Elecciones 4-M en la Comunidad de Madrid: largas colas en la apertura de los colegios

Más de cinco millones de madrileños llamados a las urnas en las elecciones de la polarización

El 43% de los censados en Madrid no han nacido en esta comunidad, una de las particularidades de esta arena electoral

Analizamos uno a uno a los candidatos con la voz de tres expertos

Cadena Ser

Los 1.084 colegios electorales de la Comunidad de Madrid han abierto sus puertas a las nueve de la mañana para recibir a los votantes que participen en los comicios autonómicos, con una franja horaria destinada a las personas mayores y otra a las personas con coronavirus o sospecha de tenerlo. Un total de 5.112.658 personas están llamadas a votar, de las que 4.783.528 residen en la Comunidad de Madrid y son las que podrían hacerlo presencialmente en la región, aunque 259.411 han solicitado el voto por correo, cifra que supone un incremento del 41% respecto a las elecciones autonómicas y municipales de 2019. Los colegios estarán abiertos hasta las ocho de la tarde, pero la Comunidad de Madrid recomienda que acudan a votar en la franja de 10:00 a 12:00 horas los mayores de 65 años o que presenten alguna discapacidad y, en su caso, sus cuidadores. En el caso de las personas con coronavirus o sospecha de tenerlo, la recomendación es que vayan de 19:00 a 20:00 horas.

Madrid afronta este martes una cita electoral de carácter extraordinario, unas urnas convocadas con un poder de decisión que, aunque responde al mecanismo habitual y sano de la democracia, parece superar al de otras ocasiones. Una jornada electoral que encierra cierto poder fundacional, como si fueran otros tiempos. Más de cinco millones de madrileños están llamados a votar en un día laborable, un martes, en medio de una pandemia y para un mandato de solo dos años. Todas características excepcionales. Pero estas son, además, las primeras elecciones en nuestro país de las que podría salir, sin intentos de moción de censura mediante, un gobierno con presencia de la derecha ultra. Las primeras con un asiento en un Ejecutivo para Vox, dado que la consejera murciana que ocupa Educación fue expulsada de la formación. De aquí nace la retórica de resistencia que ha lanzado parte de la izquierda en la campaña y de esta misma raíz, la esperanza de Pablo Casado de convertir Madrid en su primera victoria electoral desde que manda en el PP y lograr venderla como el proyecto de reunificación de la derecha.

La Comunidad elige los 139 escaños de su Asamblea pertrechada de un dispositivo de seguridad propio de las grandes batallas contra el terrorismo y con unas indicaciones de franjas horarias inéditas. Además, todos los trabajadores dispondrán  de un permiso de cuatro horas para acudir a votar por ser jornada laborable. La rareza de la convocatoria alcanza así lo político, lo discursivo, lo sanitario, lo laboral.

Las solicitudes del voto por correo han crecido en estos comicios un 41% con respecto a los anteriores, en mayo de 2019. Los sondeos apuntan a una alta participación, aunque en el traslado de la demoscopia, que se hace por teléfono, a los colegios electorales, esta todavía podría resentirse por el temor al COVID. Hay 20 candidaturas por las que votar y 96 millones de papeletas impresas, pero son seis las fuerzas que concentran todas las posibilidades para entrar en la cámara de representantes.

Por primera vez, la política madrileña discute sobre la esencia de la comunidad y es el PP de Ayuso quien más agita esta idea. Entre las particularidades de esta comunidad autónoma, más allá de las que reivindica la candidata a la reelección Díaz Ayuso, se encuentra una puramente demográfica, estadística. Madrid cuenta con una población foránea de difícil comparación con otros territorios del país. El 43% de quienes están censados en en esta región no han nacido en ella, según datos del INE, y un porcentaje probablemente elevado de quienes residen aquí no están censados en esta comunidad, sino en aquella de la que proceden. Con estas reglas, la izquierda afronta el partido pidiendo la movilización de los territorios humildes. La derecha confía en el empuje de un PP aupado por las encuestas.

Ángel Gabilondo: a intentar mover el margen estrecho

Gabilondo, el profesor de metafísica, el catedrático y rector, el exfraile que escribió un catecismo en su juventud, perseguidor del entendimiento, entró en la campaña más polarizada posible con el pie cambiado. «Ha ido de menos a más. En la primera fase de la campaña estaba incómodo y muy atado», opina el profesor de Ciencia Política, Javier Lorente. «Está intentando jugar a lo que yo creo que se debería jugar» en política, matiza el también profesor de la Universidad Autónoma de Madrid y del King’s College, José Rama.

