Las tumbas más enigmáticas de la Región de Murcia: un disparo sin resolver, el miedo a ser enterrado vivo y otros secretos bajo tierra

En el día de Todos los Santos, siete sepulturas en cementerios regionales revelan historias de tragedias, personajes extraordinarios y misterios que el tiempo no ha conseguido borrar

La Opinión

Juanjo Raja

Huele a crisantemo y a agua con lejía. En el día de Todos los Santos, los cementerios de la Región se llenan de escaleras, trapos y ramos, y de familias que repasan con la yema del dedo los nombres de los suyos. Pero basta alejarse unos pasos de los nichos más visitados para descubrir que bajo otras losas, con menos flores, duermen historias que ninguna inscripción alcanza a contar. Entremos.

Antonio Herrero, el joven del tiro sin explicación

Empezamos en Yecla, donde una lápida se resiste a ser leída sin un escalofrío. Allí reposa Antonio Herrero, fallecido el 23 de diciembre de 1856, con solo 25 años. Dejó una esposa y unos padres que quisieron perpetuar su recuerdo con diez versos, que el investigador Rubén Castillo Gallego recogió en 1997 en la Revista Murciana de Antropología y que consideró el poema funerario matrimonial más antiguo de los que había localizado en la Región:

Cual el tiro que le hiere, y el viento es de ligero, así Dn. Antonio Herrero es herido, y así muere. Para que el lector se entere del sitio donde reposa se ha colocado esta losa oferta del sentimiento y del dolor complemento por sus padres y su esposa

Entrada al cementerio de Yecla en una imagen tomada en 1900.

Entrada al cementerio de Yecla en una imagen tomada en 1900. / L. O.

Un tiro, un joven muerto y ninguna explicación. ¿Un duelo, un asesinato, un accidente? El historiador Francisco Javier Delicado planteó en 2014 que pudo tratarse de un duelo de caballeros y situó la losa en el nicho 227, trasladada desde el antiguo cementerio. Es solo una hipótesis: cerca de 170 años después, nadie sabe quién disparó.

Silverio Díez y las campanas del ataúd

En Cartagena, el cementerio de Nuestra Señora de los Remedios guarda otro misterio, nacido del pavor a ser enterrado vivo. En el siglo XIX, con una medicina sin los instrumentos de hoy y el miedo a la catalepsia, se idearon sistemas de seguridad: una cuerda unía el ataúd con una campana sobre la tumba, por si el supuesto difunto despertaba bajo tierra.

Referencia visual al supuesto mecanismo funerario descrito por Santi García. No está acreditado que la estructura fotografiada perteneciera a Silverio Díez.

Referencia al supuesto mecanismo funerario para alertar, mediante campana, del entierro de personas en vida. / L. O.

El historiador Santi García lo vincula con este camposanto, donde cita a Silverio Díez, enterrado en 1887. Describe ataúdes abiertos para traslados con huesos desplazados y brazos en alto, y unas estructuras metálicas sobre las sepulturas, una con un adorno parecido a una clave de sol y un gancho del que, según su interpretación, colgaba la cuerda. Son lecturas del investigador: no consta documentación suficiente para confirmar que el mecanismo perteneciera al lugar de descanso de Silverio. Aun así, cuesta no imaginar el sonido.

Carlos Francelius, el dentista ruso que soñó con una pirámide

En Murcia, en el departamento de disidentes de la calle Amargura, queda solo la base de la pirámide que Carlos Francelius quiso para su panteón. Nacido hacia 1817 en San Petersburgo, anunciaba en 1859 sus servicios como dentista y en 1876 obtuvo uno de los primeros títulos españoles de cirujano dentista.

Construcción piramidal a medio hacer que guarda la tumba de Carlos Francelius en Nuestro Padre Jesús (Murcia).

Construcción piramidal masónica a medio hacer que guarda la tumba de Carlos Francelius en Nuestro Padre Jesús (Murcia). / Israel Sánchez

Pero la boca fue solo una parte de su vida. Llegaron las minas de Mazarrón, Totana y Alhama, con una veintena de explotaciones y un patrimonio ligado al castillo de los Vélez; la masonería, donde lo llamaban Frank; y el interés por el espiritismo y la comunicación con los difuntos. Su panteón debía orientarse hacia una estrella de la constelación de Draco. Nunca se terminó, pero hoy forma parte del patrimonio protegido del cementerio.

