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25 años después de los atentados, la guerra contra el terrorismo ya no es el eje de la política internacional
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Las consecuencias persisten, desde la arquitectura mundial de seguridad hasta el nuevo equilibrio en Oriente Medio
Ni el ascenso de China, ni el regreso de Rusia, ni la multipolaridad han sido una consecuencia directa del 11S; tampoco la crisis de las democracias, la revolución tecnológica o el cambio climático. Pero los atentados sí modificaron profundamente el rumbo de Estados Unidos y el contexto en el que esas transformaciones se produjeron. No crearon el mundo de 2026, pero cambiaron, sin duda, el camino hasta él. En septiembre de 2001, Estados Unidos parecía encontrarse en el momento culminante de su poder. La Unión Soviética había desaparecido una década antes, Washington no tenía un rival capaz de disputarle la primacía militar y económica y la globalización parecía avanzar bajo reglas diseñadas, en buena medida, por Occidente.
China crecía, pero todavía no era la potencia que hoy desafía abiertamente a Estados Unidos. Rusia estaba debilitada y trataba de recuperar estabilidad después del trauma de los años noventa. Europa confiaba en que la ampliación de la Unión Europea y de la OTAN extendería hacia el este el orden liberal que había triunfado con el final de la Guerra Fría.
Veinticinco años después, el contraste es significativo
El terrorismo yihadista continúa existiendo, incluso se ha extendido a más lugares, pero ya no determina la política mundial. Afganistán ha dejado de ser el centro de la estrategia estadounidense. El califato territorial del autodenominado Estado Islámico desapareció. Al Qaeda está muy lejos de la posición que ocupaba en 2001. La gran competición estratégica vuelve a ser entre Estados y, sobre todo, entre grandes potencias y no entre Estados y actores no estatales. China es el principal competidor de Estados Unidos. Rusia ha regresado como potencia militar y revisionista. Europa vuelve a pensar en términos de guerra y defensa. La tecnología, la inteligencia artificial, el cambio climático y la transformación económica mundial ocupan un espacio que en 2001 apenas podía imaginarse.
La cuestión que se plantea un cuarto de siglo después es hasta dónde han sido los cambios consecuencia del 11S y qué parte de lo que hoy llamamos orden internacional habría ocurrido igualmente. Sin duda, algunas de las transformaciones más profundas nacieron directamente de aquel día. Otras fueron consecuencia de las decisiones adoptadas por Washington. Y otras, probablemente las más importantes para explicar el mundo de 2026, ya estaban en marcha y habrían ocurrido de todas formas. El 11S fue simultáneamente demasiado importante para reducirlo a un episodio de la historia estadounidense y demasiado limitado para convertirlo en la explicación de todo lo ocurrido desde entonces.
En 2001, la pregunta estratégica que dominaba Washington era cómo responder a una organización terrorista que había conseguido golpear el corazón de la primera potencia mundial. Durante casi dos décadas, la lucha contra el terrorismo condicionó presupuestos, servicios de inteligencia, alianzas, despliegues militares, legislación, cooperación internacional y prioridades diplomáticas; y Estados Unidos libró la guerra más larga de su historia que se saldó con un fracaso y su retirada de Afganistán.
En 2026, la competencia entre grandes potencias vuelve a estar en el centro de la estrategia estadounidense. China ocupa el primer lugar como desafío sistémico; Rusia continúa siendo una amenaza militar; y los conflictos regionales se leen cada vez más en función de las relaciones entre Estados. Estados Unidos ha desarrollado capacidades extraordinarias para combatir el terrorismo, pero ahora afronta un paisaje de amenazas mucho más diversificado, en el que aparecen drones, redes sociales, radicalización digital y actores violentos de procedencias distintas. En lo que resulta una ironía histórica, la guerra que comenzó para impedir que una organización terrorista alterase el orden internacional terminó ocupando buena parte de la política exterior estadounidense durante dos décadas, mientras el mundo que acabaría definiendo el siglo XXI se estaba formando en otro lugar.
Afganistán e Irak, dos guerras que marcan una época
Michael Cox, profesor emérito de Relaciones Internacionales de la London School of Economics, es contundente en su valoración: «El 11S cambió al propio Estados Unidos, y no para mejor». Pero matiza que no fue tanto el atentado el que produjo los efectos posteriores sino la manera en que Estados Unidos decidió responder. En 2001, Washington se veía como la potencia indispensable de un orden internacional que había demostrado su superioridad con el final de la Guerra Fría. Pero ese 11 de septiembre introdujo un elemento inesperado: la vulnerabilidad. La potencia militarmente dominante fue atacada en su interior por una organización sin territorio, sin ejército convencional y con unos recursos infinitamente inferiores a los de cualquier Estado.
