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En los primeros años de la Transición nacieron El País, Diario 16 o Interviú, que marcarían la historia del periodismo
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Lucas fue parte del equipo fundacional de El País y fue su primer editor gráfico, figura novedosa en la prensa española
En 1976, mientras España empezaba a dejar atrás la dictadura y daba sus primeros pasos hacia la Transición, nacían cabeceras que marcarían un antes y un después en la historia del periodismo: El País, Diario 16 o Interviú.
Publicaciones que nacieron sin ataduras con el régimen franquista y que ayudaron a explicarle los cambios que traería la democracia a una sociedad que llevaba décadas sin ella.
El fotoperiodista César Lucas fue parte del equipo fundacional de El País y fue su primer editor gráfico, una figura que no había existido antes en la prensa española.
A sus 85 años y con más de seis décadas de trayectoria, recuerda para Informe Semanal cómo vivió desde dentro aquel momento de apertura y cómo capturó la famosa foto del niño del puño en alto, la imagen de un niño a hombros de su padre en una manifestación en Madrid, uno de los iconos de la Transición.
El nacimiento de una nueva prensa
Pregunta: ¿Qué significó el nacimiento de El País, Diario 16 o Interviú en 1976, en una España que empezaba a abrirse a la democracia?
Respuesta: Aquellas publicaciones fueron fundamentales para la libertad. Veníamos de un régimen con censura, donde no se podía contar lo que ocurría. Era como si se abriera una habitación llena de humo. Se empezaban a contar cosas que antes no se podían contar, se empezaba a mirar de otra manera… Eso representó una alegría para la libertad de expresión y para el desarrollo de una sociedad que lo necesitaba.
P: ¿Cómo llegas a El País?
R: Mis inicios se remontan a los años 50 en Europa Press y después en el diario Pueblo, que fue mi verdadera escuela, porque ahí fue donde se empezó a hacer reporterismo en la calle. Tras la muerte de Franco, surgió el proyecto de El País, un periódico que nacía en un momento nuevo y con vocación de libertad.
Juan Luis Cebrián, con quien había coincidido en Pueblo, me propuso incorporarme como jefe de fotografía, como editor gráfico, una figura que no había existido antes en los medios. Y me apunté con una ilusión tremenda. Empezamos desde cero, en un piso cerca de la calle Goya, definiendo lo que sería la imagen del periódico. Hasta que ya nos instalamos en la sede de El País en la calle Miguel Yuste. Ahí dimos los primeros pasos hasta que el 4 de mayo de 1976 salió el primer número. Fue un momento histórico e ilusionante.
P: Hasta entonces, ¿qué papel tenía la fotografía en la prensa?
R: La fotografía no tenía el carácter que tuvo después. Y el fotógrafo era como un asistente del redactor. Te decían, «a ver, fulanito, vente conmigo, que vamos a hacer una entrevista». El fotógrafo hacía una o dos fotos del personaje y se marchaba. Luego se publicaba una imagen en la que simplemente se viera quién era, pero nada más. Así es como se hacían las cosas en los periódicos.
A partir de ese momento nos dieron libertad para trabajar de otra manera. No se trataba de hacer caprichos, sino de estar de acuerdo con la línea editorial del periódico —una línea informativa democrática y liberal— y de construir un lenguaje coherente con ella. No podíamos ir cada uno por libre, sino que tenía que haber coherencia.
En las reuniones de redacción, varios redactores, jefes de sección y yo decidíamos qué redactor iba a hacer un tema, en función de su calidad, su formación, su estímulo. Y entonces yo decía: «Bueno, ahora voy a elegir yo al fotógrafo».
Recuerdo que, en las primeras reuniones, algunos me miraban sorprendidos, como diciendo: «Pero si todos los fotógrafos son iguales». Y yo decía: «No, voy a elegir al mejor para hacer esto». Alguna vez incluso me dijeron: «Si todos tienen la misma cámara». No se le daba valor al fotógrafo. Pensaban que, teniendo la misma cámara, todos hacían la misma foto. Y no: cada uno hace la foto en función de su mirada, de su ojo, de su sensibilidad y de sus emociones.
P: Impulsaste que se firmara al autor de cada foto…
R: Eso se impuso cuando se creó el libro de estilo de El País, donde se fijaban todas las condiciones y la forma editorial del periódico. A partir de ahí, todas las fotografías que se publicaban debían ir firmadas con el nombre del autor, siempre que se conociera.
Hasta ese momento era habitual que, si una foto procedía de una agencia —Agencia EFE, Europa Press u otras—, se firmara solo con el nombre de la agencia. Pero la agencia no es la autora de la fotografía: es la distribuidora y tiene los derechos, pero el autor es el fotógrafo.
El niño del “puño en alto”, una imagen que se volvió símbolo
P: Una de las imágenes más icónicas que publicaste en El País es la del «niño del puño en alto». ¿Cómo surge esa fotografía?
R: Pues mira, esa foto fue, yo creo, en junio del 76, cuando El País llevaba apenas un mes o mes y pico en la calle. Era una manifestación muy grande que hubo en Madrid de asociaciones de vecinos, en la calle Preciados.
