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Varios cientos de personas, en su mayoría ingleses, viven en este camping que recupera la normalidad
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Directo: el incendio de Los Gallardos está «estabilizado» y autorizan el regreso de los mil desalojados
Desde primera hora de la mañana, el sol de justicia no perdona en el Camping Los Gallardos, a pesar de que una leve brisa alivia el calor a ratos. Anchos senderos separan las propiedades, con espacio suficiente para mantener la privacidad. Pero lo bastante cerca como para hacer comunidad. En lo alto, domina el panorama una concurrida cafetería, que va recuperando clientes tras dos días de cierre y una piscina de increíbles aguas azules que invitan al baño. Es un lugar para quedarse a vivir. No es extraño que los habitantes de este lugar, la mayoría británicos, lo elijan para pasar sus años dorados tras una vida de trabajo en capitales poco acostumbradas a la luz del sur.
Así lo pensó Cristina, de 76 años. Llegó a nuestro país procedente de Gran Bretaña hace más de 20 años. Y está encantada de vivir aquí. Está sola, puesto que su marido murió hace algunos años.
Se muestra feliz, aunque cuenta a RTVE Noticias que días atrás, cuando evacuaron el camping por el incendio de los Gallardos, en Almería, se vivieron «momentos terribles». «Fue muy triste y estresante», nos cuenta. Tuvo que salir de casa con lo puesto, solo cogiendo su pasaporte, tarjetas y algo de dinero.
El humo intenso impedía respirar, y la cercanía del fuego amenazaba las casas del recinto. Las autoridades ordenaron el desalojo y todos tuvieron que ser evacuados.
Cristina ha pasado los dos últimos días en un hotel de Mojácar, como muchos de sus vecinos. Ha tenido todas las comodidades, pero está feliz de volver y encontrar todo tal como lo dejó, nos cuenta mientras descarga la compra que trae en el maletero de su coche.
Este domingo la atmósfera ya está limpia, no hay rastro del humo. Solo se respiran las ganas de los vecinos por recuperar sus vidas
«Muy aliviadas», se muestran Anita y Lorraine. Ellas también han pasado los dos últimos días en un hotel de Mojácar, pero durante ese tiempo eran algo más reacias a hablar con los medios. Su historia es agridulce. Llegaron al camping hace algo más de una semana para recoger las cosas de su madre, recién fallecida. Pero el destino tenía otros planes.
La madre había pasado aquí los últimos 19 años de su vida. Tenía su casa llena de recuerdos que las hijas querían recuperar. Sin embargo, al poco de llegar tuvieron que huir apresuradamente. Ahora toman un café, tranquilas, en el bar del camping, y comentan con los vecinos lo vivido estos últimos días. Se sienten a salvo por el fin de esta historia, que les ha permitido volver y encontrar intacto el terreno de su madre y todas sus cosas.
Conservarán la casa, dicen a RTVE Noticias. Señal de que les ha gustado el lugar, y también del increíble modo en que esta comunidad, compuesta en su mayoría por británicos, pero también alemanes, belgas y algún español, crea lazos y los une más allá de la lengua y las nacionalidades.
Los trabajadores del camping, parte de la familia
El súper del camping es la primera parada de la mayoría de los vecinos que este domingo vuelven a sus casas. Allí se encuentran con Sonia, una de las dependientas de la tienda. Lleva un año trabajando aquí, pero ya conoce a todos y para cada uno tiene una sonrisa.
Cuando se desató el fuego, Sonia había acabado su turno. Cuenta a RTVE Noticias que intentó volver a ayudar en la evacuación, pero las autoridades ya no le dejaron pasar. Así que cogió su increíble solidaridad y se la llevó a los pabellones donde los voluntarios dieron asistencia a los evacuados durante las primeras horas, antes de realojarlos en hoteles de la zona.
Allí Sonia se encontró con muchos de sus clientes. Habla del descontrol de las primeras horas, en que se vivió «mucha tensión».
Se emociona al pensar en lo «doloroso» de todo lo que ha sucedido, la inmensa pena que siente al pensar en las doce víctimas del incendio: «Es una muerte terrible». Por ellas, nos dice, Los Gallardos han suspendido sus fiestas en honor a la Virgen del Carmen.
Quien sí estaba aquí cuando se desató el incendio era Rafael, el jefe de cocina del restaurante Miraflores, dentro del camping Los Gallardos. Vive aquí cuatro de los siete días de sus semanas.
