La armónica de Antonio Serrano y el piano de Kaele Jiménez deslumbraron con ‘Jazz Caló’ antes de que The War and Treaty convirtieran el auditorio es una auténtica iglesia del soul con un directo arrollador y lleno de pasión
L. O.
El armonicista Antonio Serrano, reciente Premio Nacional de las Músicas Actuales, no es solo uno de los músicos españoles más versátiles de su generación, sino un incansable explorador que está viviendo un momento de especial efervescencia creativa. Acompañado del joven y talentoso pianista Kaele Jiménez, con quien ha encontrado una sintonía artística excepcional, la veteranía y la frescura se han aliado en Jazz Caló, un disco que presentaron en Jazz San Javier.
Jazz Caló es lo que derivó de Flamenco Messengers, dice Serrano. El concepto es muy parecido, solo que Flamenco Messengers era un grupo de seis personas y el nuevo proyecto, basado en la fuerte conexión musical con Kaele, se centra en la fusión: jazz y flamenco bajo un mismo espacio sonoro. Siempre que el jazz se acerca al flamenco, se fija en el flamenco más hondo y virtuoso, y pocas veces en la cultura gitana más popular, como las canciones de Manzanita, Parrita o Niña Pastori. Serrano y Kaele no pretenden acercarse al flamenco más puro, sino a un flamenco popular.
Completaron un magnífico repertorio bien resuelto por el cuarteto. Decisiva fue la aportación de la sección rítmica (Josué Ronquío al bajo eléctrico y Marc Miralta a la batería), que posee la magia del swing, y son una auténtica máquina de ritmo, muy atentos a los desarrollos del pianista, con aportaciones concisas y correctas. Son músicos que saben divertirse, y cuando los músicos se divierten en el escenario hay muchas posibilidades de que el público también lo haga. El concierto fue divertido, entretenido, tuvo momentos muy emotivos, y de una complicidad total entre los músicos.
Lo de Antonio Serrano y su armónica es algo prodigioso. Nada parece quedar fuera de su Hohner cromática; es capaz de hacerla sonar con la opulencia y registros del más sofisticado de los instrumentos de una orquesta, imprimiéndole articulación, fraseo. Volvió a dar muestras de un virtuosismo extraordinario y de una impecable musicalidad.
El joven pianista Kaele Jiménez es uno de los talentos más prometedores del panorama musical actual. Dotado de oído absoluto, tiene la capacidad de identificar y reproducir cualquier nota musical con una precisión asombrosa, sin necesidad de partituras ni formación académica formal. Su enfoque autodidacta le permite improvisar y crear sobre la marcha, aportando a cada interpretación un toque especial que refleja tanto sus raíces gitanas como su pasión por el jazz.
Antonio y él hicieron un recorrido heterodoxo y variado con interpretaciones muy libres de canción aflamencada. Caí, un tema cantado por Niña Pastori y compuesto por Alejandro Sanz, con guiños al ‘corazón partío’, arrancó el concierto, y desde ese primer momento dieron muestra de su maestría y extrema sensibilidad. Siguieron por la delicadeza de Islazul, entre compás flamenco, aire latino y un diálogo natural entre armónica y piano. La percusión de Marc Miralta aparece como un latido que empuja.
En cuanto sonaron las primeras frases del piano, quedó claro que estábamos ante un músico de intuición feroz y manos tan ágiles como expresivas. Serrano presentó Bolero de Vicente (Amigo) como muy especial: «Me abrió muchas puertas», ya que participó en la grabación original. Luego llegaría Callejón del sueño de Parrita, introducido por un bajo con efectos. El piano se tornó más rumbero, y su ímpetu levantaba a Kaele de la banqueta; los ataques de Serrano recordaban las falsetas de Paco. Seguiría una colombiana de Chano Domínguez, Alma de mujer, la primera influencia de Kaele. La armónica sonó como si hubiera un orfeón. Otro giro fue Mi guitarra, de Manzanita, y Kaele desveló que le encantan los 80: «Hemos hecho unos teclados de Manzanita», y sobre ellos tocó el sintetizador.
Su versatilidad abarca desde el piano acústico hasta los teclados modernos. Contó Kaele con gracia que Giant Steps, el tema de Coltrane, fue lo primero que aprendió, lo memorizó para siempre; pensaron cambiarle la melodía, y en consecuencia ponerle otro nombre: así evolucionó de Pasos de gigante a Brazo de gitano. «No ha ido a una clase de música, se ha saltado todo eso, y toca esta pieza de máxima dificultad como si fuera ‘Oh Susana’», bromeó Serrano.
