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El país argumenta que son medidas de seguridad ante el riesgo de un ataque de Irán
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Los cánticos del rezo musulmán del mediodía, en viernes de Ramadán, emanan desde fuera de las murallas del casco antiguo de Jerusalén, donde se ubican los lugares sagrados. Israel ha tomado la medida excepcional de cerrar no sólo todos los accesos a la Ciudad Vieja, en la mitad este ocupada de la urbe, a los que no sean residentes, sino también clausurar todo el recinto de la Explanada de las Mezquitas.
«Llevamos siglos rezando en Al Aqsa de forma pacífica. Hoy no podemos entrar, no hay nada que podamos hacer. Por eso rezamos aquí, Dios está en todas partes», comenta resignado el imán Musa Sahari, que ha liderado el rezo frente a la Puerta de Damasco, donde ha extendido su sajjada (alfombra para el rezo) junto con otro medio centenar de hombres para llevar a cabo el Dhuhr, rezo del mediodía. «El resto de las oraciones las haremos en casa», cuenta el imán.
En este tercer viernes de Ramadán, que solía ser el más concurrido con una afluencia que oscilaba entre los 180.000 y 300.000 fieles que peregrinaban hasta la sagrada mezquita de Al Aqsa —el año pasado fueron unos 120.000—, los palestinos musulmanes se han encontrado un panorama insólito: la Explanada luce absolutamente desierta, cuando años atrás el tumulto abarrotaba el recinto en ese día, el más importante del mes sagrado del islam.
El argumento de Israel es que el país está bajo riesgo de un ataque de Irán, y que una emergencia en la Explanada de las Mezquitas con decenas de miles de personas dentro podría tener un desenlace fatal. Arguye motivos de seguridad para «salvar vidas».
«Esto pasa porque vivimos bajo ocupación. ¿Cómo pueden hacernos esto? Según el islam, podemos rezar en toda el área de Al Aqsa, no lo dictan ellos, nos lo dicta Dios», se queja Faisal, que se contenta con que ese mismo Dios entenderá que este año tiene que hacerlo en otro lugar. «Están impulsando leyes con el objetivo de expulsarnos de nuestra tierra. Nos están asfixiando a los palestinos», dice enfadado este palestino de 78 años, nacido en Jerusalén, de donde no se piensa ir. «Están usando como excusa una guerra regional con Irán que empezaron ellos», dice indignado.
Restricciones por Ramadán
Las autoridades israelíes anunciaron el jueves su decisión de cancelar las oraciones del viernes en la mezquita de Al Aqsa —tercer lugar más sagrado para el islam—, la última de una serie de restricciones impuestas por Israel este Ramadán. Restringieron a 10.000 los palestinos de Cisjordania que los anteriores viernes pudieron entrar a Jerusalén para el rezo, menos que años atrás; y limitaron el acceso a la Explanada de las Mezquitas a niños menores de 12 años, acompañados por adultos, y a mujeres mayores de 50 y hombres por encima de 55 años.
Desde hace años, Israel trata de evitar que jóvenes palestinos entren dentro de la Explanada de las Mezquitas durante el Ramadán, ante el temor de que inciten protestas o emprendan disturbios. Los incidentes con jóvenes afines a Hamás han sido frecuentes en años anteriores, aunque a menudo empiezan como respuesta a cargas policiales y restricciones.
La Explanada de las Mezquitas es uno de los lugares más volátiles de Oriente Medio, y también escenario de tensiones políticas entre palestinos e israelíes. Tensiones en el recinto —que es también sagrado para los judíos porque creen que allí se levantó el Segundo Templo— derivaron en varias ocasiones en el pasado en escaladas bélicas, e incluso en el estallido de la Segunda Intifada.
«Hay cada vez más restricciones para los palestinos. Parece que quieren eliminar la existencia de los palestinos del centro de Jerusalén. Quieren controlar el acceso de los fieles a los lugares sagrados, lo que afecta a los musulmanes, pero también a los palestinos cristianos», explica a RTVE Noticias Rateeba Natsheh, una activista palestina residente en Jerusalén este ocupado.