La respuesta estadounidense consistió en ampliar extraordinariamente la capacidad del Estado para detectar, perseguir y neutralizar amenazas. Se reorganizaron los servicios de seguridad, se multiplicó el intercambio de información, se transformaron los controles fronterizos y aeroportuarios, se desarrollaron nuevas capacidades de vigilancia y se expandió el uso de operaciones especiales y drones. Una parte de esa transformación sigue plenamente vigente. La arquitectura internacional de seguridad e inteligencia es probablemente la herencia más sólida del 11S.
Afganistán sí estaba directamente relacionado con el 11S. Al Qaeda estaba allí, protegida por los talibanes, y la intervención estadounidense fue una respuesta directa al ataque. Irak fue diferente y provocó un cambio real y duradero en Oriente Medio. No había una conexión inevitable entre los atentados y la invasión de 2003. Pero la historia posterior del mundo estuvo profundamente condicionada por aquella decisión. La invasión de Irak destruyó el régimen de Sadam Husein, pero también desmanteló instituciones estatales y creó un vacío de poder que acabó alimentando una violencia sectaria devastadora. De ese entorno surgió Al Qaeda en Irak y, posteriormente, el autodenominado Estado Islámico. Emma Sky, que trabajó en Irak y dirige el International Leadership Center de Yale, es especialmente crítica con la respuesta estadounidense, sobre todo con la invasión de Irak sin autorización del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. «En su respuesta a los atentados del 11 de septiembre, Estados Unidos socavó el orden internacional basado en normas», reglas que Washington había contribuido a establecer tras la Segunda Guerra Mundial. El problema no fue solamente jurídico o diplomático. Fue geopolítico.
Las guerras contra el terrorismo
Estados Unidos había construido buena parte de su poder internacional sobre la idea de que sus alianzas, instituciones y reglas eran una extensión de su propia legitimidad. Irak mostró que el poder militar podía utilizarse para derribar un régimen, pero que la reconstrucción política de un Estado era infinitamente más compleja. El resultado fue una pérdida de confianza en el modelo de intervención occidental. Y esa pérdida de confianza no terminó con la retirada de Irak ni con la salida de Afganistán.
Afganistán es el caso que mejor resume el ciclo completo. En octubre de 2001, Estados Unidos intervino para destruir la infraestructura de Al Qaeda y expulsar del poder a los talibanes. Veinte años después, abandonó el país y los talibanes regresaron a Kabul. La intervención había conseguido destruir buena parte de la estructura original de Al Qaeda y había permitido avances importantes en educación, derechos de las mujeres y oportunidades económicas. Pero no consiguió construir un Estado afgano capaz de sobrevivir sin el apoyo militar occidental. La experiencia convenció a Washington y a buena parte de Europa de que las intervenciones militares prolongadas y los proyectos de reconstrucción nacional tenían costes políticos, económicos y humanos que podían superar ampliamente sus beneficios. El concepto de nation-building quedó desacreditado.
En 2026, Estados Unidos puede seguir interviniendo militarmente, pero la idea de desplegar durante veinte años enormes contingentes terrestres para reconstruir sociedades enteras resulta mucho menos aceptable que en 2001. Esa es una transformación geopolítica directamente relacionada con el 11S, porque la experiencia de Afganistán y de Irak cambió la percepción occidental de los límites de la fuerza.
Oriente Medio es donde el 11S dejó la huella más profunda
Si existe una región en la que resulta imposible contar la historia de los últimos 25 años sin el 11S en un lugar central, es Oriente Medio. Fuera de esa región, los efectos fueron más limitados: procesos ya existentes fueron acelerados, retrasados o intensificados, pero pocas cosas cambiaron desde la raíz. Irak modificó el equilibrio regional. La desaparición de Sadam eliminó a uno de los principales adversarios de Irán y permitió que fuerzas políticas chiíes, próximas a Teherán, adquirieran una influencia decisiva en el nuevo Irak. Irán ganó espacio estratégico.
