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Los drones han pasado a ser un factor decisivo en la guerra, transformando la contienda
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La invasión ha causado cerca de 1,8 millones de víctimas militares y 56.000 civiles, entre muertos y heridos
Desde el 24 de febrero de 2022, cuando Vladímir Putin ordenó la «operación militar especial» contra Ucrania, se desencadenó la que hoy es la guerra más grande de Europa desde 1945. Cuatro años después del inicio de la invasión de Rusia a Ucrania, el desenlace del conflicto depende de un acuerdo a miles de kilómetros del frente de batalla que satisfaga las demandas imperiales de Putin, permita una salida para Ucrania y reporte un beneficio a los intereses de Donald Trump, erigido en mediador y parte.
Pero mientras Estados Unidos presiona a Ucrania para que acepte un acuerdo de paz, Rusia retrasa las negociaciones y rechaza cualquier acuerdo que no suponga la capitulación de Kiev, y la crisis se enquista en las relaciones entre países dentro y fuera de Europa.
A continuación, repasamos en mapas, gráficos y datos la situación de la guerra de Ucrania.
Fases de la guerra: de la invasión fallida a los contraataques
Al inicio de la invasión, en febrero de 2022, las tropas rusas llegaron a ocupar una cuarta parte del territorio ucraniano, unos 157.000 kilómetros cuadrados. Putin pretendía hacer caer el gobierno de Kiev en un ataque relámpago que conquistase la capital ucraniana en diez días, pero el Kremlin subestimó las capacidades de defensa de Ucrania.
El plan inicial de invasión fracasó, las fuerzas rusas se replegaron y las contraofensivas ucranianas en 2022 y 2023 lograron recuperar buena parte de ese terreno. El frente se concentró a cientos de kilómetros, en el este del país. Y, desde entonces, las líneas de combate se han estabilizado en gran medida.
El 4 de abril de 2022, menos de seis semanas después del inicio de la invasión, Rusia abandonó sus ambiciones sobre Kiev y retiró todas sus tropas de los óblasts de Kiev y Jitomir. Ucrania demostró una capacidad de resistencia inesperada, ganó un masivo apoyo occidental y movilizó al país bajo la dirección del presidente Volodímir Zelenski.
Moscú tuvo que reorientar completamente sus operaciones hacia el este y el sur, donde esperaba tener mayor éxito contra una población menos movilizada. Esta reorientación significó a la postre que Rusia nunca conseguiría sus objetivos geopolíticos originales de un cambio de régimen en Kiev. Y comenzaron las contraofensivas de Ucrania.
A finales del verano de 2022, Ucrania lanzó una ofensiva sorpresa en Járkov que cambió la trayectoria de la guerra. En tan solo tres semanas, las fuerzas ucranianas recuperaron 12.000 kilómetros cuadrados de territorio, el doble de lo que Rusia había capturado en meses de ofensiva previa. Casi a la vez, Ucrania atacó en el sur. El 9 de noviembre, Rusia ordenó la retirada de Jersón, una ciudad de casi 300.000 habitantes antes de la guerra.
Tras la batalla por Bajmut, en la primavera de 2023, uno de los episodios más cruentos de la guerra hasta que cayó en manos de las milicias mercenarias del Grupo Wagner (que se rebelaron contra Putin y terminaron con su líder, Yevgueni Progozhin, muerto), en junio Ucrania lanzó su mayor contraofensiva de la guerra, esperando romper las líneas defensivas rusas hacia Melitópol y el mar de Azov. Sin embargo, Rusia había pasado meses preparando defensas triple-capa con trincheras, campos de minas y posiciones de artillería. Ucrania logró avances territoriales muy limitados. La principal lección fue que los ataques frontales contra defensas preparadas resultaron demasiado costosos, obligando a Ucrania a priorizar tácticas defensivas y operaciones selectivas de menor escala.
En agosto de 2024, Ucrania ejecutó su operación más audaz: una incursión en territorio ruso, en Kursk. Ocupó 1.320 km² y controló temporalmente 100 asentamientos civiles. Un golpe táctico y simbólico para atacar a Rusia en su propio territorio, invirtiendo los roles de invasor e invadido, pero que fracasó en sus objetivos. Ucrania esperaba que Rusia moviera tropas desde Járkov y Donetsk para defender Kursk y aliviar esos frentes, pero fue al revés: mientras Ucrania comprometía tropas en Kursk, Rusia aceleraba su ofensiva en Donetsk. El 26 de abril de 2025, el Ministerio de Defensa ruso anunciaba la «liberación» completa de Kursk.
