Los países del Golfo aguantan el envite de Irán pero alertan de una guerra regional que ya no quieren ganar

Un camellero espera clientes en una playa de Dubai
Un camellero espera clientes en una playa de Dubai AFP
Ana Garralda   RTVE

Durante décadas, la rivalidad con Irán fue el eje de la política de seguridad de países como Arabia Saudí o Emiratos Árabes Unidos. Términos como «archienemigos regionales«, «guerra fría» en Oriente Próximo o «rivalidad entre suníes y chiíes» se emplearon durante años entre comentaristas y expertos para describir la relación entre las dos mayores potencias de Oriente Medio.

Hoy, sin embargo, ese lenguaje empieza a sonar anacrónico. La crisis regional está evidenciando que el marco conceptual sobre el que se describía esa rivalidad ya no captura del todo esa relación, que lleva años transformándose silenciosamente y en paralelo al creciente peso de actores internacionales como China, India o Brasil.

Hombre de negocios de Emiratos Árabes Unidos y China firmando un acuerdo comercial TYMOSHCHUK ANDRIY

Las primeras reacciones tras los ataques iraníes lo reflejaron: llamamientos inmediatos a la contención, discretos contactos diplomáticos entre saudíes e iraníes y mensajes insistentes sobre la necesidad de evitar una escalada regional.

Ese tono, más prudente, contrastaba con el de otras crisis en Oriente Próximo cuando la confrontación con Irán se presentaba como una prioridad estratégica y el «riesgo de una guerra regional«, recurrente con cada crisis en el conflicto palestino-israelí, era el principal objetivo a evitar.

Ahora, cuando el riesgo de guerra regional es más real que nunca desde que Irán decidiera atacar directamente a sus vecinos del Golfo y aliados de Estados Unidos – en represalia por la ofensiva iniciada por Washington y Tel Aviv – la República Islámica sigue siendo vista como el gran enemigo de la zona, pero su existencia ya no supone la principal preocupación para los países del Consejo de Cooperación para los Estados Árabes del Golfo (CCG), que llevan años dedicados a diversificar su economía en ámbitos como el financiero, el tecnológico o el deportivo para reducir su dependencia de los llamados petrodólares en un mundo globalizado y cada vez más consciente del cambio climático.

En definitiva, el Golfo ya no busca derrotar a Irán, sino evitar que esa rivalidad arruine su transformación económica.

Cristiano Ronaldo renueva con el club saudí Al Nassr hasta 2027
Cristiano Ronaldo renueva con el club saudí Al Nassr hasta 2027 AFP

La estabilidad: lo más codiciado

En este contexto de cálculo estratégico, Emiratos Árabes Unidos aspira a consolidar Dubái como uno de los principales centros financieros del mundo. También Arabia Saudí impulsa su ambicioso programa de transformación económica Vision 2030, con megaproyectos como NEOM, diseñado como hub tecnológico y sostenible que funcionará con energía 100% renovable en su provincia de Tabuk. Por su parte, Catar se ha consolidado como uno de los mayores exportadores mundiales de gas natural licuado y vende al exterior su rol como poder diplomático y mediador.

El peso financiero de la región también ha crecido enormemente. Los fondos soberanos del Golfo gestionan algunos de los mayores volúmenes de inversión del mundo. El fondo soberano saudí administra activos por más de 700.000 millones de dólares, el de Abu Dabi gestiona cerca de un billón de dólares y el de Catar controla inversiones valoradas en más de 450.000 millones de dólares.

Activos que se han convertido en actores centrales de la economía global, con inversiones en tecnología, infraestructuras o energía en Europa, Asia y Estados Unidos. Según análisis del European Council on Foreign Relations, esta creciente interdependencia económica ha cambiado el cálculo estratégico de los gobiernos del Golfo, cada vez más dependientes de la estabilidad regional para proteger sus inversiones internacionales.

Una transformación económica que se refleja en el propio tejido social de estos países. En Emiratos Árabes Unidos y Catar, los trabajadores extranjeros representan entre el 80% y el 90% de la población, lo que hace que la estabilidad política y la percepción de seguridad sean factores clave para sostener sus modelos económicos. De ahí su preocupación cuando, tras el comienzo de la actual crisis, decenas de miles de expatriados hacían cola en sus aeropuertos para abandonar sus fronteras rumbo a sus países de origen.

 

Las bases de EE.UU: ¿garantía de seguridad o riesgo estratégico?

Durante décadas, la seguridad de estas monarquías descansó sobre un acuerdo implícito: Estados Unidos garantizaba protección militar frente a amenazas externas y los países del Golfo aseguraban estabilidad energética y cooperación estratégica.

Antes de la última guerra con Irán, Washington mantenía desplegados en Oriente Próximo de forma regular a unos 40.000 militares, muchos de ellos en el Golfo. La base aérea de Al Udeid, en Catar, es la mayor instalación militar estadounidense de la región y Baréin alberga la sede de la Quinta Flota estadounidense, responsable de las operaciones navales en el Golfo Pérsico, el mar Arábigo y parte del océano Índico.

Asimismo, Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudí y Kuwait también acogen instalaciones militares clave, siendo las de estos dos últimos países objeto del lanzamiento de misiles y drones iraníes en el que ya es el ataque más letal para el Ejército de Estados Unidos en esta guerra (al menos siete soldados perdieron la vida y otros ocho resultaron heridos de gravedad).

 

Hasta el pasado 28 de febrero, primer día de la actual ofensiva estadounidense – israelí, Irán había advertido repetidamente de que las bases estadounidenses en Oriente Medio serían objetivos legítimos en caso de guerra.