La guerra alimentó una reacción sectaria que favoreció el crecimiento de Al Qaeda en Irak. Después, la guerra civil siria permitió que el Dáesh se expandiera a ambos lados de la frontera entre Irak y Siria. La consecuencia fue una cadena de acontecimientos que difícilmente puede separarse de la decisión estadounidense de 2003. La destrucción del Estado iraquí aumentó la influencia chií e iraní, intensificó el conflicto entre bloques suníes y chiíes, la guerra siria terminó favoreciendo el regreso de Rusia a Oriente Medio.
El 11S no inventó las rivalidades entre suníes y chiíes, ni las tensiones en Irak antes de 2003. Pero la intervención estadounidense modificó radicalmente el contexto en el que esas tensiones se desarrollaron. El nacimiento del autodenominado Estado Islámico fue una consecuencia indirecta, pero decisiva. Al Qaeda pretendía provocar una reacción estadounidense que terminara movilizando a los musulmanes contra Occidente. No consiguió su objetivo, pero la guerra de Irak generó unas condiciones que permitieron a una nueva generación yihadista desarrollar una estrategia diferente. El Daesh no quería solo golpear a Occidente, quería conquistar territorio, destruir fronteras y construir un Estado. Y, durante unos años, lo consiguió.
Farah Pandith, investigadora de Harvard Kennedy School, asegura que las consecuencias del 11S fueron mucho más allá de la evolución del terrorismo. Para ella, los atentados modificaron cuestiones de identidad y pertenencia y provocaron una nueva mirada sobre la población musulmana mundial. Su afirmación es importante porque desplaza la mirada de los Estados y los ejércitos hacia las sociedades. Porque el 11S no solo produjo guerras, sino también una nueva manera de hablar de seguridad, religión, integración, inmigración y pertenencia. La cuestión musulmana pasó a formar parte de la política interior de numerosos países occidentales de una manera distinta. Y esa dimensión social acabó teniendo consecuencias políticas.
Del miedo al terrorismo a la crisis de confianza
La guerra contra el terrorismo coincidió con otras grandes transformaciones que no fueron provocadas por el 11S: la crisis financiera de 2008, el aumento de la desigualdad, la globalización, la revolución de Internet, la migración y la transformación de los medios de comunicación. Sería un error atribuir al atentado el origen de todo el populismo occidental. Pero también sería un error ignorar el efecto acumulativo de las guerras. Michael Cox vincula la guerra de Irak con una pérdida de confianza en la competencia de los gobiernos. En el Reino Unido, la decisión de Tony Blair de apoyar a George W. Bush dañó profundamente su reputación. En Estados Unidos ocurrió algo similar: el fracaso de Irak alimentó la desconfianza hacia las élites que habían defendido la guerra.
Esa desconfianza se sumó después a la crisis financiera. Emma Sky resume el proceso recordando que la pérdida de confianza en la globalización y en las élites políticas se alimentó tanto de los fracasos económicos como de las guerras, los atentados y la llegada de refugiados a Europa. Y establece un diagnóstico que entonces parecía impensable: «La democracia ya no avanza». No se puede decir que el 11S provocara por sí solo el retroceso democrático. Las causas fueron mucho más profundas. Pero sí contribuyó a erosionar la autoridad moral de Occidente. No hay que olvidar que el poder internacional depende también de la capacidad de convencer a otros países de que el sistema que se defiende es legítimo e Irak dañó esa capacidad. Guantánamo, las cárceles secretas, las denuncias de torturas, Abu Ghraib y las políticas de vigilancia añadieron otra capa al problema. La lucha contra el terrorismo empezó a plantear una tensión permanente entre seguridad y libertades que continúa un cuarto de siglo después.
Mientras Occidente miraba al terrorismo, China seguía creciendo y Rusia regresó
Aquí aparece probablemente la consecuencia geopolítica indirecta más importante. China no ascendió gracias al 11S. Su transformación había comenzado mucho antes. Las reformas económicas, la apertura al exterior, la inversión extranjera, el crecimiento de las exportaciones y su entrada en la Organización Mundial del Comercio en 2001 ya habían puesto en marcha una dinámica extraordinaria. Pero los atentados de septiembre de 2001 modificaron el entorno estratégico en el que esa transformación se produjo. Yun Sun, investigadora del Stimson Center, lo define así: «El 11S supuso lo que Pekín definió como una ventana de oportunidad estratégica para desarrollar su poderío».
