2022, en referencia al mandato del ultraderechista Jair, al que siempre ha dedicado un lenguaje agresivo, llamándolo «genocida» o «fascista». Esta condena constante a la extrema derecha ha estado también presente en sus discursos de la presente campaña: «La extrema derecha siempre va a trabajar con la perspectiva de dar un golpe», ha llegado a decir. En 2022, el sindicalista se impuso ante un mandatario muy lastrado por las consecuencias de la epidemia del covid, que acabó con la vida de 700.000 brasileños y que el propio Bolsonaro desestimó.
Un líder desgastado
Aunque físicamente siga en plena forma, su figura política sí parece haberse desgastado. El endeudamiento, la desaceleración económica y el poder de las bandas criminales han llevado a que los sondeos le den un 47% de rechazo. «Sus primeros años fueron muy impactantes en términos de memoria colectiva, lo que lastra al Lula actual», explica Solano.
La sombra de la corrupción no parece haberse despegado del todo del presidente. A pesar de ser declarado inocente del escándalo que le llevó a prisión, este recuerdo aún pesa en el electorado. Además, su hijo mayor, Fábio Luís da Silva, está siendo investigado por un caso de tráfico de influencias.
En las semanas previas a los comicios, uno de los principales temas de discusión fue el escándalo del Banco Master, que levantó sospechas sobre varios jueces del Supremo por su relación con un banquero encarcelado por un fraude financiero millonario.
Para intentar contrarrestar este mal momento, que ha igualado la contienda electoral contra el hijo de su némesis, el mandatario ha prometido una serie de medidas sociales para rememorar al Lula del pasado: establecer un máximo de cinco días laborales, en vez de los seis actuales; un aumento del 15% del subsidio de Bolsa Família. Además, ha intensificado un mensaje dedicado al empoderamiento de las mujeres y la lucha contra los feminicidios.
Flávio, el hijo predilecto
A pesar de que Flávio heredó el apellido de Jair, los genes no le transmitieron su carisma y mística, que le llevaron a convertirse en el máximo exponente de la derecha brasileña. Su perfil es más bajo. Su temperamento, más calmado. «Es difícil comparar al hijo de Pelé con Pelé», admitía en un acto. Sin embargo, ha recogido el testigo de su padre, lo que supone para muchos bolsonaristas un halo de esperanza y un buen motivo para votarlo. «Su gran baza es que representa valores tradicionales, de derecha y conservadores, pero la gente no lo ve tan peligroso y radical como a Jair», afirma Solano.
Es el mayor de los cinco hijos del líder ultraderechista. Aunque suele ir vestido con un traje formal, en campaña ha optado por portar asiduamente la camiseta de la selección de Brasil, como solía hacer su padre. Su carrera política está marcada por investigaciones de lavado de dinero. Su último escándalo viene derivado de la película Dark Horse, un documental sobre la vida de su padre que presuntamente habría obtenido financiación irregular. Aunque la Policía Federal está investigando el caso, él asegura que fue un patrocinio privado y legal.
Durante su campaña, el nuevo candidato del PL ha asegurado que su «brújula» será su padre, a quien considera víctima de una «persecución policial». «Existe una especie de disculpa sobre esto, porque es su hijo», asegura Solano. «La idea de ‘¿quién no haría eso por su padre?’. Además, el grave estado de salud de Jair ayuda a verle como menos peligroso». En sus redes sociales, Flávio se graba visiblemente emocionado al hablar de su padre y su reclusión, mientras que en su programa de Gobierno menciona su nombre 22 veces.
«Brasil sin miedo», su programa, se sustenta en los mismos pilares que el del resto de líderes conservadores de la región: seguridad y lucha contra la criminalidad. Defiende la reducción de la responsabilidad hasta los 14 años y plantea un modelo carcelario del presidente salvadoreño Nayib Bukele. Además, plantea reforzar la vigilancia militar de las fronteras, la castración química para los violadores y el endurecimiento de penas.
En materia económica, busca suprimirle poder al Estado, eliminar al menos una decena de ministerios para disminuir el gasto público y privatizar empresas públicas.
¿Qué podría decantar la balanza?
Lo único que parece una clara certeza en esta cita electoral es la presencia de ambos candidatos en una segunda vuelta que será inevitable. Varios factores podrían inclinar la balanza hacia un lado u otro. Uno de ellos, la transferencia de votos de los candidatos conservadores de la primera vuelta, que beneficiaría a Bolsonaro: «La derecha ha venido muy fragmentada a esta elección. Todos estos candidatos, previsiblemente van a dar una gran cantidad de votos a Flávio de cara al 25 de octubre», concluye Chaloub.
A pesar de que tanto a Lula como a Flávio les persigue la sombra de la corrupción, Solano considera que este factor no será decisivo en estas elecciones: «En el votante general brasileño ha calado la idea antisistema de que todo el mundo es corrupto. Por lo tanto, como existe esa percepción de que todo el mundo es corrupto, tampoco tiene tanta importancia«.
Ayuso subraya la importancia de que, gane quien gane finalmente la contienda, todo parece apuntar a un vuelco parlamentario en Brasil: «Ahora mismo, el Senado y el Congreso son mayoritariamente de derechas, a pesar de que gobierna la centroizquierda. En esta nueva recomposición parece se va a equilibrar un poco».


