La década perdida tras el ‘Brexit’: una fractura que sumió Reino Unido en una profunda crisis política

  • El resultado del referéndum sobre la salida del Reino Unido de la Unión Europea dio paso a una década política convulsa

  • El Brexit ha transformado el mapa político y su debate pervive como una suerte de amenaza sigilosa

Diez años de crisis política en Reino Unido por el ‘Brexit’
Paloma de SalasM  RTVE

En la primavera de 2016, durante la campaña del Brexit, pocos en el Reino Unido vaticinaban el salto al vacío que daría el país en junio. El debate en torno a la permanencia o la salida de la Unión Europea dominaba los titulares en unas redacciones que soñaban con zanjar la cuestión el día después del referéndum. La prensa hablaba de crimen, de economía y de las aspiraciones de Donald Trump para llegar a la Casa Blanca, entonces impensable.

En febrero, fiel a su promesa electoral, el primer ministro, David Cameron, que gobernaba con mayoría absoluta, convocó el referéndum para aplacar la división dentro del Partido Conservador sobre la cuestión europea desde tiempos de Margaret Thatcher. Hizo campaña sobre las bondades de permanecer en el club comunitario y el riesgo económico de salir, aunque infravaloró la posibilidad de romper con más de cuatro décadas de historia. Al otro lado del debate, los partidarios del Brexit cerraron filas alrededor de dos cuestiones: el férreo control que, decían, la UE imponía en el día a día de los británicos y el aumento de la inmigración.

Y entonces apareció un autobús rojo con una mentira: «Enviamos a la UE 350 millones de libras a la semana, mejor, financiemos nuestra sanidad. Recuperemos el control«. El eslogan fue ideado por Dominic Cummings, un estratega que terminaría siendo el principal asesor de gobierno tres años después, y entonces parecía inofensivo, incluso cómico, para quienes subestimaron su poder. Pero el fervor de esa mayoría silenciosa era imparable en redes sociales, sobre todo, lejos de la City y de la capital.

La madrugada del 24 de junio de 2016 comenzó como cualquier noche electoral británica: horas de paciencia conforme se iban proclamando los resultados en cada circunscripción electoral. A primera hora, con el 10% del escrutinio, el ‘no’ a la UE superó al ‘sí’. Nerviosa, una profesora griega de 40 años que vivía en Londres desde hacía cinco años se apresuró a hacer las maletas. Parecía evidente que habría un vuelco a favor del ‘sí’. Unas horas después, a las 4:40 hora local, el histórico periodista de la BBC David Dimbleby confirmó la histórica sorpresa: «Ahora podemos afirmar que la decisión tomada en 1975 por este país de adherirse al Mercado Único ha quedado invalidada por este referéndum. […] Este es el resultado, que ha estado precedido por semanas y meses de discusiones, disputas y todo lo demás. El pueblo británico ha hablado y la respuesta es: nos vamos».

La huida que desató el caos político

Aquella decisión sacudió las bolsas de todo el mundo de inmediato; la libra se desplomó y acabó con un primer ministro que anunció que no podía «capitanear un barco» en el que no creía. «El problema es que su partido estaba profundamente dividido, pero una de las dificultades era que no estaba claro qué significaba exactamente salir», señala Ben Worthy, profesor de política de la Birkbeck, University of London. El país se adentraba así en la era política más despiadada desde tiempos de la Segunda Guerra Mundial, según analizaron los politólogos británicos consultados por RTVE Noticias. Diez años después, coinciden en la definición: agitación.

«Fue un periodo de agitación, turbulencias, confusión e incertidumbre. De gran ira, tanto dentro como fuera del Parlamento», describe el profesor de política británica de la Universidad de Sussex Paul Webb. El miedo también se extendió entre los diputados, «que se sintieron muy amenazados en la calle entre 2016 y 2019», añade al recordar el asesinato de la diputada Jo Cox, contraria al Brexit, apenas unos días antes del referéndum.

Fue un periodo de agitación, turbulencias, confusión e incertidumbre. De gran ira, tanto dentro como fuera del Parlamento

Theresa May, entonces ministra del Interior, fue la elegida para tomar las riendas de las negociaciones del divorcio con Bruselas, difícil tarea teniendo en cuenta que la forma de materializar el resultado de las urnas era toda una incógnita. En los meses siguientes, May activó el artículo 50 del Tratado de Lisboa para abandonar la UE y comenzó un periodo de transición para negociar las condiciones de la salida y la nueva relación comercial. Brexit duro, sin acuerdo, o una salida más suave vinculada a la UE. Y, fundamental, cómo evitar la fractura entre Irlanda del Norte, territorio británico, e Irlanda. Esa era la cuestión que seguía dividiendo a los tories, especialmente a miembros del Gobierno, como el entonces ministro del BrexitBoris Johnson, y el European Research Group, el ala euroescéptica e inconformista del partido, formada por decenas de diputados.

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En muy poco tiempo fue evidente que el plan de Cameron sirvió, precisamente, para partir su formación en dos. La disciplina de voto, sagrada hasta entonces, se convirtió en anécdota; las derrotas parlamentarias se sucedieron sin piedad y comenzaron las maniobras políticas para descabezar a May. «La presionaron hasta que su posición se volvió insostenible», señala Webb. La primera ministra apostó por un adelanto electoral en 2017 que no solo rompió con su mayoría absoluta, sino que dejó al partido en manos de una decena de diputados unionistas de Irlanda del Norte. En noviembre de 2018, 17 meses después del referéndum, May logró sellar un acuerdo con la Unión Europea. No convenció a los suyos, que lo tumbaron en la mayor derrota de la historia de un gobierno británico. La dirigente logró resistir a una moción de censura, pero dimitió ante el bloqueo.