En 2025, Pokrovsk, ciudad clave de la región de Donetsk y nodo logístico esencial para el Dombás ucraniano, se transformó en uno de los principales objetivos. Moscú concentró cerca de un tercio de su esfuerzo bélico en la captura de esta ciudad de 60.000 habitantes, clave para el control de las rutas de suministro ucranianas. En enero, Rusia afirmaba controlar la mayor parte de Pokrovsk, aunque proseguían los combates urbanos y, en casi dos años de ofensiva, los rusos avanzaron apenas 50 kilómetros.
Al sur, en la región de Zaporiyia, una ofensiva rusa más reciente ha logrado mayores avances. En noviembre de 2025, Rusia intensificó una ofensiva destinada a capturar la ciudad de Guliaipole. Entre noviembre y enero, las fuerzas rusas avanzaron aproximadamente 18,5 kilómetros, a un ritmo promedio de 297 metros por día. Un intento de ampliar la línea del frente activo que obligue a Ucrania a extenderse y agotar sus reservas. Y, a más largo plazo, el objetivo ruso en este sector es asegurar un eje logístico que permita proyectar la ofensiva hacia el norte y el oeste de Zaporiyia.
Situación actual: guerra de desgaste intensificada
En 2025, Rusia logró ocupar unos 4.831 km² adicionales en Ucrania (alrededor del 0,8% del territorio del país), de modo que tiene tomado aproximadamente un 20% del territorio ucraniano, pero sin conseguir ningún colapso operativo de un frente que se extiende a lo largo de 1.100 kilómetros. Según el Instituto para el Estudio de la Guerra (ISW, en sus siglas en inglés), esta ganancia se obtuvo a un coste estimado de más de 416.000 bajas rusas solo el año pasado, una media de 78 bajas por kilómetro cuadrado conquistado. El Centro para Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS), think tank estadounidense especializado en análisis de conflictos, afirma que, desde 2024, las fuerzas rusas han avanzado a un ritmo promedio de entre 15 y 70 metros al día en sus ofensivas más destacadas, más lento que casi cualquier campaña ofensiva importante en cualquier guerra del último siglo.
Aunque la llegada del invierno ha ralentizado las acciones bélicas, Rusia mantiene la iniciativa ofensiva, con presencia consolidada en Crimea, la mayor parte de Donetsk, Lugansk, la mayoría de Zaporiyia y parcialmente en Jersón. En los últimos meses, Rusia ha intensificado su ataque: ha ampliado su control hasta casi el 70% de Donetsk y ha aumentado los bombardeos diarios en regiones del norte como Sumy, Chernígov y Járkov, que ahora se sitúan entre las más castigadas por ofensivas aéreas.
Ucrania controla el 80% de su territorio, incluyendo las ciudades más pobladas: Kiev, Járkov, Dnipropetrovsk, Mykolayiv y Odesa, pero el escenario de la guerra ha reducido la salida al mar del país a apenas el puerto de Odesa, lo que complica su prosperidad económica futura.
El objetivo militar de Putin es la conquista total de Donetsk y Lugansk, consideradas esenciales para la «Nueva Rusia». Rusia busca romper el «cinturón de fortaleza» ucraniano de 50 kilómetros, la última barrera defensiva significativa en el Dombás occidental. La captura de enclaves como Kramatorsk y Sloviansk, separadas por 15 kilómetros en el corazón de la resistencia ucraniana, permitiría a Rusia impulsar una ofensiva futura hacia la provincia de Dnipropetrovsk, que es justo lo que teme Kiev, tras haber invertido 11 años de esfuerzos militares desde 2014 para defenderse.
Los otros frentes: naval, aéreo y el papel de los drones
En el ámbito naval, Ucrania ha logrado ejercer un dominio asimétrico en el Mar Negro mediante misiles antibuque, drones navales y operaciones especiales. El hundimiento en abril de 2022 del buque insignia de la flota rusa en el Mar Negro, el Moskvá, los ataques recurrentes al puente de Kerch, en Crimea, y la destrucción de numerosos buques rusos dañaron significativamente a la flota del Kremlin. En diciembre de 2025, el ataque con drones submarinos contra un sumergible ruso marcó otro hito y consolidó el dominio ucraniano en el espacio marítimo, pese a carecer de una flota convencional.
