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En trece minutos, la cápsula pasará de una velocidad hipersónica a detenerse casi por completo
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Cada ángulo, cada maniobra y cada segundo deben estar calculados con precisión milimétrica
La misión Artemis II afronta un momento especialmente crítico. Tras completar con éxito el viaje programado alrededor de la Luna, la cápsula Orion se dispone a realizar la maniobra más arriesgada que queda por delante: la reentrada en la atmósfera terrestre. En apenas trece minutos, la nave pasará de una velocidad orbital a detenerse casi por completo, enfrentándose a temperaturas capaces de fundir metales, en una secuencia donde cada ángulo, cada movimiento y cada segundo deben estar calculados con precisión milimétrica.
La maniobra de propulsión llevada a cabo por los motores del módulo de servicio, conocida como inyección translunar, ha sido el único gran impulso que ha necesitado la nave durante todo su viaje. Desde ese momento, Orion se desliza en una «trayectoria de retorno libre»: una ruta en forma de ocho que la ha llevado hasta la Luna y ahora la devuelve a la Tierra. La nave se mueve como una canica lanzada en un cuenco de dos cavidades, pasando de la influencia gravitatoria de la Luna a la de la Tierra impulsada, sobre todo, por su propia inercia y el equilibrio entre ambos campos gravitatorios.
El trayecto de vuelta se ha prolongado durante aproximadamente cuatro días. Aunque la gravedad terrestre es la principal fuerza que guía el retorno, la nave está realizando pequeños encendidos de sus motores auxiliares para ajustar con mayor precisión la trayectoria.
Separación crítica: la cápsula queda expuesta
Poco antes de entrar en contacto con la atmósfera, Orion ejecutará una de sus maniobras más delicadas: la separación del Módulo de Servicio Europeo, donde se encuentran los paneles solares, los motores principales y los equipos de soporte vital. A partir de ese instante, el módulo de tripulación quedará completamente expuesto, dependiendo exclusivamente de su escudo térmico para no desintegrarse durante el reingreso.
Segundos después, doce propulsores de control de reacción orientarán la cápsula con una precisión extrema. El objetivo es posicionar el escudo térmico en el ángulo exacto frente a la atmósfera, un aspecto que se convierte en una cuestión de vida o muerte. Si el ángulo es demasiado superficial, la nave rebotaría sobre las capas altas de la atmósfera y se perdería para siempre en el espacio con los cuatro astronautas en su interior. Si es demasiado pronunciado, la fricción generaría cargas térmicas y fuerzas G capaces de destruir la cápsula o de poner en riesgo a la tripulación.
La física extrema del choque con la atmósfera
La reentrada se producirá a unos 40.000 km/h, lo que equivale a más de 30 veces la velocidad del sonido. En esas condiciones, el aire no puede apartarse con la suficiente rapidez y se comprime violentamente frente a la nave, lo que hace que se ionice y se convierta en plasma, un gas supercalentado que alcanza temperaturas superiores a los 2.700 °C sobre la superficie del escudo térmico. De esta manera, no es la fricción en sí la que produce principalmente ese calor, sino la brutal compresión del aire que envuelve a la cápsula.
Separación y reentrada
El escudo térmico, fabricado con material ablativo Avcoat, está diseñado precisamente para enfrentarse a este entorno. Su funcionamiento es tan simple como sofisticado: el material se quema y se desprende capa a capa de manera controlada, arrastrando el calor lejos de la estructura y manteniendo el interior dentro de límites seguros.
Pero las temperaturas infernales no serán la única amenaza. Durante esta fase, los astronautas experimentarán una desaceleración extrema. Las fuerzas alcanzarán hasta 4G, lo que significa que sentirán su peso multiplicado por cuatro. En otras palabras, si por ejemplo pesan 70 kilos en la Tierra, durante esos momentos su cuerpo se comportará como si pesara 280 kilos, lo que hará que la sangre se vuelva más difícil de bombear para el corazón, cada movimiento requiera un esfuerzo enorme y respirar les cueste mucho más.
