Más allá del petróleo: Yemen y Somalia, atrapados entre el hambre, el desplome de la ayuda y la guerra de Irán

  • El Cuerno de África arrastra las consecuencias de la peor sequía en 40 años, agravada por el recorte en ayuda

  • Hoy, seis millones de somalíes, casi uno de cada tres, enfrentan hambre aguda y cierre de hospitales

Joven somalí lanza la red de pesca en aguas del Océano Índico
Joven somalí lanza la red de pesca en aguas del Océano Índico Getty Images
Ana Garralda  RTVE

A mhaediados de este mes, la joven Sabrín Ahmed, viajó en coche durante doce horas para llevar a su hijo de 11 meses, enfermo, al único lugar donde podían salvarle la vida, el Hospital Regional de Mudug, en Galkayo, ciudad parcialmente administrada por Puntlandia, uno de los estados federados de Somalia, en el extremo del Cuerno de África.

En su centro sanitario más importante, apoyado por Médicos Sin Fronteras (MSF), la somalí sabía que encontraría la leche terapéutica y el tratamiento necesario para su bebé, después de que este rechazara durante doce días ser amamantado y sin que hubiera sueros o jarabes administrados por el médico de su pueblo, Abudwak, a 270 kilómetros de distancia. Allí, el alimento que su hijo necesitaba, se había agotado.

El trayecto hasta el hospital costó cerca de 50 dólares, una cantidad difícil de asumir para su familia de nueve miembros, cuyos únicos ingresos son los obtenidos de un pequeño puesto de té, tan marchito como las tierras del centro – norte somalí, que sufren desde 2022 una sequía histórica y que a punto ha estado de provocar otra hambruna tras varias temporadas de lluvias fallidas, Una circunstancia que ha facilitado la huida, mayoritariamente hacia la costera Mudug, de muchos de sus residentes.

Allí, Sabrín pudo al menos salvar a su hijo, que fue hospitalizado y tratado por desnutrición. Se ha recuperado. «Si este tipo de atención sanitaria estuviera disponible en Abudwak, nuestra gente no tendría que emprender este viaje tan largo y caro», dijo poco antes de salir del centro tras recibir el alta de su bebé.

Sabrin Ahmed acude al Hospital Regional de Mudug, en Somalia, para salvar la vida de su hijo, que sufre desnutrición
Sabrin Ahmed acude al Hospital Regional de Mudug, en Somalia, para salvar la vida de su hijo, que sufre desnutrición DAVE PRIMOV/MSF

Pero la desnutrición, que se ha disparado desde el pasado mes de abril, no es el único peligro que afrontan niños somalíes como el de Sabrín.

«Muchos otros también padecen neumonía, sarampión o difteria, lo que complica el tratamiento y eleva el riesgo de muerte», explica Emmanuel Omale, coordinador de MSF en el país. “No llegan tarde porque sus familias hayan esperado hasta el último momento. Llegan tarde porque no cuentan con atención médica cerca de sus casas”, añade el responsable de la ONG.

Entre enero y julio el Hospital Regional de Mudug recibió a 1.389 pequeños diagnosticados con desnutrición aguda y complicaciones médicas. A finales de mayo incluso llegó a haber dos niños por cama. Una saturación, dice Omale, que refleja cómo la desaparición de los primeros peldaños de la atención primaria ha convertido al hospital en el último eslabón de una cadena rota.

Según datos de UNICEF, hasta agosto 205 centros de salud y nutrición habían cerrado por los recortes y hasta 618 más estaban en riesgo de correr la misma suerte. Solo en Puntlandia, han dejado de funcionar más de 70.

Se disparan los casos de desnutrición aguda en Somalia
Pacientes esperan con sus hijos en el Hospital Regional de Mudug, en Galkayo, el cual ha visto duplicados los casos por desnutrición MSF

Cierres que tienen graves consecuencias. El Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia estima que cerca de 1,9 millones de niños sufrirán desnutrición en Somalia este año, con casi medio millón de ellos padeciendo la forma más peligrosa y potencialmente mortal, la aguda grave.