Natsheh destaca que el cierre completo de la Explanada de las Mezquitas es una «medida excepcional», muy extrema, que solo ha ocurrido cinco veces desde que Israel ocupó Cisjordania y la mitad este de Jerusalén tras la Guerra de los Seis Días en 1967. «El recinto estuvo cerrado dos días justo después de la ocupación militar; un día en 2017, dos viernes el año pasado durante la Guerra de los 12 días contra Irán; y hoy», enumera. «Es la primera vez que coincide en pleno Ramadán, lo que lo convierte en una medida aún más grave para nosotros», indica.
«Dicen que es por razones de seguridad porque no hay refugios en la Ciudad Vieja, que quieren minimizar el número de gente que entra para evitar riesgos. Pero, en mi opinión, quieren limitarlo para controlarnos, mostrar a la gente que pueden limitar cada aspecto de nuestra vida, como palestinos, mostrar que tienen el control«, señala esta palestina, que lleva décadas dedicada a denunciar la ocupación de los territorios palestinos.
Según Natsheh, forma parte del empeño de Israel de imponer su dominio en Jerusalén este: «Aunque la ocuparon en 1967, no tienen un control real de la ciudad porque el predominio poblacional y cultural palestino en esta mitad de la ciudad es aún evidente». Más de 350.000 palestinos viven en esa parte de la ciudad, que estaría llamada a ser la capital de un futuro Estado palestino.
«Quieren terminar con la presencia palestina en la ciudad, judeizarla, pero aún no lo han conseguido. Pero la intención última es cambiar la foto panorámica de la ciudad», apunta la activista, que advierte del «impacto letal» que estas medidas tienen para las familias que viven de las tiendas dentro de la Ciudad Vieja, que llevan días cerradas.
La Puerta de Damasco, cerrada
Sam mira con tristeza hacia la Puerta de Damasco, la principal que da acceso al barrio musulmán de la Ciudad Vieja, y lugar de reunión para los palestinos. Se queda un rato apoyado en las vallas impuestas por la policía israelí para vetar el paso; suspira, se hace varias fotos, hace una videollamada para mostrar la situación a un amigo.
«Es muy triste, vine hace una semana para visitar a mi familia, y me encuentro todo cerrado, no solo Al Aqsa, tampoco puedo ni pasear por la Ciudad Vieja. Sin embargo, en la parte oeste judía de la ciudad, está todo abierto. ¿Es realmente por seguridad?», se pregunta Sam, un palestino que vive en Chicago y ha regresado a su ciudad natal para pasar el Ramadán en familia. «Los viernes solía venir con mi padre, mis tíos y mi abuelo», dice con cierta melancolía. Para él y muchos palestinos, el Ramadán es más que un rito religioso, es tradición, es identidad y es cultura.
Frente a la desazón de los palestinos, que intuyen intenciones más allá de la seguridad, la policía israelí subraya que la única razón detrás de estas medidas es «salvar vidas». «Son normas para salvar vidas. A pocos metros de aquí, de los lugares sagrados de la Ciudad Vieja, el pasado sábado cayó la cabeza de un misil iraní», señala a RTVE Noticias Dean Elsdune, portavoz oficial de la Policía israelí, desplegado en la zona para supervisar que la jornada transcurre sin incidentes.
Según Elsdune, en caso de una emergencia, la Ciudad Vieja es muy compleja logísticamente; sus calles son muy estrechas, muchas de ellas inaccesibles para las ambulancias. «Si un proyectil cayera dentro del recinto de los lugares sagrados, con cientos de miles de personas dentro, el riesgo es inimaginable, o el riesgo de avalanchas en caso de que suenen las alarmas. No hay refugios seguros en esta parte de la ciudad», añade.
«Estamos evitando que ocurra una masacre aquí. Está cerrado porque estamos tratando de proteger vidas humanas, no importa cuál sea su religión», destaca el portavoz policial. Asegura que los judíos tampoco podrán acceder al Muro de los Lamentos para rezar antes del inicio del shabat, en el atardecer de este viernes, que ha vaciado las calles de la Ciudad Vieja de Jerusalén.
