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La destrucción de plantas desalinizadoras sería peor que perder cualquier otra industria o materia prima
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Directo: sigue la última hora de la guerra en Oriente Próximo
La creciente escalada bélica en Oriente Medio tras los ataques de Israel y Estados Unidos contra Irán ha reavivado el temor a que las plantas desalinizadoras del golfo Pérsico puedan convertirse en objetivos militares. Episodios recientes, como los ataques a estas instalaciones en la isla iraní de Qeshm o en Bahréin, han puesto de relieve la vulnerabilidad de estas infraestructuras críticas de las que depende la vida diaria de millones de personas.
El golfo Pérsico es una de las regiones más áridas del planeta. En un territorio donde las precipitaciones son escasas y los recursos hídricos naturales muy limitados, el acceso al agua potable depende en gran medida de la desalinización, por lo que a lo largo de sus costas se extiende una densa red de plantas que transforman el agua del mar en agua dulce.
En algunos de estos países, la dependencia es casi total. En Kuwait, el 90% del agua potable procede de plantas de desalinización; en Omán, el 86%, y en Arabia Saudí, alrededor del 70%. Estas instalaciones no solo sostienen el consumo doméstico, sino también la actividad industrial, el funcionamiento de las ciudades y una parte de su agricultura.
Según un estudio publicado en la revista Nature en enero de 2026, de las casi 18.000 plantas desalinizadoras operativas en todo el mundo, unas 4.900 se encuentran en Oriente Medio. En conjunto, estas instalaciones generan una capacidad de desalinización de 29 millones de metros cúbicos de agua al día, lo que equivale a aproximadamente el 42% de la producción mundial.
Esta relevancia convierte a las desalinizadoras en una pieza esencial para la estabilidad regional. Sin ellas, buena parte de las ciudades del Golfo simplemente no podrían existir.
«En los países del golfo Pérsico, el agua desalinizada es un recurso esencial para el abastecimiento de todos sus desarrollos urbanos, empresariales, turísticos, agrícolas y de jardinería, pues los recursos naturales son muy limitados, en razón del clima del lugar y de los niveles de población actuales», explica a RTVE Noticias Rafael Mujeriego, catedrático de Ingeniería Ambiental en la Universidad Politécnica de Catalunya (UPC), quien asesoró a la Organización Mundial de la Salud (OMS) en temas de agua durante más de tres décadas y está considerado como uno de los grandes expertos internacionales en gestión hídrica.
«La destrucción de cualquiera de esas plantas de desalinización, que en general son muy grandes, significaría inevitablemente restricciones del suministro de agua«, prosigue, aunque matiza que «la gravedad de esas restricciones dependería del grado de intercomunicación que tengan en sus redes de distribución, ya que unas plantas pueden ayudar o suplir a otras».
«Las plantas de desalinización actuales han sido dimensionadas con capacidades muy amplias, pensando en los múltiples usos y el creciente número de aplicaciones que tienen como objetivo convertirlo todo en un vergel. Por tanto, el ahorro de agua y las posibles restricciones, especialmente para usos menos prioritarios, podrían paliar la reducción del suministro causada por las averías o destrucción de algunas plantas desalinizadoras», subraya Mujeriego, quien apunta a una solución de emergencia, en caso de que el estrecho de Ormuz permaneciese abierto: «Podrían incluso plantearse el transporte de agua en barcos, como ya nos planteamos nosotros en varias ocasiones en el Mediterráneo. Tienen dinero y energía para hacerlo».
«En cualquier caso, el agua en esos climas es un recurso esencial. Sin agua desalinizada, se puede decir que No water: no nothing (Sin agua, nada de nada)«, recalca.
Más del 90% del agua desalinizada procede de 56 plantas
Pero esta importancia crítica también las convierte en puntos especialmente vulnerables en caso de conflicto. Si algunas de las grandes plantas desalinizadoras —que pueden llegar a producir tanta agua como 1.000 plantas pequeñas combinadas— quedasen fuera de servicio, las ciudades que dependen de ellas podrían perder la mayor parte de su agua potable en cuestión de días.
Una fragilidad que se conoce desde hace años. Un informe de la CIA publicado en 2010 ya consideraba al agua como «recurso estratégico» y advertía de que la extrema dependencia del agua desalinizada de los estados del Golfo constituye una debilidad crítica ante posibles ataques militares o sabotajes. Según ese análisis, más del 90% del agua desalinizada de la región procedía de apenas 56 grandes plantas, lo que las convertía en objetivos estratégicos de alto impacto.