Kaele impresionó acompañado de forma asombrosa también por Antonio Serrano. Para despedirse, atacaron un tema de Paco, Zyryab, con reminiscencias árabes y jazzísticas, que se les quedó fuera del disco. «Nuestro productor dijo que estaba muy trillado, y en venganza lo tocamos en todos los conciertos». Miralta al cajón y Serrano haciendo sonar su armónica, esplendorosos.
Todo fluyó sin exageraciones, sin tensión forzada: simplemente música caminando en su sitio. Y ya metidos en harina, para el bis reservaron una festiva versión de Armando’s rumba, jazz con toques latinos de Chick Corea , para lucimiento pianístico de Kaele, un verdadero ciclón.
En un panorama donde la palabra ‘fusión’ parece haberse vaciado de sentido por el abuso, aparece Jazz Caló para recordarnos que mezclar lenguajes solo tiene valor cuando detrás hay verdad, oficio y riesgo. Un diálogo fresco y vibrante donde la armónica y el piano se convierten en lenguajes universales.
Sin aliento
Después, The War and Treaty llevaron otro tipo de energía al auditorio mezclando soul, góspel y americana, con las voces de Michael y Tanya Trotter como gran motor. Irrumpieron con fuerza en el escenario con una ráfaga de canciones que dejó al público sin aliento, y se lo ganaron desde el primer acorde, gracias a su virtuosismo vocal, pero también al acompañamiento de una banda sobresaliente.
Al principio del concierto, se escuchó una introducción hablada, como de voz en off cinematográfica: «Esta es la historia de Michael y Tanya, un soldado y su esposa…». Con Michael al teclado, ambos lucieron una voz espléndida y ofrecieron un repertorio de temas soul enérgicos al estilo de los duetos clásicos de Stax (como William Bell y Carla Thomas), o recordaron a unos Ike & Tina bien avenidos, con un impresionante acompañamiento de metales contundentes al estilo Memphis Horns.
El tema de apertura, Litty, su soul de vanguardia, evoca a Donny Hathaway y Roberta Flack. Tanya Trotter interpreta la primera estrofa, describiendo dónde estaban y cómo llegaron a donde están. Parte de su encanto reside sin duda en la sensual alegría que irradian: las amplias sonrisas, los guiños, las manos entrelazadas. Si estos dos no están perdidamente enamorados el uno del otro y de la música que comparten, entonces son unos actores excelentes. Durante el concierto, las muestras de afecto entre Michael y Tanya se volvieron intensamente apasionadas.
Si bien Michael toca los teclados, su verdadero instrumento es su voz. Los rangos vocales de ambos son impresionantes. Sus solos improvisados alternan entre la ternura y la explosividad. La pareja exhibió este talento en su máximo esplendor. Hay muchas más evocaciones a parejas, por ejemplo Marvin Gaye y Tammi Terrell. El dúo podría competir con ellos, con ese puro soul caliente mezclado con rock sureño, mientras las guitarras proclaman su dominio y las voces chillan porque les va la vida en ello. La primera premisa del soul es que las voces han de tener temperamento, y aquí lo tienen en todas sus vertientes.
Había músculo y pasión, y cada canción cobró vida gracias a una excelente banda de siete integrantes, liderada por el veterano productor y guitarrista de la pareja, Max Brown. Dejaron de lado su repertorio más country, y atacaron desde el inicio con un vendaval soulero de primer nivel. Por momentos la avalancha sónica de la banda y la actitud de Michael Trotter como entertainer recordaron a los gloriosos tiempos de las big bands de colosos como Cab Calloway.
En It’s in my heart pareció que quisieran hacer un guiño a La tierra de las mil danzas de Wilson Pickett; Set My Soul on Fire no ocultaba la influencia gospel; Hey Pretty Moon fue una gozada, y versionearon el clásico country I Will Always Love You de Dolly Parton, grabado además por Whitney Houston, cantada por los dos, y más cercana a Houston. De repente, se escuchó un cohete, y Michael, que también hizo gala de una notable vis cómica, simuló haber sido herido por un disparo.
Terminaron su actuación interpretando Can I Get an Amen, con cita incluída al histriónico Cab Calloway y el Hari hari hari de Minnie the Moucher; también citaron Autumn Leaves y Summertime. Estas canciones relajadas fueron perfectas para tranquilizar al público, y Michael, que scateó imitando el sonido de la trompeta, aportó un toque de humor cantando versos al estilo de diferentes cantantes, incluido Louis Armstrong.
¡Qué subida de intensidad en las canciones! La música de The War and Treaty está hecha para los conciertos en vivo. Te sumerges por completo en su música, y es como si vivieras en otro mundo. La maestría musical, las voces, todo era auténtico y verdaderamente excepcional.
The War and Treaty tienen presencia escénica de sobra. Seguramente a algunas personas del público les sorprendió su intensidad, la calidad de sus canciones y su pasión. Habían venido a triunfar y lo consiguieron.
