Pioneras y olvidadas, la historia de las nueve diputadas de la Segunda República que abrieron el camino

  • El periodista Miguel Ángel Villena rescata su vida en ‘Republicanas: Revolución, guerra y exilio de nueve diputadas’

  • Una de ellas fue Matilde de la Torre, cuyos restos serán exhumados en Cabezón de la Sal 80 años después de su muerte

‘Republicanas’, la historia de las nueve diputadas que abrieron el camino
Marta Rey  RTVE

Este 21 de marzo, los restos de Matilde de la Torre descansarán en Cabezón de la Sal, en su Cantabria natal, tras 80 largos años de espera. Era una de las últimas voluntades de esta periodista, escritora, pedagoga y diputada por el Partido Socialista que murió exiliada en México a los 62 años, sin cumplir su deseo de volver a una España democrática. No todas son igual de conocidas, pero durante la Segunda República, entre centenares de parlamentarios varones, nueve mujeres lograron un escaño en el Congreso y Matilde de la Torre fue una de ellas.

Antes, fueron diputadas Clara Campoamor, Victoria Kent y Margarita Nelken, votadas cuando ellas todavía no podían depositar su papeleta. Después, fueron elegidas la escritora María Lejárraga, la pedagoga e inspectora de educación Francisca Bohigas, la maestra y sindicalista Veneranda Manzano, la primera gobernadora civil, Julia Álvarez Resano, la dirigente del Partido Comunista, Dolores Ibárruri y Matilde de la Torre, que acabaría convirtiéndose en directora general de Comercio durante el Gobierno de Francisco Largo Caballero, Matilde de la Torre.

Para entonces, el Congreso ya había aprobado el sufragio femenino y otros derechos, como el divorcio o la igualdad laboral. «Los años republicanos significaron que España se abría a la modernidad, se abría al progreso y eso afectó a toda la población en general, pero muy especialmente a las mujeres«, explica a RNE el periodista Miguel Ángel Villena, autor de Republicanas: Revolución, guerra y exilio de nueve diputadas, un ensayo editado por Tusquets en el que rescata la historia de estas nueve pioneras que se abrieron paso en un país misógino dominado por las oligarquías y el caciquismo.

 

La revolución de las maestras

A excepción de Campoamor y, sobre todo, de Dolores Ibárruri, la mayoría de estas nueve mujeres provenía de esa élite con acceso a la educación y, desde su privilegio, se dieron cuenta de las injusticias sociales que solo su clase social podía reparar. De las nueve, siete se dedicaron a la enseñanza, una formación accesible para las mujeres con la que lograban su emancipación personal a la vez que cumplían con una tarea social.

«Había una voluntad de muchísimas mujeres por la enseñanza, precisamente porque aquellas que llegaron a tener un cierto nivel cultural se daban cuenta de que la mayoría de las mujeres de su generación eran analfabetas o apenas sabían las cuatro reglas de leer y escribir», explica Villena, que añade que las maestras llevaron a cabo «una de las revoluciones pacíficas más importantes que hubo en la España del siglo XX».

Ellas y otras mujeres de su época convivieron en un contexto marcado por una enorme brecha de género que ellas, poco a poco, empezaron a romper. Sin embargo, como expone Villena, «resistencias encontraron muchas», dentro y fuera de sus respectivos partidos políticos. «Si todavía hoy, desgraciadamente, pervive el machismo y la misoginia en buenos sectores de la sociedad española, hace casi un siglo era todavía mucho más fuerte», lamenta.

Remar a contracorriente

«Contra lo que se piensa muchas veces, no todas eran de izquierdas. Hubo varias del Partido Socialista, hubo una comunista que era Dolores Ibárruri, pero luego hubo lo que hoy llamaríamos dos centristas o liberales, que fueron Clara Campoamor y Victoria Kent. Y hubo también una diputada de la derecha católica que fue Francisca Bohigas», relata el autor, que añade que todas ellas tuvieron que «remar a contracorriente» en un ambiente muy hostil hacia ellas.

Un ejemplo de ello puede encontrarse en las memorias del dirigente de Acción Republicana y después presidente de la República, Manuel Azaña, que hablaba así de las tres primeras diputadas, las que fueran sus compañeras en la Cámara. «La Campoamor es más lista y elocuente que la Kent, pero también más antipática. La Kent habla para su Kanesú y acciona con la diestra sacudiendo el aire con giros violentos y cerrando el puño como si cazara moscas al vuelo, pero es la única de las tres parlamentarias simpática, la única correcta».

En su libro, Villena menciona la relación entre Kent y Campoamor como un ejemplo de sororidad entre dos mujeres que ignoraron los comentarios de la prensa y de otros compañeros de Cámara y optaron por el respeto pese a lo opuesto de sus opiniones. «Nunca fueron amigas, pero sí que se respetaron mucho, tanto en el plano personal como en el plano político, pese a que diferían en una cuestión fundamental», expone el escritor.