Gabilondo pasó del ‘no’ a Iglesias, buscando representar el espacio de la moderación, al discurso del deber tras los sucedido en los debates. Los expertos consultados coinciden en que los alegatos sobre democracia y valores que Gabilondo reactivó tras el debate de la SER sientan mejor al candidato socialista, cuya campaña vino proyectada desde Moncloa. Desde entonces le han visto crecer, pero no saben si lo suficiente ni si ha sido a tiempo. La imagen de la decencia, con un perfil de buen gestor se enfrenta a los tiempos del ‘trumpismo’. La idea de la responsabilidad y el deber se contrapone a la de una derecha que ha apostado por la relajación. «Es más difícil vender como ilusionante» el discurso de la responsabilidad. El profesor sigue creyendo en hacer lo correcto porque es lo mejor.

Las encuestas publicadas dibujan una caída del PSOE en beneficio de Más Madrid. Él y su equipo sostienen que la Comunidad de Madrid siempre se decide por apenas unos escaños y que en un margen de 50.000 votos está una victoria posible de la izquierda.

Isabel Díaz Ayuso: la libertad desconcertante que ilusiona e inquieta en el PP

Isabel Díaz Ayuso, a quien han perseguido sus oraciones extrañas y su currículum como, entre otras cosas, voz del perro de Esperanza Aguirre en Twitter, doblará sus resultados en Madrid. Así será salvo descalabro absoluto de la demoscopia, que no la coloca en la mayoría absoluta que reclama, pero sí más cerca de ella de lo que su partido podía soñar siquiera en 2019, cuando se presentó por primera vez. Entonces perdió en escaños frente a Gabilondo, pero selló un gobierno con Ciudadanos y el apoyo externo de Vox.

Su figura genera en el PP sensaciones encontradas. Pareció convocar las elecciones por libre, ha actuado siempre como si perteneciera a un partido distinto al de Feijóo o Mañueco, ha desafiado al Gobierno central con más presencia que Casado. Y sin embargo, estos recelos se enfrentan a la posibilidad del PP de mejorar sus resultados electorales por primera vez desde que Pablo Casado es su presidente. El modelo libertario que muchos atribuyen a Miguel Ángel Rodríguez ha ido calando en un escenario que ha rozado a veces la violencia en lo verbal.

Ayuso representa un «estereotipo» del PP que en otras ocasiones ha impulsado Rodríguez, opina Irene Sanchez-Vitores, investigadora del Instituto Juan de la Cierva. Sanchez-Vitores la compara con Isabel Tocino o Esperanza Aguirre. Con sus peculiares formas parece haber logrado absorber casi todo el voto del que fue su socio, Ciudadanos. «Es un milagro de la comunicación política», dice de ella Lorente, alguien que ha logrado imponer de qué se hablaba. «Ha sido capaz de marcar la agenda de los otros oponente y los medios y quien establece las reglas del juego, sobre qué se habla y en qué marco» tiene mucho ganado, añade Rama. Sin propuestas, pero con un discurso dicotómico, Díaz Ayuso ha ido creciendo en opciones de polémica en polémica.

Edmundo Bal y el barco difícil

El abogado del Estado que se enfrentó a los futbolistas defraudadores y a los corruptos del PP rema ahora como puede para que su partido no se hunda en el agitado mar electoral de Madrid. Desembarcó en la campaña tras la «puñalada», así la llamaban en la formación naranja, de Ayuso a Ciudadanos para sustituir a Ignacio Aguado; pero su estrategia no ha diferido demasiado de la del exvicepresidente regional.

Bal ha dejado claras sus intenciones de apoyar a Ayuso y hacer innecesario a Vox, pero jugar a centrar a Ayuso es una apuesta complicada, indican los politólogos consultados por la SER. «Es un buen candidato, con buena formación, centrado, pero está llegando a un barco que se está hundiendo» y que ha demostrado no ser un partido de centro por su incapacidad para alcanzar acuerdos fuera del bloque de la derecha, dice el doctor Rama. Ante sí, el desafío de obtener el 5% de los votos y que Ciudadanos no pase de un plumazo del Gobierno a la desaparición en Madrid.

Mónica García: de desconocida a revulsivo

Más Madrid reconocía tras elegir a su candidata que debían esforzarse en dar a conocer a una mujer médica cuya rotundidad expresiva no había llegado todavía a amplias capas de la población. Mónica García competía con Pablo Iglesias, un exvicepresidente del Gobierno que acudió al rescate de los suyos; Ángel Gabilondo, un exministro que repetía como candidato: Díaz Ayuso, un rostro inseparable de la oposición a Pedro Sánchez. Y allí, en medio, la mujer médica que ejercía como portavoz de Sanidad de su grupo.

