Milagro ‘colorao’ al bajar el Puente Viejo

La multitudinaria procesión que parte de la parroquia de El Carmen convocó en la ciudad a miles de murcianos, que vibraron ante el cortejo más huertano. Los nazarenos de la Archicofradía volvieron a dar una lección portando sus once tronos.

Podría escribir esta tarde, cuando los gorriones aletean su celo de primavera sobre los aleros de El Carmen, que el azahar de las plazas hirvientes de nazarenos, de blanco de pureza en la mirada de la Dolorosa mientras camina desde la arciprestal, se torna rojo oscuro encendido bajo los ficus de Floridablanca, que son guardianes del cortejo de la Sangre, sangre de un horizonte rebelde que da bocados a la atardecida.

Podría escribir esta tarde que bulle en la mirada de los abuelos la nostalgia de procesiones remotas, de aquellos padres que les transmitieron, a pie de calle, a golpe de pastel de carne improvisado, cómo se vive el Miércoles Santo más allá del Puente Viejo, en aquella diminuta ciudad que en nada se asemeja a la que prospera Arenal abajo y que recibe al Señor mientras la luna teje caminos de plata sobre el Segura.

Podría recordar esta tarde que atesora la Sangre la tradición huertana que se torna adornos florales sobre tronos dorados, de volutas imposibles en sus esquinas, de tarimas que crujen como lamentos al avanzar, de golpes de estantes de morera donde los cabos de andas condensan los anhelos retenidos un año, de tulipas donde las lágrimas de cristal tintinean a cada paso, de medias de repizco, de ramilletes de clavellinas y puntillas que tantas procesiones tornaron de color café, café como los últimos carajillos que los estantes celebran antes de rendir sus hombros a la madera centenaria.

Es imposible condensar en tan escasas líneas el tronío, la esencia huertana y el fervor de la ciudad

Podría añadir esta tarde que, como cada año mientras el cielo lo respeta, brota de la parroquia un aluvión de diminutos nazarenos colorados que anuncian a la ciudad la catarata de sentimientos cofrades que ilumina las primeras noches de primavera, cual simiente nazarena y semillero de recuerdos que ya nunca, mientras nadie logre cambiar al Señor, que es el que está en El Carmen, podrán olvidar esos pequeños revolucionarios, a quienes no hay mayordomo ni presidente, ni consiliario ni obispo, ni potestad alguna en este mundo carmelitano que pueda imponerles orden y concierto en su bello caminar.

La Samaritana es la más murciana que cuantas desfilan en Semana Santa

Podría escribir esta tarde que volví a recordar amores de infancia al paso de la Samaritana, la más murciana de cuantas mujeres desfilan en la Semana Santa, en cuyo rostro se condensa la esencia de la seda, que tan finos hilos adornan su traje, y la picardía de una carmelitana que se enseñorea Trapería abajo, lozana y orgullosa al revirar en Basabé, calle tan histórica como estrecha, para enfilar el Romea entre suspiros y vivas, entre recuerdos que, una vez más y ya perdida la cuenta, evocan otros desfiles, otras madres nazarenas, otros padres que ataron su almohadilla a la barca de Caronte.

Cuando la saga perdura

Podría imaginar esta tarde la mano extendida de un penitente ‘colorao’ que, sin saber quién los recibirá y sin que acaso le importe, tiende un puñado de caramelos al niño que observa asombrado e inquieto el paso de las hermandades. O retratar al viejo estante cuyas lágrimas evidencian que es el último año que se arquea su cuerpo, como maciza cuña humana contra la tarima, en las calles más estrechas. O quizá el mayordomo que este año nada atesora en su ‘sená’, pues tantos son los nietos que lo acompañan que apenas tendrá tiempo para otra cosa que cuidarlos, que tragarse la emoción, por no asustarlos, criaturas, al ver que su saga perdura.

Podría escribir esta tarde muchas cosas, pero resulta imposible condensar en tan escasas líneas el tronío, la esencia huertana, el fervor de una Murcia que aguarda al pie del Puente la llegada de la Sangre, que si no llegara se ahogaría un año, para combatir, aunque sea por unas horas, esa triste rutina en que viven todos aquellos que ayer, cumplidas las seis de la tarde, no vivieron el milagro ‘colorao’ a la puerta de El Carmen.