El ataque con drones y misiles contra las instalaciones petroleras saudíes de Abqaiq y Khurais en 2019 – que redujo temporalmente cerca del 5% de la producción mundial de petróleo e interrumpió momentáneamente más de la mitad de la producción petrolera saudí – demostró hasta qué punto incluso las infraestructuras energéticas mejor protegidas del mundo seguían siendo vulnerables a agresiones externas.

Ese episodio marcó un punto de inflexión en el pensamiento estratégico de la región. Como señalan algunos análisis del programa de Oriente Próximo del Chatham Houselos Estados del Golfo han intentado desde entonces reducir la probabilidad de un conflicto directo con Irán mediante la diplomacia regional y otros canales de comunicación abiertos.

El ejemplo más visible fue la restauración de relaciones diplomáticas entre Arabia Saudí e Irán en 2023 tras siete años de ruptura en un acuerdo mediado por China, que buscaba estabilizar la región – y consolidar sus propios intereses – después de años de rivalidad abierta.

Un hito que se fraguó durante un lustro y que diseñó la actual nueva política exterior de las teocracias de Oriente Medio que priorizan, al menos oficialmente, su papel como estabilizadores regionales, basándose en la diversificación económica de sus activos frente a conflictos armados estancados como el palestino-israelí – del que quieren desvincularse, pero que está detrás de la actual escalada en Oriente Medio – así como en la firma de los Acuerdos de Abraham, rubricado por Emiratos Árabes o Baréin con el otrora enemigo regional, Israel.

Firma de los Acuerdos de Abraham en 2020
Baréin, Israel, Estados Unidos, y Emiratos Árabes Unidos, firman los Acuerdos de Abraham en la Casa Blanca, el 15 de septiembre de 2020 Alex Wong/Getty Images

Recelo de las «buenas intenciones» de Irán

Pero la cautela de los países del Golfo no implica que tengan confianza en Irán. Cuando el pasado 7 de marzo el presidente iraní, Masoud Pezeshkian, se disculpó públicamente con las monarquías del Golfo por los ataques iraníes con drones contra sus territorios, en Riad o Abu Dabi recibieron escépticos el mensaje.

Los líderes regionales consideraron que las misivas diplomáticas del gobierno iraní también convivían con una retórica mucho más agresiva de los Guardianes de la Revolución, lo que lleva días alimentando la percepción de que existen múltiples centros de poder dentro del sistema iraní.

Pero la desconfianza no se limita a Teherán. Otros analistas regionales señalan que esa cautela también refleja dudas sobre la estrategia de los propios aliados occidentales. Como explica Sanam Vakilexperta en Oriente Próximo del Chatham House, varios gobiernos del Golfo temen verse arrastrados a una escalada militar de consecuencias impredecibles, aunque con sus fronteras como campo de batalla.

Un pragmatismo que también refleja un cambio más profundo en la política exterior del Golfo, tal y como indica en su análisis F. Gregory Gause. Según este profesor de Asuntos Internacionales en el Middle East Institute de Washington, varias monarquías de la región intentan hoy equilibrar sus relaciones entre Washington, Pekín y otras potencias globales para reducir su dependencia estratégica de un solo aliado. Así, el restablecimiento de relaciones diplomáticas entre Arabia Saudí e Irán en 2023 – mediado por China – ilustra esa nueva estrategia: reducir tensiones regionales sin romper alianzas tradicionales que, todavía hoy, sirven de salvaguarda.

Por otro lado, una guerra regional también podría tener efectos en cascada en otros escenarios. Conflictos latentes en Yemen, Irak o Líbano podrían intensificarse si la confrontación entre Irán y sus adversarios se amplía. Para los países del Golfo, ese escenario significaría una región aún más fragmentada e imprevisible. Una situación que no quieren para sus negocios.

 

El miedo al colapso interno

En paralelo, el temor estratégico más profundo puede ser otro. Para los líderes de las dictaduras del golfo Pérsico, el escenario más peligroso no es necesariamente una victoria iraní, sino el colapso de su Estado en uno de los países más grandes de la región, con cerca de 90 millones de habitantes, una geografía compleja y una estructura política diversa.

Una implosión del régimen podría desencadenar conflictos internos, fragmentación territorial o crisis de refugiados difíciles de contener. Y es que la experiencia de Irak tras la invasión estadounidense de 2003 sigue pesando en la memoria estratégica de la zona. El colapso del Estado iraquí abrió un periodo de violencia sectaria y años de inestabilidad que dieron luz a grupos como el Estado Islámico, que transformaron profundamente el equilibrio regional.

Terroristas del Daesh con trajes naranjas capturados por las fuerzas peshmerga en Kirkuk, Irak, en 2015
Terroristas del Daesh con trajes naranjas capturados por las fuerzas peshmerga en Kirkuk, Irak, en 2015 Getty Images

Por eso, como señalan análisis del Carnegie Endowment for International Peace, varios países del Golfo parecen preferir un equilibrio regional imperfecto pero estable antes que el riesgo de una transformación radical del orden regional. En palabras de Karim Sadjadpour, experto en Irán, el colapso de Teherán podría generar una inestabilidad aún mayor que la rivalidad actual. Una guerra abierta o incluso el «colapso regional».

En otras palabras, mientras Estados Unidos, Israel e Irán calibran los próximos pasos de un conflicto cada vez más imprevisible, los países del Golfo intentan mantenerse en una posición incómoda pero deliberada: lo suficientemente cerca de sus aliados occidentales para preservar su seguridad, pero lo bastante distantes de la confrontación directa como para no convertirse en el escenario principal de esta nueva guerra lanzada por Donald Trump.