Clara Campoamor (1ª dcha) y Victoria Kent (4ª dcha) junto a otras mujeres en el Lyceum Club
Clara Campoamor, Victoria Kent y otras mujeres del Lyceum Club

Campoamor y Kent fueron las grandes protagonistas en el debate parlamentario sobre el sufragio femenino. De alguna manera, ambas estaban a favor, pero Kent pidió el voto en contra porque alegaba que las mujeres no tenían todavía la formación requerida. «El marido podía influir en su línea política o moral. Había que esperar que la mujer se identificara con la República y con los problemas sociales», explicaba en una entrevista a TVE en 1979 la diputada de Izquierda Republicana, que también fue la primera directora general de Prisiones.

El Congreso aprobó el derecho a voto para las mujeres, pero ni Kent ni Campoamor renovaron su escaño en las siguientes elecciones. Ganó la derecha y muchos culparon al sufragio femenino, algo que persiguió durante mucho tiempo a Campoamor, que nunca volvió a ser diputada. «El mejor argumento para contradecir eso es que las siguientes elecciones en 1936 ganaron las izquierdas. Obedeció a muchísimos factores económicos, políticos, culturales, pero desde luego no a la presencia de las mujeres», asegura Villena.

 

Tiempos de guerra y exilio

La socialista Margarita Nelken fue la única de las nueve que logró escaño en las tres elecciones que se celebraron en la Segunda República. Los últimos comicios, sin embargo, los que ganó la izquierda, se celebraron el mismo año en que estalló la Guerra Civil y, a medida que el bando sublevado ganaba terreno, estas diputadas y exdiputadas empezaron a marcharse a un exilio que duraría décadas, lejos de un régimen que borraría todo el camino que ellas habían recorrido.

La única que se quedó fue Francisca Bohigas, que permaneció al servicio del régimen y se ganó su hueco en la Sección Femenina. Campoamor huyó en el verano del 36, tras el golpe; pasó por Francia y permaneció 20 años en Argentina antes de instalarse en Suiza, donde murió sin lograr su propósito de sobrevivir al dictador. En Argentina también construyó una nueva vida la escritora María Lejárraga —que escribió bajo el nombre de su marido hasta la muerte de él—, que pasó antes por Francia y por México. La pasionaria, que durante el conflicto se convirtió en símbolo de la resistencia antifascista, acabó echando raíces en la Unión Soviética de Stalin.

«Marcharon al exilio cuando la mayoría tenía entre 40 y pico y 60 años. Y tenían que rehacer su vida», explica Villena, que lamenta que algunas de ellas murieron «cerca de la indigencia». «Es el caso de Matilde de la Torre y en parte también de Margarita Nelken», ambas en México. De la Torre, que consiguió escaño por Cantabria en 1933 y 1936 por el PSOE y que fue directora general de Comercio con el Gobierno de Largo Caballero, murió en Cuernavaca, México, sin apenas recursos y apartada por su partido tras la expulsión del socialista Juan Negrín, a quien ella apoyó.

Documentos RNEDocumentos RNE – María Lejárraga, brillo en la sombra – 01/01/11

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Lo que eliminó la dictadura

«Todo lo que se consiguió —derechos, libertades y, de hecho, una igualdad jurídica y yo creo que en buena medida también efectiva entre hombres y mujeres— se elimina con el final de la guerra, con la victoria franquista y con el comienzo de una dictadura», dice Villena, que sostiene que, si bien el país entero retrocedió décadas, la situación fue mucho más grave paras mujeres, que vieron sus derechos «absolutamente eliminados».

Durante la dictadura, aquellas mujeres que años antes habían cosechado el derecho a voto y habían vivido bajo el amparo de una Constitución que reconocía que «todos los españoles son iguales ante la ley», pasaban a ser algo así como menores de edad tuteladas. Gestiones como sacarse el pasaporte, abrir una cuenta corriente o viajar no podían ser ejecutadas sin el permiso de sus maridos, sus padres o sus hermanos mayores. Un vuelco que las nueve diputadas vivieron a miles de kilómetros, sin poder hacer nada.

«Lo vivieron con el drama, con la pena y con la amargura de no poder regresar a España», lamenta Villena. Solo tres de las ocho que se exiliaron sobrevivieron a Franco. Ibárruri, que acabaría volviendo al Congreso durante la transición, Kent, que pese a que regresó, optó por quedarse a vivir en Estados Unidos —donde vivió su amor con Louise Craine— y la maestra Veneranda García Manzano, que al final de su vida y ya alejada de la política, se instaló en Oviedo, ciudad por la que consiguió el escaño en 1933 con el PSOE.

Villena señala un «clarísimo déficit de memoria democrática» en España. «Me parece indignante que algunas de estas mujeres, con unas biografías apasionantes, con sus luces y sus sombras, sean prácticamente desconocidas para la inmensa mayoría de la población», apunta. Por eso ha decidido rescatar su historia y en el libro se acuerda de su sobrina, nacida en 1983, a quien apenas le hablaron de estas nueve pioneras para quienes la España democrática que tanto les debe tardó demasiado en llegar.