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Teherán asegura que aún posee más de 400 kilos de uranio enriquecido al 60%, cercano al uso militar
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Ataque a Irán de EE.UU. e Israel, en directo hoy
Cada vez que la tensión escala entre Washington, Tel Aviv y Teherán, tal y como sucediera en junio de 2025, reaparece la misma afirmación: «Irán estaba a las puertas de lograr una bomba nuclear». Es el argumento utilizado desde hace más de dos décadas para legitimar sanciones internacionales, operaciones encubiertas y, llegado el caso, ataques preventivos como el efectuado el pasado fin de semana en Irán, a instancias Israel.
Así al menos lo confirmaba este martes el secretario de Estado norteamericano, Marco Rubio, ante un grupo de periodistas en el Capitolio. «Sabíamos que iba a haber una acción israelí, sabíamos que eso precipitaría un ataque contra las fuerzas estadounidenses y sabíamos que, si no los perseguíamos preventivamente antes de que lanzaran esos ataques, sufriríamos más bajas», dijo Rubio en unas declaraciones que fueron desdeñadas horas después por su jefe, el presidente Trump, quien, a la pregunta de un periodista en un encuentro posterior con la prensa sobre si Israel había forzado a EE.UU. a entrar en la guerra, el presidente respondió: «No, tal vez he sido yo quien les ha forzado a ellos».
Mensajes cruzados que apuntan a las contradicciones y a las versiones distintas que emergen del seno de la administración estadounidense, donde en cuestión de horas el presidente ha pasado de hablar de una campaña militar que podría durar «dos o tres días», después, «cuatro o cinco semanas», a admitir que Estados Unidos podría sostener la operación durante «mucho más tiempo».
Sin embargo, las palabras pronunciadas por Rubio, menos proclive a las declaraciones sin cálculo, sí recibieron una réplica casi inmediata desde Teherán: «El señor Rubio admitió lo que todos sabíamos: EE. UU. ha entrado en una guerra de elección en nombre de Israel. Nunca hubo ninguna supuesta ‘amenaza’ iraní'», escribió el ministro de Asuntos Exteriores de Irán, Abbas Araghchi, en su cuenta de X.
Ataque coordinado EE.UU. – Israel
Lo que sí parece cierto, dado el grado de destrucción recogido por medios locales e internacionales, es el ataque masivo y continuado que aviones de combate del Ejército hebreo efectuaron contra el territorio iraní en la mañana del pasado sábado, en el que fue el mayor despliegue de su flota aérea en una sola operación desde la Guerra de los Seis Días en 1967.
Tres oleadas de fuego en las que una primera estuvo dirigida contra altos funcionarios iraníes, incluido el ayatolá Alí Jameneí – que falleció junto a medio centenar de generales y cargos del gobierno – una segunda, contra los sistemas de defensa antimisiles iraníes tierra – aire – especialmente en la zona de Teherán – y una tercera, que se enfocó en destruir el mayor número de misiles, y lo más rápido posible.
En definitiva, una acción a tres frentes en la que los israelíes se centraron primero en el oeste y el centro de Irán, y los estadounidenses, que entraron después, en el este del país y en las capacidades navales del régimen.
«Estábamos negociando con estos lunáticos y, en mi opinión, ellos iban a atacar primero. No quería que eso sucediera», dijo Trump durante su encuentro con los periodistas. «Creo que se sorprendieron, yo también me sorprendí, y ahora todos esos países están luchando contra ellos», añadió.
¿Qué dicen los hechos verificables?
«No, no tenemos pruebas de que exista un programa de fabricación de armas nucleares iraníes. Incluso las autoridades (de ese país) lo han dicho», afirmaba este martes el director general del Organismo Internacional de la Energía Atómica, Rafael Grossi, durante una entrevista en el Canal 24 Horas.
Durante su intervención, este funcionario de la ONU, que participó junto a los enviados estadounidenses e iraníes en las dos últimas rondas de negociaciones infructuosas celebradas en Ginebra, ha explicado que desde el comienzo de la ofensiva de Estados Unidos e Israel sobre Irán, el organismo ha podido monitorizar con detalle las instalaciones nucleares de la República Islámica.
«Hemos podido constatar la existencia de algunos daños en el complejo nuclear de Natanz, aunque no de gran envergadura, y también la existencia de otros en las instalaciones de Isfahán de naturaleza limitada», explicaba.
Grossi, además, destacó la naturaleza «política e institucional» de la actual ofensiva estadounidense – israelí, centrada no solo en las instalaciones o complejos nucleares de la República – como sucedió en la guerra de los 12 días de junio de 2025 – sino que está «alcanzando un territorio mucho más vasto», llegando a otros puntos del país.
El director del OIEA afirma que no tiene pruebas de que Irán tenga un programa de armas atómicas
Días antes, desde Viena, sede del Organismo Internacional de la Energía Atómica, el mismo funcionario volvió a introducir un matiz esencial en el debate. La OIEA, recordó, nunca ha dispuesto de información que demuestre la existencia de un plan estructurado por parte de Irán para fabricar un arma nuclear.
La declaración no absuelve a Teherán por su opacidad constatable, ni por sus frecuentes incumplimientos, pero sí delimita el terreno: enriquecer uranio no equivale automáticamente a decidir construir una bomba.
La distinción es estratégica. Técnicamente, Irán ha avanzado. Ha acumulado más de 400 kilos de uranio enriquecido al 60%, cerca del grado necesario para un uso militar, lo que está muy por encima de los límites fijados en el acuerdo de 2015. También ha perfeccionado centrifugadoras y ha reducido el llamado breakout time, el plazo estimado para producir suficiente material fisible para un arma nuclear.
