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En los comicios compiten partidos tradicionalistas con una amalgama de nuevas fuerzas políticas
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Casi la mitad de los votantes son jóvenes menores de 35 años en un país aún en construcción
Tras 18 meses de una transición turbulenta marcada por protestas masivas, violencia estatal, exilio de líderes históricos y la entrada en escena de nuevas fuerzas políticas, Bangladés celebra este jueves las primeras elecciones libres en casi 20 años.
Un hito histórico para un Estado con solo 54 años de existencia – se independizó de Pakistán en 1971 – controlado históricamente por una mayoría de gobiernos autoritarios, aún en vías de desarrollo y en pleno proceso de construcción nacional.
Y lo hace en medio de tensiones internas y transformaciones profundas que han llevado a una generación entera – la llamada Generación Z, los nacidos entre 1997 y 2012 – de las calles a las urnas, y a un mapa político nacional completamente reconfigurado.
«Como otros países del Asia meridional cerca del 50% de la población de Bangladés es mayormente joven», dice a RTVE Noticias, Inés Arco Escriche, investigadora de CIBOD, Centro de Información y Documentación Internacionales en Barcelona, especializada en Asia Oriental y política china. «Son la Gen Z, y parte de la de los Millennials (años 1981 a 1996), es decir, son los menores de 35 años quienes conforman el principal grupo demográfico. Sin embargo, y a pesar de su peso, sus necesidades no han sido representadas tradicionalmente por la política bangladesí», afirma la analista.
La Gen Z que logra elecciones libres
Ese descontento, afirma, se materializó en las movilizaciones iniciadas en 2024. «Empezaron con un reclamo muy concreto, exigiendo una mejora en el acceso a los trabajos. Eran universitarios que no venían de la élite política o económica, pero que habían conseguido una educación. Cuando el Ejército reprimió las protestas con violencia, sus demandas se ampliaron: ya no solo denunciaban la violencia o la corrupción, sino a todo un sistema que no les permitía crecer, que no les representaba», explica Arco Escriche.
Así, lo que empezó en julio de 2024 como una protesta estudiantil contra un sistema de cuotas laborales discriminatorio se convirtió rápidamente en una oleada de descontento social y político de escala nacional: la Revolución de Julio, liderada principalmente por jóvenes de la Generación Z. Enfrentamientos entre manifestantes y fuerzas de seguridad que dejaron centenares de muertos y miles de heridos, en una represión que provocó la indignación nacional.
Movilizaciones que se sustentaron en una organización digital innovadora, donde plataformas como Facebook, WhatsApp y TikTok funcionaron como espacios de coordinación, difusión y formación de identidad colectiva, dando a las protestas un alcance y una cohesión inéditas en el país asiático.
Una tecnología que sirvió como correa transmisora para unos jóvenes que lograron movilizar a todo un país no por utopías abstractas, sino por urgencias concretas: desempleo persistente, pobreza, desigualdad, frustración por promesas incumplidas y falta de perspectivas vitales. Una juventud cansada de años de estancamiento económico, falta de perspectivas y represión política.
En consecuencia, las elecciones de este 12 de febrero de 2026, descritas por analistas internacionales como las primeras en el mundo inspiradas enteramente por la Gen-Z, representan algo más que una contienda entre viejos partidos replegados y coaliciones emergentes.
Está en juego el futuro de una de las naciones más densamente pobladas del planeta (170 millones de habitantes comparten un territorio más pequeño que Grecia), una potencia textil y la cuna de una generación de jóvenes que ha sido ejemplo para otros coetáneos de Indonesia o Nepal.
Además, la cita con las urnas coincide con el referéndum sobre la recién consensuada Carta de Julio, una amplia reforma política de carácter integral promovida por las actuales autoridades de transición, lideradas por el Nobel de Economía Muhammad Yunus – el padre de los microcréditos – quien tras las protestas asumió la tarea de estabilizar el país y preparar el camino para unas elecciones que pudieran marcar un nuevo comienzo democrático.
Un campo electoral marcado por tensiones
En este contexto, la campaña electoral no se ha limitado a debates tradicionales. También, se ha librado una intensa guerra de información, con proliferación de bots, desinformación y contenidos manipulados para influir en la opinión pública, tanto interna como desde el exterior.
Tanto es así que organizaciones de derechos humanos y minorías religiosas han advertido sobre episodios de violencia, discriminación y amenazas a la seguridad de comunidades vulnerables, particularmente la minoría hindú (la población bangladesí es mayoritariamente musulmana), lo que suma capas de incertidumbre a una jornada electoral que ya de por sí es crucial para la estabilidad nacional.
Así las cosas, las redes sociales, claves para la Gen-Z, se han convertido en un campo de batalla crucial para moldear narrativas, polarizar electorados y disputar el control de la percepción pública en un país donde buena parte de sus habitantes ya crecieron entre ordenadores y pantallas.
Además, factores económicos como la inflación persistente (8,58 % en enero de 2026), la necesidad de empleo para una población joven y activa, y las reformas institucionales pendientes han sido los temas dominantes en los debates electorales.