Es en el espacio aéreo donde ha habido mayores evoluciones. La incorporación limitada de cazas F-16 por parte de Ucrania en 2025 mejoró sus capacidades tácticas y permitió logros puntuales, pero sin alterar la superioridad numérica de Moscú.
El factor decisivo ha pasado a ser la guerra de drones, que ha transformado la guerra. Rusia desplegó campañas masivas de saturación con drones y misiles de bajo coste, superando la capacidad industrial y defensiva ucraniana. Aunque la defensa aérea de Ucrania se fortaleció con sistemas occidentales, siguió siendo insuficiente frente al volumen sostenido de ataques que causan un daño continuado a Ucrania más allá del frente.
Este cambio en el modo de hacer la guerra es una respuesta adaptativa a la resistencia de Ucrania, apoyada por Occidente a través de las sanciones a Rusia y el sostenimiento militar y financiero del esfuerzo bélico ucraniano. Los bombardeos con drones para desgastar las capacidades ucranianas y las batallas con equipamiento ligero y soldados con entrenamiento mínimo son lo que Rusia puede sostener logística y económicamente después del agotamiento de sus recursos más valiosos, muchos de ellos heredados de la Guerra Fría. Aunque el arsenal inicial era significativo, a un ritmo de consumo de 40-50 misiles por semana, el inventario comenzó a agotarse visiblemente a finales de 2023. Además, acciones militares como la «Operación Telaraña», en junio de 2025, contra bases aéreas rusas que almacenaban bombarderos estratégicos, redujeron drásticamente la capacidad rusa de lanzar bombardeos.
Por otra parte, Rusia no ha tenido inconvenientes en aumentar la «carne de cañón» sobre el terreno, entre mercenarios del Grupo Wagner u otras milicias, la movilización de soldados (voluntarios o forzosos, estos mediante el alistamiento obligatorio en territorios ocupados o de presos) y acelerando el tiempo de entrenamiento de los reclutas para poder sostener sus ofensivas con menos recursos.
De acuerdo con el ISW, en 2025 Rusia lanzó más de 54.000 drones de largo alcance y cerca de 1.900 misiles contra Ucrania, buscando degradar la infraestructura energética, la industria y la moral de la población. Su modo de actuación es atacar de forma sistemática subestaciones y otros componentes clave con el fin de dificultar su reparación y prolongar los cortes de energía, que reducen la disponibilidad de luz y calefacción en ciudades como Kiev a menos de cuatro horas al día. En enero de 2026, los ataques han sido casi diarios y han afectado al menos a 17 regiones del país, según el último informe del Alto Comisionado de la ONU para los Derechos Humanos (ACNUDH). Cientos de edificios residenciales se han quedado sin calefacción en un mes en el que las temperaturas han estado bajo cero.
Para mantener esta campaña de ataques intensivos contra las infraestructuras ucranianas, Moscú utilizó la moratoria temporal de los ataques a la infraestructura energética solicitada por Donald Trump para acumular drones y misiles para nuevos ataques masivos en la primera semana de febrero, con más de 400 proyectiles diarios. Un claro signo, a juicio de los analistas, de la determinación del Kremlin de maximizar el sufrimiento de los civiles ucranianos y su renuencia a desescalar la guerra o a avanzar seriamente en las negociaciones de paz.
Con el apoyo inicial de Irán, Rusia estableció una gran capacidad industrial para producir drones Shahed-136, reduciendo su coste de 200.000 dólares en 2022 a 70.000 en 2025. Esto le permitió fabricar 300-350 drones diarios y lanzar ataques nocturnos de más de 500 drones, mientras Ucrania solo podía producir alrededor de 100 drones al día, reflejando una clara asimetría industrial y operativa y la importancia crítica de la asistencia occidental.
Rusia ha sostenido su esfuerzo bélico en Ucrania gracias a una coalición de aliados que aportan capacidades clave sin conformar una alianza militar formal. Irán ha sido fundamental al transferir tecnología y conocimiento para la producción local de drones. Corea del Norte ha contribuido con miles de tropas, personal especializado y mano de obra. China, sin proveer armamento directamente, ha sido el principal sostén económico al absorber gran parte de las exportaciones energéticas rusas y ampliar la cooperación gasística, mientras mantiene una neutralidad diplomática favorable a Moscú. E India, aunque más ambigua, ha reforzado la economía de guerra rusa mediante la compra masiva de petróleo con descuento en medio de las sanciones internacionales, equilibrando sus intereses estratégicos entre Rusia y Occidente. La central nuclear de Zaporiyia, punto crítico en el inicio y final de la guerra.