Políticamente, sin embargo, no existe prueba pública de que haya tomado la decisión de cruzar ese umbral. Así, esa zona gris – entre la capacidad latente y la orden política de militarización – es la que alimenta la narrativa de la amenaza inminente.
Para Israel, la mera posibilidad resulta «inaceptable». La doctrina preventiva que guió el ataque contra un reactor iraquí en 1981 y contra otra instalación siria en 2007 se basa precisamente en esa premisa: no esperar a que la amenaza se materialice.
Estados Unidos ha oscilado históricamente entre dos enfoques. Por un lado, la contención negociada, que cristalizó en el acuerdo nuclear de 2015. Por otro, la presión máxima —económica, diplomática y eventualmente militar— bajo la idea de que solo la coerción frena ambiciones estratégicas. En Donald Trump parece haber pesado más lo segundo.
¿Será Irán el Irak de las «armas de destrucción masiva»?
El recuerdo de 2003 pesa inevitablemente en esta discusión. Entonces, la invasión de Irak se justificó con la existencia de armas de destrucción masiva que nunca aparecieron. El paralelismo no es exacto – el programa nuclear iraní es real y ha sido objeto de inspección internacional -, pero sí introduce cautela ante afirmaciones categóricas sobre inminencias no verificadas.
Así, la cuestión de fondo no es si Irán posee tecnología nuclear avanzada – la posee -, sino si ha decidido convertirla en arma. Y, a partir de ahí, si los ataques preventivos disuaden esa decisión o, paradójicamente, la aceleran, como sucedió tras la salida de EE.UU. del acuerdo nuclear con Irán de 2015 (JCPOA, por sus siglas en inglés), impulsado por Barack Obama y anulado tres años después cuando Donald Trump llegó por primera vez a la Casa Blanca.
Tras la salida de Estados Unidos, el marco del acuerdo quedó tan debilitado que poco a poco se fue diluyendo entre reuniones fantasma y diplomáticos cansados o frustrados. El resultado fue la decisión de Irán de retomar el programa de enriquecimiento de uranio que tanto le había costado contener al entonces secretario de Estado norteamericano, John Kerry, por entonces principal negociador enviado por Barack Obama.
Con la llegada de Joe Biden, Washington volvió temporalmente a priorizar la diplomacia y la gestión de otras crisis —notablemente la guerra en Ucrania—, que desplazó la atención estratégica de Oriente Medio. Sin embargo, a medida que los desafíos globales se multiplicaron, las negociaciones nucleares se estancaron y las tensiones se reavivaron.
Esa es la línea invisible sobre la que se sostiene todo el debate: ¿se está neutralizando la supuesta amenaza del programa nuclear de Irán con la actual ofensiva de EE.UU – Israel o se está empujando al próximo Teherán a tomar la decisión que hasta ahora no había adoptado formalmente?
La «amenaza iraní» o la obsesión de Netanyahu
Para entender la actual escalada es imprescindible detenerse en una constante de la política israelí de las últimas décadas: la convicción, o quizá obsesión, de Benjamín Netanyahu sobre el peligro existencial que representa para Israel la República Islámica de Irán, un eje vertebrador de su discurso que empezó en los años 90 del siglo XX.
Desde entonces han pasado casi 30 años, los mismos que Netanyahu lleva advirtiendo de que Teherán está «a punto» de alcanzar la bomba nuclear. Lo dijo cuando regresó al poder en 2009, lo repitió en su célebre intervención ante el Congreso de Estados Unidos en 2015 – donde desafió abiertamente a la Casa Blanca – y lo ha reiterado en cada ciclo de tensión regional.
Para él, el régimen nacido en 1979 no es solo un adversario estratégico, sino el principal peligro para la supervivencia del Estado de Israel. Esa lectura explica su frontal oposición al acuerdo nuclear de 2015.
Mientras la administración Obama defendía el pacto como la mejor herramienta para contener y verificar el programa iraní, Netanyahu lo consideraba una concesión histórica que legitimaba la infraestructura nuclear de Teherán y le proporcionaba recursos financieros para consolidar su influencia regional. Desde su perspectiva, el JCPOA no desmantelaba la amenaza, simplemente la aplazaba.
Su narrativa se ha reforzado tras la debilitación progresiva – y en la que ha participado – de los aliados regionales de Irán – Hizbulá en Líbano, Hamás en Gaza, las milicias chiíes en Siria – y tras la erosión del llamado «Eje de la Resistencia«. Netanyahu interpreta ese contexto como una ventana estratégica: si el entorno de contención de Irán se reduce, el siguiente paso lógico de Teherán será blindarse mediante la disuasión nuclear.
Pero en sus intervenciones de los últimos años, el mandatario israelí, ya el más longevo como «primer ministro de Israel», ha ido más allá de la mera prevención militar. Ha sugerido que la presión sobre Irán podría abrir la puerta a un cambio interno de régimen, apelando incluso a una dimensión histórica casi simbólica: el Israel moderno como catalizador indirecto de una liberación persa.
Sin embargo, esta posición no siempre ha coincidido con las evaluaciones de inteligencia estadounidenses. Informes presentados ante el Congreso en los últimos años han señalado que Irán había incrementado sus capacidades técnicas, pero no que hubiera tomado la decisión política de fabricar un arma.
Aún así, esa discrepancia no ha alterado la convicción del primer ministro israelí, quien ha conseguido que las sucesivas administraciones estadounidenses mantuvieran la cuestión iraní en el centro de su agenda estratégica.
Hoy, esta retórica, sigue haciendo mella en el supuesto «America First« de Donald Trump, que ya ha hecho suyos los anhelos colonialistas de Benjamín Netanyahu. Él también quiere pasar a la historia como el gran estratega de un nuevo orden regional, pero con Israel como comandante general.