Caridad Meseguer y la bailarina de mármol

De vuelta en Cartagena, entre los panteones de Los Remedios, una figura de mármol blanco parece detenida en pleno paso de baile. Es La Bailarina, obra del escultor Antonio García Mengual en 1972 para el sepulcro de la familia Meseguer.

Bailarina del sepulcro de la familia Meseguer, en el Cementerio de Los Remedios

Bailarina del sepulcro de la familia Meseguer, en el Cementerio de Los Remedios. / L. O.

Recuerda a Caridad, de doce años, una de las diez víctimas de la carroza que se desplomó el 25 de julio de 1972 durante la Velada Marítima. La Vanguardia recogió el 27 de julio las versiones del accidente y contó que el alcalde, Ginés Huarte, acudió a su despedida. Nada indica que Caridad bailara: solo que su familia quiso que su recuerdo tuviera movimiento.

Luis Siret, el arqueólogo que habría viajado a hombros

Más al sur, en Águilas, descansa Luis Siret (1860-1934), uno de los nombres más importantes de la arqueología española, el ingeniero de minas belga que desentrañó con su hermano Enrique las culturas de El Argar, Los Millares y Villaricos. En Sierra Almagrera impulsó escuelas para los hijos de los trabajadores, según el historiador Juan Grima.

Sepultura de Luis Siret y Magdalena Belpaire, fotografiada para el artículo histórico Las huellas de Luís Siret.

Sepultura de Luis Siret y Magdalena Belpaire. / L. O.

Murió en Herrerías el 7 de agosto de 1934 y fue enterrado junto a su esposa, Magdalena Belpaire, fallecida mucho antes. Su tumba lleva el homenaje de Águilas y Cuevas del Almanzora. Grima ha relatado que sus trabajadores llevaron el féretro a hombros desde Herrerías hasta Águilas, en un cortejo de un día entero.

María Maroto, la maestra de la tumba sin nombre

En el cementerio de Nuestro Padre Jesús, en Murcia, una tumba sencilla no llevó nombre durante casi seis décadas. Allí descansaba María Maroto, nacida en Madrid en 1878, que desde 1903 enseñó en la ciudad y defendió la educación de las niñas cuando casi todo les estaba vedado. Participó en las Misiones Pedagógicas y, tras la Guerra Civil, sufrió un proceso de depuración.

Tumba en honor a María Maroto Conesa.

Tumba en honor a María Maroto Conesa en el cementerio de Nuestro Padre Jesús, en Murcia. / Israel Sánchez

Murió el 15 de agosto de 1966, el día de su cumpleaños. Un colegio y una calle ya llevaban su nombre, pero su sepultura no, como recordaba en 2018 la guía Mujeres murcianas en el recuerdo. El 10 de marzo de 2024, 58 años después, el Ayuntamiento colocó allí una placa en su memoria.

Fieldman, el músico de la «curva de los muertos»

Terminamos en Jumilla, en el cementerio municipal, adonde llegaron en 1964 los restos de cuatro hombres. Uno era Antonio Martínez Abellán, que firmaba como ‘Fieldman‘, «hombre del campo». Fue pianista de circo durante tres años, músico y crítico.

Antonio Martínez Abellán, 'Fieldman'.

Antonio Martínez Abellán, ‘Fieldman’. / L. O.

El 16 de junio de 1939, dos meses y medio después de terminar la Guerra Civil, fue asesinado junto a Jesús Jiménez Molina, Bartolomé Martínez Tomás y Francisco Terol González. Según el Catálogo de Fosas de la Región, los mató la Guardia Civil cerca de Fuente del Pino y sus cuerpos quedaron en una cuneta conocida como la «curva de los muertos«. Veinticinco años después, el 12 de junio de 1964, las gestiones de sus familias y del párroco permitieron exhumarlos y trasladarlos discretamente. En diciembre de 2023, el musicólogo Juan González Cutillas ofreció una conferencia sobre él y sonaron seis canciones infantiles suyas halladas en la Biblioteca Nacional.

Salimos de los cementerios al atardecer, con los crisantemos ya colocados. Una lápida da un nombre, dos fechas y, con suerte, unos versos. Lo demás (el duelo, la campana, la pirámide, el mármol que baila, la cuneta) vive en la memoria de quienes aún lo cuentan.