Durante casi una década, Estados Unidos concentró una parte enorme de sus recursos políticos, militares y económicos en Afganistán e Irak. China aprovechó ese tiempo. No necesitó que Estados Unidos desapareciera del escenario. Le bastó con que Washington estuviera mirando prioritariamente hacia otro lado. Sin embargo, George W. Bush había llegado a la Casa Blanca en 2001 considerando a China un competidor estratégico. Sin el 11S, es posible que la rivalidad se hubiera intensificado antes. El analista británico Anatol Lieven calcula que la implicación estadounidense en Irak y Afganistán retrasó aproximadamente una década el giro hacia Asia que terminaría cristalizando con el Pivot to Asia (Orientación hacia Asia) de Barack Obama. Eso no significa que China hubiera seguido siendo una potencia secundaria de no haberse producido el atentado. Probablemente, habría llegado igualmente al lugar que ocupa hoy. La diferencia está en el calendario.
Y en geopolítica, diez años pueden ser decisivos. Yun Sun llega a una conclusión semejante: el 11S no cambió el rumbo fundamental de China, pero sí alteró el entorno en el que China avanzó. Y señala que el ascenso chino habría ocurrido igualmente, aunque la distracción estadounidense contribuyó a acelerar el desplazamiento relativo del poder. China no es una criatura geopolítica del 11S, pero el convertirse en superpotencia sí estuvo parcialmente condicionado por esos atentados.
La vuelta de Rusia tampoco se debe al 11S. Vladimir Putin llegó al poder en el 2000 con el objetivo de reconstruir la capacidad del Estado ruso y recuperar parte de la influencia perdida tras la desaparición de la Unión Soviética. Ese proceso tenía causas propias. La guerra de Chechenia, la recuperación económica impulsada por los hidrocarburos, la centralización del poder y la voluntad de recuperar una esfera de influencia regional precedieron al 11S. El atentado no fue el que provocó el regreso de Rusia. Pero sí modificó las circunstancias.
En los primeros meses posteriores al ataque, Moscú y Washington incluso encontraron un terreno de cooperación. Rusia podía presentar su propia lucha contra el terrorismo en Chechenia como parte de la guerra global contra el terrorismo. La cooperación duró poco.
La expansión de la OTAN, la retirada estadounidense del tratado ABM, Irak y posteriormente las disputas sobre Georgia, Ucrania y el espacio postsoviético terminaron alejando a ambos países. La intervención rusa en Siria en 2015 fue otro paso decisivo: Moscú volvió militarmente a Oriente Medio y se convirtió en un actor indispensable en la guerra siria. La cadena que conecta Irak, Siria y Rusia no significa que Putin actuara por efecto del 11S, pero sí que la política estadounidense posterior al atentado abrió oportunidades que Rusia supo aprovechar.
Para Andrew Bacevich, profesor emérito de Boston University, los atentados destruyeron las ilusiones estadounidenses de primacía absoluta y la respuesta militar de Washington aceleró la transición hacia un sistema multipolar. «El uso indebido del poder militar por parte de Washington ha acelerado el surgimiento de un orden multipolar», sentencia. La multipolaridad no fue creada por el 11S porque la distribución del poder mundial ya estaba cambiando. China crecía. India aumentaba su peso. La economía mundial se desplazaba hacia Asia. Rusia buscaba recuperar influencia. Las potencias regionales adquirían mayor autonomía. Lo que hizo el 11S fue acelerar determinadas partes de ese proceso.
Estados Unidos gastó enormes cantidades de dinero, energía política y capital diplomático en dos guerras prolongadas. Mientras tanto, otras potencias acumulaban recursos y margen de maniobra. El resultado no fue que Estados Unidos dejara de ser una superpotencia. Sigue siendo una de las mayores potencias militares, económicas y tecnológicas del planeta. Lo que cambió fue su posición relativa. Y esa es quizá la mejor manera de describir el legado geopolítico del 11S.
¿Qué cambió entonces el 11S?
Cambió directamente a Estados Unidos. Cambió de manera importante a sus aliados occidentales. Cambió profundamente Oriente Medio. Cambió la relación entre seguridad y libertades. Cambió las formas de cooperación internacional contra el terrorismo. Cambió la percepción occidental de las intervenciones militares. Pero no creó las grandes tendencias estructurales que hoy definen el sistema internacional. China habría crecido. Asia habría ganado peso. La globalización habría generado ganadores y perdedores. Internet habría transformado las sociedades. La inteligencia artificial habría llegado. La crisis financiera de 2008 habría ocurrido. El cambio climático habría continuado. Y las democracias occidentales habrían afrontado problemas internos incluso sin el 11S.