Su salida abrió el paso a Boris Johnson. Con su carisma y estrategias, asesorado por Cummings, también apostó por las urnas en 2019. Durante la campaña, nadie en su circunscripción quería hablar con la prensa y el Brexit era ya una cuestión muy dolorosa para una sociedad que ansiaba zanjarlo. Logró una mayoría histórica que le permitió ratificar su nuevo acuerdo de salida y el país se convirtió en exmiembro oficial el 31 de enero de 2020. Dos años y medio después tuvo que dimitir acorralado por los escándalos y las mentiras.

 

Los conservadores pagaron un alto precio por esos años de crisis política que remataron con Liz Truss, que gobernó durante 42 días, y Rishi Sunak hasta la victoria laborista en 2024. «La reputación del Partido Conservador como partido de gobierno competente quedó por los suelos», describe Webb. Aunque la catedrática de Instituciones europeas de la London School of Economics, Sara Hobolt, matiza: «Nunca hay que darlo por muerto. Si echamos la vista atrás a los últimos 100 años, ha sido quizá el partido más exitoso de toda Europa occidental en cuanto a longevidad y su capacidad para llegar al gobierno».

La transformación del sistema político

El Brexit ya no destaca en la agenda ni es la principal preocupación de los ciudadanos, aunque sus efectos persisten y se perciben, sobre todo, en el mapa electoral. «Más allá de simplemente una votación, tuvo consecuencias a largo plazo en cuanto a la creación de nuevas facciones políticas. Tradicionalmente, la gente solía apoyar principalmente al Partido Conservador o al Partido Laborista. Pero el Brexit traspasó esas líneas partidistas tradicionales y creó nuevas identidades políticas. La gente empezó a identificarse como remainers (defensores de la permanencia) o leavers (de la salida). Y eso perdura hoy, lo vemos reflejado en las actitudes y en cómo votan», señala Hobolt. La experta destaca que la política británica ya se ha transformado en un sistema mucho más parecido a las democracias occidentales europeas, donde los nuevos partidos golpean al bipartidismo tradicional.

Así se constató en la derrota de los laboristas en las elecciones municipales de este mayo, que dieron la victoria a Nigel Farage. El antiguo eurodiputado eurófobo del UKIP, aliado de Trump, fue el indudable artífice de la victoria del Brexit y tardó ocho años en lograr representación parlamentaria en Londres. Del Brexit Party fundó el partido Reform, que acoge a los tories exiliados y que lidera todas las encuestas de intención de voto. De hecho, nadie descarta que el ultraderechista pueda llegar al número 10 de Downing Street, aunque no en solitario.

«Si hay alguien responsable del Brexit, ese es Nigel Farage, pero ha logrado salir ileso de la culpa y sigue siendo muy influyente, quizá uno de los políticos más influyentes de la última década. Su partido es uno de los cuatro que teóricamente podrían llegar al poder en las próximas elecciones generales», indica Ben Worthy. Webb y Hobolt coinciden, aunque insisten en que el futuro de la política pasa por la inevitable reforma del sistema electoral, el first-past-the-post, un sistema uninominal que favorece el voto útil, pero que implica que el número de diputados en Westminster rara vez refleja el número de votos de cada partido.

El gran tabú

Una década después del referéndum, la inmigración ha crecido, las consecuencias económicas son más que evidentes, pandemia y guerras mediante, y más de la mitad de los británicos se arrepiente de aquella decisión, aunque apenas se percibe en la base del Brexit.

«Las encuestas nos indican que, si se preguntara ahora, la mayoría diría que no fue una buena idea. Pero aquellos que votaron a favor de la salida, con una ‘identidad Brexit‘, lo siguen defendiendo. Si un partido propusiera volver, encontraría bastante resistencia. […] Sobre todo, ha habido un cambio demográfico: sabemos que el resultado varió por grupos de edad. Los jóvenes que están entrando en el sistema electoral son más proeuropeos que los más mayores o los que han ido muriendo en la última década, los más proclives a defender el Brexit«, señala Hobolt.

Sin embargo, resucitar el debate comunitario es casi un tema tabú para los políticos, sobre todo para el Partido Laborista, que ha sido muy cauteloso y ha evitado pedir un segundo referéndum. Los posibles candidatos a la sucesión del primer ministro Keir Starmer, que dimitió este lunes cercado por la presión interna en el partido, han obviado por ahora la cuestión por miedo a sus votantes, como ocurre con el alcalde de Manchester, Andy Burnham, que ha logrado el escaño en una circunscripción partidaria del Brexit.

El coste tras una década convulsa también pesa. «Cualquier político sabe que no es fácil. Además, ahora sabemos que la UE es una dura negociadora. ¿Realmente alguien querría ser el primer ministro que lidie con la batalla por la deuda, dentro y fuera de su partido? Probablemente no», dice Sara Hobolt. Webb discrepa y cree que los laboristas sí podrían hacerlo. «Es posible que prometan reabrir negociaciones con la UE, quizá sobre el Mercado Único, la unión aduanera o toda la UE», apunta.

Ben Worthy concluye que «tiene que haber un problema para que volver sea la solución». Un problema que no existe, de momento, para un país que no está dispuesto a reabrir viejas heridas.