Sus señales se manifiestan en forma de pérdida extrema de peso y masa muscular, debilidad ante las infecciones y, en los casos con edema, en hinchazón de pies, rostro o abdomen – la característica «barriga hinchada»-, además de lesiones en la piel.

Somalia: no solo sequía, tampoco hay fondos

La desaparición de un número creciente de centros de salud y nutrición se debe, en gran medida, al repliegue de la financiación humanitaria internacional, que afecta a toda Somalia y obliga a muchas familias a recorrer distancias cada vez mayores para recibir atención.

Estados Unidos, tradicionalmente uno de los principales donantes de Somalia, redujo significativamente su aportación tras la última llegada a la Casa Blanca de Donald Trump, pasando de 70 millones de dólares en 2025 a cero en 2026, según MSF.

Reino Unido también ha disminuido su presupuesto para destinar más recursos a defensa, mientras otros donantes occidentales han reducido sus contribuciones. Como consecuencia, la financiación para combatir la desnutrición ha caído más del 80 % en buena parte de Somalia, según datos de MSF.

En ese mismo contexto, el Programa Mundial de Alimentos (PMA), la organización humanitaria más grande del mundo dedicada a combatir el hambre, redujo la ayuda de 2,2 millones de beneficiarios a comienzos de 2025 a poco más de 600.000 en 2026.

Unos recursos que apenas permiten asistir a uno de cada diez somalíes con hambre aguda, lo que en el país padecen unas seis millones de personas, casi una de cada tres.

Campamentos de desplazados en Somalia
Campamentos de desplazados en Somalia Getty Images

A los recortes y a la sequía se superponen la pérdida de cultivos y ganado – en Mudug, los pastores deben alejarse cada vez más para buscar agua y pastos, lo que supone alejarse también de los pocos centros sanitarios que siguen abiertos – los conflictos armados contra Al Shabaab, la filial somalí de Al Qaeda, o el Estado Islámico – con menos presencia que la primera – y la guerra entre Estados Unidos e Irán.

UNICEF advierte de que el alza del precio de combustibles y fertilizantes agrava la emergencia, mientras el PMA señala demoras de hasta 40 días en la llegada de los alimentos terapéuticos, lo que reduce las posibilidades de los niños con desnutrición.

Conflictos armados que agravan una emergencia alimentaria común a ambas orillas del golfo de Adén. Si en Somalia la historia de Sabrín refleja el colapso de la atención nutricional, en la otra orilla, la de Yemen, los nuevos combates añaden al drama de la desnutrición la huida, el desarraigo y la pérdida.

Yemen: necesidad y conflicto en la orilla de enfrente

Los hutíes, que controlan el noroeste del país y su capital histórica (Saná), apoyados por Irán y enfrentados a Arabia Saudí, han sido los últimos en sumarse al violento teatro de Oriente Medio, donde los actores estrella residen fuera de sus fronteras.

Si el pasado 28 de marzo lanzaban misiles contra Israel como gesto de apoyo a su aliado, Irán, tras la guerra iniciada por Washington y Tel Aviv, no fue hasta julio que decidieron romper el alto el fuego, firmado en 2022, con el gobierno yemení, reconocido internacionalmente y apoyado por Arabia Saudí. El día 13 respondían al ataque de las fuerzas gubernamentales contra la pista del aeropuerto de Saná y que tenían como objetivo impedir el aterrizaje de un avión procedente de Teherán.

En septiembre decidían intensificar su ofensiva tomando el puerto de Moca y la isla de Perim, en la entrada de Bab el Mandeb, complicando la navegación y bloqueando la principal alternativa al estrecho de Ormuz para el crudo saudí, el mar Rojo. Según un análisis de la revista Foreign Affairs, sus exportaciones por Bab el Mandeb han caído un 95% desde julio.