Para la investigadora Sánchez-Vítores, esta condición de novedad le ha permitido parecer menos encorsetada que sus rivales. Gusta entre los expertos la elección de los mensajes de campaña en su partido en forma y fondo. «Están muy bien diseñados», «han tocado mejor el punto» de la campaña, afirman. Las esperanzas de Más Madrid beben de unas encuestas que les dan buena parte de un voto moderado que se escapa del PSOE. Rama cree que García ha actuado en algunos momentos como «gran líder del bloque de la izquierda» en sus confrontaciones con Ayuso y que si decisión de responder a Iglesias y hacerle frente en lugar de aceptar la candidatura conjunta la empezó a colocar en los medios.

El problema para Más Madrid «va a ser en la periferia: Fuenlabrada, Leganés, Pinto Getafe…» granero tradicional socialista, vaticina Lorente, que cree que en Madrid capital obtendrá mucho voto. García, en cualquier caso, a la espera de las papeletas ha obtenido ya en la campaña «un liderazgo de la oposición simbólico», remacha.

Rocío Monasterio: más a la derecha

«Dios no me hizo perfecta, por eso no soy de Vox», declaró con sorna Ayuso en 2019 en una respuesta a la candidata Monasterio. La altísima valoración que los votantes de Vox dan a la candidata del PP, mejor incluso que la de Monasterio, parece venir a desmentir aquella afirmación. Vox ha encendido la campaña en varias ocasiones con mensajes que han provocado denuncias de delitos de odio y con un coqueteo con la violencia que rechazó condenar sin ambages las amenazas de muerte para tildarlas después de montaje.

Es, indican los analistas, el resultado de la derechización de la derecha ultra. Monasterio radicalizada, aún más, ante el avance de Ayuso entre sus votantes. El extremos buscando diferenciarse por el extremo. «En el debate de Telemadrid se le ninguneó. Se entró poco al trapo con ella y simplemente se desmintieron sus mentiras», asegura Lorente. Así que desde los carteles contra los MENAS hasta su explosiva actuación en el debate de la SER provocando a Iglesias -«lárguese»-, Monasterio ha intentado crear los incentivos para votarla. «Aquí estoy yo y soy una derecha extrema y autoritaria», resume Lorente. Había que organizar una campaña contra un discurso asimilable por Vox, el de Ayuso, en muchos aspectos.

Frente a lo que normalmente pasa con la derecha populista radical, que depende de un único liderazgo fuerte, Vox no tiene solo una Marine Le Pen. Monasterio es su imagen en Madrid, pero su campaña ha advertido de la presencia de sus cabezas: Abascal, Ortega Smith, Espinosa de los Monteros. La derecha más radical puede encontrar en Madrid más poder que nunca en España desde la llegada de la democracia.

Pablo Iglesias: el jugador al rescate

Nadie se mueve en campaña como él, disfruta de los giros y los golpes sorpresa, sostienen los analistas. Su última jugada pareció otro de sus all-in, un apostarlo todo de nuevo. Todas sus fichas, las de vicepresidente del Gobierno de España, al servicio de una emergencia. Él aseguró que lo hacía para frenar a la ultraderecha. Otros creen que para salvar a su partido, cuyas esperanzas electorales llegaron tan tocadas como para que se temiera por su desaparición de la Asamblea madrileña, de la comunidad en que nació su partido.

Pablo Iglesias es para todos un agente activador de emociones, pero es difícil calibrar en qué sentido mayoritario. Concita amores profundos y rechazos vehementes, con tintes violentos. «Los insultos tan permanentes y hostiles como los que recibe Iglesias nunca los había visto» en democracia, dicen varios expertos. El efecto Iglesias moviliza también a sus detractores; pero ha servido, siempre según los sondeos, para que las expectativas de voto de su partido hayan crecido casi tres puntos desde su aterrizaje como candidato. No obstante, Madrid es, junto a Navarra, la comunidad en que «recibe peores valoraciones», indica Rama.

Si el bloque de izquierda suma para gobernar, podría cambiar un gobierno por otro, pero Gabilondo ya ha expresado sus reticencias. Si finalmente el PP vuelve a controlar la comunidad, el gran jugador de la política española habrá pasado de una vicepresidencia del Ejecutivo del Estado a ser un diputado regional en la oposición. «Él ha sido un producto televisivo», dice Lorente. Algo que le sirvió en un inicio y no parece hacerlo ahora. Iglesias juega quizá sus últimas cartas.

Con parte de la izquierda aceptando el marco dicotómico propuesto por Ayuso y luchando por volver a hacer de esta comunidad un símbolo de la resistencia, Madrid decide ya no si pasarán, sino cuánto lo harán y hasta dónde. Son las elecciones de la polarización y los bloques entre los que nadie es capaz de ejercer de visagra.