Yo estaba allí cubriéndola y, de pronto, vi a lo lejos a un niño que iba sobre los hombros de su padre. Me chocó porque no era una imagen habitual; tampoco habíamos visto tantas manifestaciones hasta entonces, yo había cubierto tres o cuatro como mucho. Hice cuatro fotos, y se publicó en la contraportada al día siguiente. En ese momento nadie pensó que esa imagen se fuera a convertir en un símbolo.
Y luego el tiempo pasa, da muchas vueltas, y unos 20 años después conocí a ese niño, ya adulto, que era piloto de una compañía aérea. El País lo había localizado y quiso que nos conociéramos. Nos hicimos una foto juntos, yo con la imagen en la mano y él a mi lado. Fue un momento muy emocionante.
Testigo de la Transición
P: También retrataste a los protagonistas de la Transición. ¿Cómo fue esa experiencia?
R: Es que, claro, en aquel momento yo cubría mucho el Parlamento. Para mí, además, era la primera vez que entraba allí y cobraban vida cada uno de los políticos. Tengo imágenes, por ejemplo, acompañando a Felipe González en campaña, o a Fraga Iribarne. Había una cercanía muy grande con los políticos.
P: Hay una imagen muy significativa: la de líderes políticos de ideologías opuestas conversando con normalidad
R: Sí, hay una foto que llamó mucho la atención en su momento. Es de cuando el entonces presidente del Gobierno, Adolfo Suárez, y Felipe González, que era el líder de la oposición, tenían sus debates, como es lógico, pero no se insultaban ni se odiaban como ahora.
Cuando había asuntos que resolver, se reunían. Yo los vi alguna vez en un bar del Parlamento, sentados en una mesa, con un café, encendiéndose un cigarro uno a otro y hablando con normalidad.
En una de esas ocasiones hice una foto sin molestarles ni interrumpirles. Con el paso del tiempo, esa imagen me ha llamado mucho la atención, porque refleja una forma de hacer política que hoy parece irrepetible.
Marisol y una imagen que marcó una época
P: Otra imagen clave en tu carrera es el desnudo de Marisol publicado en Interviú. ¿Cómo fue aquella sesión?
R: Antes de El País yo había montado una agencia, Cosmo Press, en la que hacía fotos para revistas nacionales e internacionales. Y Marisol, en aquellos momentos —hablo de los años 70— era un personaje que estaba constantemente en portada. No había mes en el que no saliera en alguna de las ocho o diez revistas que había entonces. Yo empecé a hacerle fotos: unas veces me las pedía una revista, otras veces otra… Yo las hacía cuando ella tenía alguna noticia y luego las ofrecía.
Así estuve diez años trabajando con ella, haciendo muchísimas fotos. Y al final de ese tiempo surgió hacer esa imagen. Normalmente íbamos a hacer sesiones a una finca a las afueras de Madrid, en la carretera de Andalucía, porque allí teníamos distintos escenarios y paisajes. Íbamos en grupo: ella, algún amigo, su maquillador, su peluquero…
Pero en una de las últimas sesiones estábamos solo su marido de entonces, Carlos Goyanes, ella y yo. Entonces él dijo: «Vamos a aprovechar que estamos solos para hacer esas fotos que necesitamos». Y ella estuvo de acuerdo. Me dijeron que eran fotos de ella desnuda.
Recuerdo que me empezaron a temblar las piernas. Yo nunca había hecho un desnudo, y menos a Marisol. Estaba muy nervioso. Dije que sí, pero realmente no sabía muy bien cómo hacerlo. Ellos mismos iban proponiendo: «Ponte aquí», «haz esto»… y yo iba haciendo fotos.
Hice muy pocas. Yo creo que unos diez disparos en total. Y la foto que luego se hizo tan famosa, la de la portada de Interviú, fue un solo disparo. Hoy cuesta creerlo. Me dicen: «Tendrías que haber hecho 20 o 30 y elegir», pero no. Hice una, la vi y pensé: «Está muy bien», y ya está. En los años 70 nadie podía imaginar que esa foto se llegaría a publicar. Pero en el 76 Interviú se enteró de que existía y quiso publicarla. Yo les dije: «Os la vais a jugar». Y se la jugaron.
Yo, el día que salió la revista, estaba asustado. Pensaba: «La van a secuestrar, seguro». Y también: «A ver qué pasa ahora, a ver qué me pasa a mí». Pero no solo no secuestraron la revista, sino que se agotó por la mañana. Por la tarde ya no quedaba ni un ejemplar.
P: Para terminar, ¿cómo ves el valor de la imagen hoy, en un contexto de sobreexposición visual?
R: Me cuesta valorar lo que está pasando con la fotografía. Ha cambiado el lenguaje visual en todos los aspectos. Ahora la fotografía se hace con el móvil; ha cambiado de manos, de ojos, de instrumento y de uso. Teóricamente, yo creo que se ha devaluado, pero no quiero negar que sigue habiendo imágenes de mucho valor. Es difícil hacer ese juicio, me cuesta.
Para mí, la fotografía no ha sido solo un oficio, ha sido y es mi pasión. Eso no ha cambiado. Sigo haciendo fotos siempre que puedo: de lo que veo, de lo que me interesa, de la sociedad, de los lugares. Y sigo trabajando esas imágenes, intentando mejorar. Es lo único que sé hacer y en eso estoy completamente volcado.