«La cuestión de género también es muy relevante en Bangladés, aunque a menudo lo olvidemos desde nuestra perspectiva», puntualiza Inés Arco Escriche, de CIBOD. «Dentro de Asia ha sido uno de los países con más programas para incentivar la participación de las mujeres en política, aunque algunas de ellas también lo hayan hecho de forma autoritaria», remarca.
La investigadora se refiere a Sheikh Hasina, dos veces primera ministra de Bangladés – la última desde 2009 hasta 2024 – y cuya imagen empezó a debilitarse en su segundo mandato bajo acusaciones de deriva autoritaria y corrupción.
Así, en agosto 2024 y tras las protestas de la Generación Z, Hasina terminó renunciando y exiliándose en la India. Mientras, el Parlamento se disolvía y se instauraba el gobierno interino liderado por el Premio Nobel, Muhammad Yunus. Ya no había marcha atrás. Bangladés acababa de iniciar una nueva andadura.
El pragmatismo de islamistas y progresistas
Una de las principales conclusiones de un análisis reciente del prestigioso think tank de Chatham House es que estas elecciones revelan un panorama político profundamente dividido y bajo la hegemonía de dos fuerzas tradicionales: la Liga Awami de la exiliada Hasina, oficialmente prohibida en estas elecciones bajo la legislación antiterrorismo y el Partido Nacionalista de Bangladés (BNP), liderado por Tarique Rahman, que regresó del exilio y se perfila como el principal contendiente para liderar el próximo gobierno, proponiendo reformas institucionales, impulso económico y lucha contra la corrupción.
En este escenario también han emergido nuevos actores y coaliciones, como la que aglutina a 11 partidos distintos, encabezada por el islamista Jamaat-e-Islami (JIP) y el surgido después de la revolución Partido Ciudadano Nacional (NCP), con una base electoral que, en muchos casos, se ha nutrido de votantes jóvenes y formados, atraídos por las promesas de reformas.
«Esta alianza puede resultar extraña, pero hay un componente de pragmatismo importante», explica Inés Arco Escriche. «Una de las grandes preocupaciones del movimiento nacido de las protestas es que no tienen ningún tipo de experiencia en la gestión política, algo que sí tienen los islamistas. Son pragmáticos. Presentan importantes diferencias, pero se unen porque ambos tienen la voluntad de acabar con la corrupción, la necesidad de justicia, etc», apunta.
Un ejemplo, dice la analista, que muestra cómo pueden existir alianzas puntuales entre corrientes reformistas, formadas por jóvenes activistas y partidos de base conservadora, si el objetivo es común: sobrevivir políticamente aún cuando no existan afinidades ideológicas claras, en un país fragmentado, pero necesitado de profundas transformaciones.
La profesora de Relaciones Internacionales de la Universidad de Navarra, Shahana Thankachan, de origen hindú, se muestra más escéptica. «Si bien las protestas de la Generación Z desempeñaron un papel central en la agitación política de 2024, se espera que el Partido Nacional Ciudadano, surgido del movimiento, solo desempeñe un papel secundario dentro la coalición dominada por Jamaat-e-Islami (JIP)», dice a RTVE.es.
Thankachan le da más opciones al Partido Nacionalista de Bangladés (BNP) de Tarique Rahman, una fuerza política de centroderecha, señalada en el pasado por corrupción o violencia policial y aliada histórica del JIP frente a la Liga Awami, de la desterrada exprimera ministra, Sheikh Hasina. «En el contexto actual, es probable que estos partidos definan el espectro político dominante, lo que indica un giro hacia la derecha en el país y no necesariamente un cambio estructural profundo de la política bangladesí», apunta.
Para la profesora el resultado de los comicios también determinará el papel de Bangladés en el Asia Meridional. «Tanto el BNP como Jamaat-e-Islami han mantenido históricamente posiciones más favorables hacia Pakistán y China, que hacia la India. Por lo tanto, también podría haber implicaciones significativas para la geopolítica regional», apostilla.
Un momento decisivo
Más allá del resultado – que podría llevar al BNP, a la coalición islamista o a combinaciones inesperadas – lo que está en juego este jueves es el rumbo democrático del país. Estas elecciones, las primeras en mucho tiempo con condiciones que se consideran relativamente libres de acuerdo a los estándares internacionales, constituyen una verdadera prueba para la capacidad de Bangladés de transitar de una política de dominación hegemónica a un sistema plural y democrático.
Si bien la movilización juvenil ha sido el factor que desencadenó el cambio, su influencia en el futuro político dependerá de si logra consolidarse no solo como fuerza de protesta, sino como actor institucionalizado que transforma demandas en políticas públicas estables.
El desafío será, en buena medida, convertir la energía de la revolución en una participación política continua, que sustente la nueva etapa democrática de un país que, si bien ha logrado reducir significativamente la pobreza en las últimas décadas, enfrenta importantes retos: densidad demográfica, una vulnerabilidad climática extrema y la urgencia de generar empleo y fortalecer un Estado de derecho aún en construcción.