Además, a la tensión creciente entre hutíes, Arabia Saudí y las fuerzas del Gobierno yemení, hay que añadirle una nueva ola de atracos a mano armada en alta mar. Hasta el 11 de septiembre, la operación Atalanta, la primera operación militar naval de la Unión Europea creada para luchar contra la piratería en el Cuerno de África y el océano Índico, había registrado 25 incidentes en la zona, con cuatro buques aún retenidos y decenas de tripulantes presuntamente cautivos.

 

Pero más allá del conflicto armado y comercial que las rutas dejan atrás, millones de personas pagan otra factura: el encarecimiento del combustible y el retraso de suministros mientras los recortes vacían una red humanitaria más necesaria que nunca.

Antes de esta escalada, 12,2 millones de niños yemeníes ya necesitaban asistencia humanitaria y más de 2,2 millones de menores de cinco años sufrían desnutrición aguda, 515.000 de ellos, en su tipo más grave. Asimismo, alrededor de 17,8 millones de personas carecían de acceso adecuado a servicios sanitarios, agua y saneamiento, y apenas el 60% de los centros de salud funcionaba plenamente.

«Muchos niños apenas han conocido otra cosa que no sea el conflicto y el desplazamiento», lamenta Edouard Beigbeder, director regional de UNICEF para Oriente Medio y el norte de África. Para ellos, añade, esta nueva ola de violencia está socavando «la poca estabilidad que les quedaba».

Los combates en Yemen durante las últimas semanas han desplazado a cerca de 86.000 personas, según una agencia de la ONU, cifra que aumentó en 10.000 respecto al día anterior
Una mujer está sentada con dos niños en un aula de un refugio temporal para desplazados internos en la escuela Shawkani, al norte de Adén, en el sur de Yemen, el 15 de septiembre de 2026 AFP

También, cierre de hospitales

En Yemen, ese contraste se concentra en Moca, la ciudad portuaria situada junto a Bab el Mandeb, donde casi todos los centros sanitarios han dejado de funcionar porque la mayoría de los los profesionales sanitarios han huido, según MSF.

«Hace apenas unos días, nuestros equipos se preparaban para reabrir nuestro antiguo hospital de campaña en la ciudad en respuesta a los combates que tenían lugar al este de Mafraq y a la llegada gradual de personas desplazadas», declaraba recientemente Lou Cormack, coordinadora de MSF en Adén, capital de facto del gobierno yemení.

«Sin embargo, el rápido avance de las fuerzas de Ansar Alá (nombre del movimiento hutí) y su control de la mayor parte de la costa occidental, han cambiado la situación. En cuestión de horas, se evacuaron los hospitales mientras que un gran número de personas huía de Moca hacia el sur y hacia Adén, entre ellas personal sanitario de los hospitales de la ciudad», añadía.

A fecha del 11 de septiembre, la organización aún mantenía a unos 30 facultativos en el Hospital General de Moca, asistiendo en partos, urgencias y cuidados intensivos. Aún así, afirman, «las necesidades siguen siendo extremadamente elevadas».

Imagen del puerto y la ciudad de Adén, capital de facto de Yemen
Imagen del puerto y la ciudad de Adén, capital de facto de Yemen Santiago Urquijo Zamora Getty Images

Adén tampoco se libra de las consecuencias de la violencia. Desde el 10 de septiembre, su Hospital Al Gamhouria ha recibido decenas de heridos por los combates en la zona occidental y a la provincia siguen llegando desde el estrecho de Bab el Mandeb miles de desplazados, que han ido siendo acomodados en campamentos instalados frente a la ciudad.

Es el caso de Um Mohamed, que salió de Moca junto a los suyos tras el último avance de los hutíes. Desde el campamento de Al Firdaws, en las afueras de Adén, la yemení cuenta que al llegar solo le dieron colchones delgados y mantas viejas para la tienda de campaña que hoy es su hogar.

Al huir, lo perdieron todo: el ganado, la ropa y todos sus enseres. «Nos dejaron en medio de la arena, sin nada. Hemos sufrido mucho», explica, mientras hierve agua en una tetera.