Sin embargo, una fuerza de hasta 4G es intensa pero tolerable para personas entrenadas en posición recostada (como van los astronautas, tumbados mirando hacia arriba), especialmente teniendo en cuenta que la maniobra no durará mucho tiempo y que en esa postura se distribuirá la fuerza por todo su cuerpo, en lugar de cargarla sobre la columna vertebral o el cuello. Los pilotos de cazas pueden aguantar fuerzas de hasta 9G con trajes especiales.
La «maniobra de reentrada con rebote»
Maniobra de reentrada con rebote
A diferencia de otras cápsulas, Orion no realizará una reentrada directa. Pondrá en práctica una maniobra conocida como skip entry o «maniobra de reentrada con rebote», una técnica que introduce una capa adicional de control y seguridad. El proceso se desarrollará en tres fases:
Primer contacto: la cápsula penetrará en las capas altas de la atmósfera, reduciendo de forma drástica su velocidad inicial.
Rebote: gracias a su forma y a la sustentación aerodinámica, volverá a elevarse brevemente, saliendo parcialmente de la atmósfera.
Entrada final: después iniciará el descenso definitivo hacia la superficie terrestre.
Este rebote no es un efecto accidental, sino una maniobra cuidadosamente calculada. Permite distribuir mejor el calor, reducir el estrés estructural y, sobre todo, ajustar con mayor precisión el punto de amerizaje. Mediante ligeros giros sobre su eje —control de alabeo—, los ingenieros pueden modificar la dirección, ya que la estructura genera cierta sustentación aerodinámica que permite controlar la trayectoria. De esta manera, a diferencia de las cápsulas más antiguas —que seguían trayectorias principalmente balísticas, con un control muy limitado—, Orion descenderá de forma más controlada, utilizando su ángulo de alabeo para dirigir la fuerza de sustentación.
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La coreografía de los paracaídas
Una vez superada la fase más violenta del descenso, Orion entrará en la etapa final: la apertura de su sistema de paracaídas. A unos 7.000 metros de altitud, se desprenderá la cubierta superior de la cápsula, dejando al descubierto un sistema compuesto por once paracaídas. Estos se desplegarán en una secuencia perfectamente coreografiada, diseñada para reducir progresivamente la velocidad.
En pocos minutos, la cápsula pasará de velocidades hipersónicas a unos 30 km/h en el momento del impacto con el agua. El amerizaje está previsto en el océano Pacífico, frente a la costa de San Diego. Una vez en el agua, la cápsula será asegurada por los equipos de rescate. Si amerizase de manera invertida, cinco globos de flotación se inflarán automáticamente para devolverla a su posición correcta.
En la zona de descenso ya se encuentra desplegado el dispositivo de recuperación, coordinado por la NASA y la Marina de Estados Unidos. El buque USS John P. Murtha actuará como base principal, apoyado por helicópteros MH-60S Seahawk, buzos especializados y equipos médicos.
Los astronautas serán evacuados en helicóptero poco después, rumbo al buque, donde se someterán a una evaluación médica inmediata.
El escudo térmico: bajo lupa hasta el último momento
La reentrada que está a punto de producirse no solo es crítica por su complejidad, sino también por el contexto técnico que la rodea. Tras Artemis I, la misión no tripulada de 2022, los ingenieros de la NASA detectaron una erosión inesperada en el escudo térmico de Orion. Aunque el sistema cumplió su función y protegió la cápsula, el comportamiento del material ablativo se degradó en exceso, superando las previsiones en algunas zonas.
Desde entonces, la agencia espacial ha llevado a cabo un análisis exhaustivo, pero en lugar de sustituir el escudo para Artemis II, optó por ajustar el perfil de reentrada, aumentando ligeramente el ángulo de descenso para reducir el tiempo de exposición al calor extremo. La decisión, respaldada por revisiones independientes aunque no exenta de debate, convierte esta reentrada en una prueba clave no solo para la misión, sino para el futuro del programa.