Los analistas estadounidenses advertían entonces de que un ataque contra estas instalaciones podría desencadenar crisis nacionales inmediatas en varios países. Si la infraestructura resultara destruida, las interrupciones del suministro podrían prolongarse durante meses. El informe subrayaba además que la pérdida de estas instalaciones tendría consecuencias más graves para estos países que la pérdida de cualquier otra industria o materia prima, incluido el petróleo.
El precedente de Qeshm y Bahréin
En medio de la escalada de tensiones en Oriente Medio, el temor a que estas infraestructuras se conviertan en objetivos militares ha comenzado a materializarse. En los últimos días, aviones de combate estadounidenses e israelíes han concentrado parte de sus ataques en infraestructuras vitales de Irán, como depósitos de combustible y plantas desalinizadoras, fundamentales para el suministro de energía y agua potable a numerosas poblaciones.
Según ha denunciado Teherán, uno de los ataques alcanzó una planta desalinizadora en la isla iraní de Qeshm, en el estrecho de Ormuz, de la que dependen unas treinta localidades. El ministro de Exteriores iraní, Abbas Araqchi, condenó la acción con dureza.
Aunque, a diferencia de muchos estados del golfo Pérsico, Irán obtiene la mayor parte de su agua de ríos, embalses y acuíferos subterráneos, y cuenta con un número relativamente bajo de plantas desalinizadoras, que representan solo una parte pequeña del abastecimiento a nivel nacional. Un día después, Bahréin, el pequeño país insular en el que tiene su base la Quinta Flota de la Armada de Estados Unidos, denunció que un dron iraní había impactado en una de sus plantas desalinizadoras, y acusó a Irán del ataque. Ambos episodios han reavivado el debate sobre la seguridad hídrica en la región y el papel cada vez más estratégico de estas instalaciones.
«Militarmente, Irán no puede hacer frente a la maquinaria de guerra combinada israelí-estadounidense. Sus únicas opciones son atrincherarse, con la esperanza de que un conflicto prolongado se vuelva económicamente demasiado doloroso para sus enemigos, o atacar los llamados objetivos fáciles, como plantas de energía, aeropuertos e instalaciones de agua», apunta en un artículo de opinión publicado en Bloomberg el analista español Javier Blas.
«Sus acciones dejan claro que la República Islámica de Irán ha optado por atacar objetivos fáciles y atrincherarse, con la esperanza de sobrevivir al ataque. En última instancia, considera que sobrevivir es ganar, incluso si la victoria conlleva enormes pérdidas. Atacar varias de esas plantas desalinizadoras pondría a los países del Golfo Pérsico en una situación insostenible«, prosigue.
«El riesgo es real, ya sea atacando deliberadamente plantas desalinizadoras o por accidente debido a un misil o un dron extraviado. El petróleo es esencial, pero el agua es irremplazable», concluye su artículo Blas, quien es coautor, entre otros, del libro El mundo está en venta: La cara oculta del negocio de las materias primas.
Riesgo de catástrofe humanitaria
El derecho internacional humanitario, incluidas disposiciones de los Convenios de Ginebra, prohíbe expresamente atacar infraestructuras civiles indispensables para la supervivencia de la población, entre ellas las instalaciones de agua potable.
Países de la región han advertido del peligro que supone incluir este tipo de plantas dentro de los objetivos militares. El portavoz del Ministerio de Exteriores de Qatar, Majed al Ansari, ha alertado de las consecuencias que podrían derivarse de este tipo de ataques. “Atacar infraestructuras vitales, ya sean plantas de desalinización de agua, tanques de agua, reservas de alimentos, reservas de medicamentos o plantas de producción de medicamentos, cualquier tipo de infraestructura que sustente la vida de las personas, constituye un grave peligro para la población de la región y más allá”, ha afirmado, para añadir que “sea quien sea el responsable, debe cesar de inmediato. Esta región no puede soportar este tipo de ataques a sus instalaciones; veremos una catástrofe humanitaria como resultado”.
En una de las regiones más inhóspitas del planeta, donde el agua depende de complejos sistemas industriales extremadamente vulnerables, la seguridad hídrica se ha convertido en una cuestión estratégica para millones de personas. Más allá de los petrodólares, son las plantas desalinizadoras las que realmente han hecho posible que ciudades enteras hayan brotado en el desierto, y estas instalaciones, en conflictos bélicos como el actual, pueden convertirse en uno de los objetivos más sensibles.