El coste humano de la guerra: bajas militares y civiles
Las bajas militares rusas, pese a minimizarse en los balances y la narrativa del Kremlin, han sido el elemento más visible del coste de la guerra y continúan siendo el factor limitante de la ofensiva rusa.
Según el Estado Mayor ucraniano, las bajas rusas acumuladas alcanzaban a fecha de 18 de febrero los 1.256.080 efectivos, entre muertos y heridos. El Reino Unido, en un informe este mes de febrero, estimaba aproximadamente en 1.245.000 las bajas rusas desde la invasión, 40.000 en lo que va de 2026, lo que equivale a una tasa de fallecidos de más de 1.100 soldados al día. El think tank estadounidense CSIS subraya que Rusia ha sufrido más bajas que cualquier otra gran potencia en cualquier guerra desde la Segunda Guerra Mundial, y que, al ritmo actual, en primavera las bajas totales de Rusia y Ucrania podrían alcanzar los dos millones.
Las cifras precisas de bajas ucranianas han sido más esquivas, ya que el gobierno de Kiev no las comparte alegando motivos de seguridad nacional. Sin embargo, después de unas declaraciones de Donald Trump, el propio Zelenski reconoció alrededor de 46.000 militares ucranianos muertos y 380.000 heridos hasta mediados de febrero de 2025. Los cálculos del CSIS estiman las bajas ucranianas en unas 500.000-600.000 hasta diciembre, lo que significa una proporción de aproximadamente 1:2 o 1:2,5 respecto a las rusas.
Aunque se trate de una cifra menor que las rusas en términos absolutos, el impacto demográfico es significativo para un país de 44 millones de habitantes antes de la guerra y que ha vivido un gran éxodo migratorio.
Más de 56.000 víctimas civiles
Según el Alto Comisionado de la ONU para Derechos Humanos (ACNUDH), más de 56.000 civiles han resultado muertos o heridos desde el inicio del conflicto. Y 2025 ha sido el año con más civiles muertos desde 2022. Entre enero y diciembre del año pasado, el total de víctimas civiles, entre muertos y heridos, fue un 31% mayor que en el mismo período de 2024. Este incremento «no se debe solo a la intensificación del conflicto en el frente de batalla, sino al aumento del uso de armas de largo alcance que exponen a los civiles a riesgos mayores», explica la directora de la misión de vigilancia de la ONU para Ucrania, Danielle Bell, en un comunicado.
Los misiles y drones lanzados por el ejército ruso han causado el 39% de las víctimas civiles reportadas en enero de este año, afectando generalmente a centros urbanos alejados del frente. En las regiones del frente, los drones de corto alcance son la principal causa de bajas civiles, seguidos de los bombardeos de artillería y los lanzacohetes.
Millones de refugiados y desplazados ucranianos
La guerra en Ucrania también desencadenó la mayor crisis migratoria en Europa. En la actualidad, ha provocado el éxodo de 5,9 millones de ucranianos por todo el mundo, 5,3 millones de los cuales se encuentran en Europa, según cifras de ACNUR, la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados.
Además, hay otros 3,7 millones de desplazados internos dentro de Ucrania, según los últimos datos disponibles, sobre todo personas que han tenido que huir de las regiones orientales. La regiones de Donetsk (29%) y Járkov (18%) son las principales emisoras de personas desplazadas en Ucrania, si bien el 28% de los desplazados internos lo hicieron dentro de su óblast de residencia habitual. Por su parte, Dnipropetrovsk (15%) y de nuevo Járkov (12%) son los principales óblast receptores.
La mayoría de los desplazados son mujeres (casi dos millones, 59% del total, frente a 1,4 millones de hombres) y la mitad (el 48%, para ser exactos) son personas adultas en edad laboral, además de un 24% de menores y un 28% de mayores de 60 años.
Siete de cada diez (71%) llevan más de dos años en esta situación, y de hecho la mediana de duración del desplazamiento es de más de tres años (1.135 días). Además, uno de cada cinco hogares desplazados (20%) afirma que ya agotó todos sus ahorros o ya no pueden depender de la asistencia humanitaria (16%).
Y aunque llegase un eventual cese de hostilidades, las perspectivas de retorno en muchos casos son escasas debido al daño en infraestructuras y la inseguridad. Se estima que 1,4 millones de personas permanecerán desplazadas indefinidamente, de modo que Ucrania tendrá que gestionar soluciones duraderas para un cambio demográfico tan importante.