Decenas de miles de yemenies han abandonado sus hogares huyendo de los enfrentamientos entre los hutíes, aliados de Irán y las fuerzas gubernamentales, apoyadas por Arabia Saudí
Um Mohammed está sentada frente a su tienda en el campamento de Al-Firdaws, en la provincia de Adén, durante los enfrentamientos entre hutíes, aliados de Irán y las fuerzas gubernamentales yemeníes REUTERS

Su historia, junto a la de la somalí, Sabrín Ahmed, muestra las dos caras de una misma desprotección.

En una orilla, los combates obligan a huir a residentes, médicos y pacientes, dejando hospitales aislados o sin capacidad para atenderlos. En la otra, aunque el conflicto armado persiste, no alcanza la envergadura de la guerra en Yemen. Allí son, sobre todo, los recortes de la financiación humanitaria los que provocan el cierre de centros, los mismos donde podría tratarse la desnutrición antes de que se agrave.

Y , mientras tanto, entre ambas orillas circulan petroleros, mercantes o buques de guerra junto a embarcaciones cargadas de familias, que huyen desesperadas de una región asolada por una guerra enquistada desde hace más de una década.

A la miseria y la guerra, la huida a Yibuti

En solo dos semanas, la nueva escalada ha desplazado dentro de Yemen a unas 112.000 personas, según el balance publicado el 18 de septiembre por la Organización Internacional para las Migraciones (OIM). Dos días antes, UNICEF había contabilizado más de 104.000 desplazados, entre ellos, 57.000 niños. Según la misma organización, desde el 3 de septiembre, al menos nueve menores han muerto y doce han resultado heridos. Otros tres permanecen desaparecidos después de un ataque en la carretera que une la costa occidental de Yemen con Adén.

Los combates no solo han interrumpido los servicios de los centros sanitarios, también han obligado al cierre de escuelas, dejando sin clases a más de 137.000 estudiantes. Por otro lado, las carreteras dañadas, los cortes en las comunicaciones y las restricciones al movimiento dificultan la entrega de una ayuda humanitaria cada vez más menguante.

Para otras familias, la huida no se produce por tierra, sino por mar. Según ACNUR, casi 3.000 personas han llegado a Yibuti, país situado frente a Yemen, en menos de una semana tras cruzar desde el otro lado del estrecho de Bab el Mandeb. Más de la mitad son mujeres y niños y, para muchas, este ya es su segundo exilio: habían escapado de Yemen durante la guerra de 2015 y decidieron regresar cuando creyeron que podían hacerlo con seguridad.

Los yemeníes huyen del conflicto desplazándose a Yibuti, tras cruzar el estrecho de Bab el-Mandeb
Yemeníes desplazados llegando a Obock, Yibuti, tras cruzar el estrecho de Bab el-Mandeb desde Yemen el sábado 12 de septiembre de 2026 Mohamed Ibrahim Mohamed Ibrahim/AFP

Miles más intentan salir, pero permanecen atrapadas por el conflicto y la falta de combustible para las embarcaciones. Quienes alcanzan la ciudad portuaria de Obock, en la zona norte del golfo de Tadjoura, son trasladados al asentamiento de Markazi, concebido para unas 5.000 personas y que ya alojaba a más de 4.200 antes de esta nueva oleada.

“La capacidad de respuesta se está viendo desbordada”, ha advertido recientemente Sandrine Desamours, representante de ACNUR en Yibuti. Esta agencia de la ONU alerta de que el flujo migratorio podría incluso aumentar a partir de mediados de octubre cuando previsiblemente mejoren las condiciones de navegación.

Así, mientras Ormuz y Bab el Mandeb concentran la atención mediática por lo que ocurre sobre sus aguas, la emergencia más profunda se encuentra en tierra: en las salas desbordadas de Galkayo, en los centros cerrados de Moca, en los campamentos improvisados de la provincia de Adén o en Yibuti. Poblaciones que ven pasar frente a sus costas una parte decisiva de la riqueza mundial mientras ellas luchan a diario por los servicios más básicos. Los únicos que pueden mantenerlas con vida.