Pero decir que no cambió todo no significa que cambiara poco. Después del 11S, el miedo al terrorismo pasó a formar parte de la vida cotidiana. Las sociedades occidentales empezaron a mirar de otra manera a determinadas comunidades musulmanas. Las políticas de inmigración y seguridad se endurecieron. La cuestión de la integración adquirió una dimensión securitaria. La población musulmana mundial quedó sometida a un nivel de escrutinio que antes no existía. Es una consecuencia difícil de medir en términos de poder nacional, pero no por ello menos geopolítica. Porque las relaciones internacionales también se construyen a partir de percepciones. El relato de Al Qaeda según el cual Occidente estaba en guerra con el islam sobrevivió a la derrota de Al Qaeda como organización capaz de repetir un ataque como el de 2001. Y fue aprovechado por organizaciones posteriores. La paradoja es evidente: la guerra contra el terrorismo consiguió destruir buena parte de las capacidades de las organizaciones que habían inspirado aquella guerra, pero no consiguió eliminar todas las narrativas que las alimentaban.
Para Europa, la experiencia fue distinta a la estadounidense. Los países europeos participaron en la guerra contra el terrorismo, compartieron inteligencia y reforzaron sus sistemas de seguridad. La OTAN invocó por primera vez en su historia el artículo 5 después del ataque. E Irak produjo una fractura profunda entre aliados. La guerra dividió a Europa y dañó la relación transatlántica. España y Reino Unido, entre otros países, participaron en la coalición, mientras Francia y Alemania se opusieron a la invasión. El coste político fue considerable. Además, Europa sufrió posteriormente una oleada de atentados yihadistas. Madrid, Londres, París, Bruselas, Niza y otras ciudades experimentaron la violencia de una amenaza que Estados Unidos consiguió contener en su territorio con mayor eficacia. Y se sumó la cuestión migratoria con la llegada de refugiados de Siria y de otros conflictos que alimentaron movimientos políticos contrarios a la inmigración. En Reino Unido, la inmigración y la recuperación del control de las fronteras se convirtieron en uno de los argumentos centrales del Brexit.
La gran paradoja ha sido que la guerra terminó, pero sus instrumentos permanecieron. Hay algo especialmente revelador en la comparación entre 2001 y 2026. La guerra contra el terrorismo ha perdido centralidad. Pero las herramientas creadas para librarla no han desaparecido. La vigilancia electrónica, el análisis masivo de datos, la cooperación entre agencias, el control financiero, los drones, las operaciones especiales y los sistemas de seguridad fronteriza forman ahora parte permanente del aparato de seguridad de los Estados. El resultado es que el mundo de 2026 ya no está organizado alrededor de Al Qaeda, pero conserva una parte importante de la infraestructura construida para combatirla.
También cambió la idea occidental de la guerra. En 2001, Estados Unidos confiaba profundamente en su capacidad para proyectar fuerza. En 2026, la experiencia de Afganistán e Irak ha introducido una cautela que probablemente permanecerá durante mucho tiempo. Eso no significa que Occidente haya dejado de utilizar la fuerza. La guerra de Ucrania ha demostrado precisamente lo contrario. Pero sí ha cambiado la idea de que una potencia exterior puede transformar fácilmente un país mediante una combinación de superioridad militar, ocupación y reconstrucción institucional. La experiencia del nation-building dejó una cicatriz. Y esa cicatriz también forma parte del legado geopolítico del 11S.
El mundo que nació el 11S ya ha concluido; tenía un enemigo no estatal en el centro de la agenda y una superpotencia indiscutible. El mundo de 2026 tiene varios centros de poder y una competición entre grandes Estados. Entre ambos momentos hay una paradoja histórica. Estados Unidos inició la guerra contra el terrorismo para defender el orden que había construido después de la Guerra Fría. Pero las guerras emprendidas en nombre de esa defensa contribuyeron a acelerar algunas de las transformaciones que terminaron debilitando su posición relativa. El 11S no creó el siglo XXI, pero cambió una parte decisiva de su trayectoria. La era geopolítica creada por el 11S ya terminó. Su huella, no.