Rafael recuerda las prisas de la evacuación y cómo a los clientes «no les dio tiempo a asimilar lo que pasaba». Junto con la Guardia Civil, recorrió el recinto para avisar a todos los vecinos. El desalojo les tomó, nos cuenta, 15 minutos como mucho. Todo un récord.
El camping reabrió a las 21:30 del sábado
La piscina, el bar, la zona de caravanas… recupera poco a poco su tono habitual de domingo. Los campistas van volviendo y reocupando sus viviendas agradecidos. Aunque el lugar quedó desconfinado de forma oficial pocos minutos antes de las nueve y media de la noche del sábado.
A esa hora el silencio era tan absoluto y la noche tan oscura que costaba pensar que hace apenas unos días este lugar fue un hervidero de turistas y vecinos que en minutos pasaron de disfrutar del verano a dejar atrás sus casas de forma apresurada ante la amenaza de una tragedia.
La atmósfera ya estaba cristalina. Ni rastro del olor a humo. La prisa de días atrás solo podía entreverse en pequeños detalles, como un scooter eléctrico abandonado junto a la recepción. Su usuario, seguramente una persona con movilidad reducida, tuvo que recibir algún tipo de ayuda para subir a un coche. Atrás quedó el vehículo que le servía para desplazarse por las calles de tierra.
Un reducido grupo de periodistas de RTVE pudo acceder al lugar para ver si volvían los primeros vecinos. Todo estaba increíblemente tranquilo y el calor era lo más reseñable, a pesar de acercarnos a la medianoche.
La solidaridad no entiende de horas
Alojados en hoteles de la zona, muchos campistas han preferido esperar a volver con las luces de la mañana.
Entre lujosas autocaravanas, casas prefabricadas y algunas que parecen auténticas residencias de verano, se esconden también grandes historias de solidaridad. De las que solo se ven en ocasiones como estas.
Miguel Martínez, uruguayo de nacimiento pero mojaquero de adopción, trastea en medio de la noche en el interior de una casa prefabricada. Está en la parte más alta del camping, según nos dice, uno de los más grandes de Europa. El coche, aparcado junto a la edificación, tiene el maletero abierto. Él va y viene llevando cosas. Comprueba la luz, enchufa el frigorífico, hace las camas.
Trabajador de un chiringuito en Mojácar, prepara la casa que su suegro visita desde Liverpool tres o cuatro veces al año para acomodar a una clienta y amiga de su esposa, peluquera en la misma localidad. Carol, de mediana edad, se ha quedado sin casa. Su hogar ha quedado calcinado en Bédar. Por eso le ceden este espacio para que se quede con su marido y su perro.
El recibimiento es alegre a pesar de la hora y sobre todo las circunstancias. Y breve, puesto que hay extraños cerca. Con la puerta cerrada llegarán las lágrimas y los abrazos.
«Hacemos lo que está en nuestra mano»
«Cada uno ponemos nuestro granito de arena, hacemos lo que está en nuestra mano«, dice Miguel, que explica a RTVE Noticias cómo los vecinos de la zona se han movilizado a través de grupos de WhatsApp, se ha intentado atender a los animales, se han creado «grupos de gentes buscando a gente».
Ellos mismos, aunque no estaban aquí cuando evacuaron el camping, vivieron «un susto bastante grande«. Ahora el sentimiento que provoca dar cobijo a una amiga «no se puede explicar». Carol, británica, se sentirá como en casa. En este lugar viven durante todo el año entre 600 y 800 compatriotas.
Metros más abajo se escucha, amortiguado por una lona, el sonido de un televisor. El aparato es de Marie Claude. Francesa, de 70 años, habita en este camping hace tiempo. Es, sin duda, un modo de vida que le gusta. Antes pasó por otros lugares similares.
Cuando desalojaron Los Gallardos, nos cuenta que salieron corriendo con su coche y su autocaravana y se plantaron en un parking de la misma localidad. Pero los inconvenientes se le hicieron imposibles de soportar. El calor, la falta de ventilación y, sobre todo, la ausencia de duchas. «Estaba incómoda» nos dice, por lo que decidió volver, aunque en principio estaba prohibido. Marie Claude ha podido, por fin, ducharse. Este domingo ella y su marido se afanaban en limpiar las ventanas de su autocaravana.