Tarde verde en Murcia por San Pedro

Fuente: La Verdad

La Cofradía de la Esperanza llena de devoción el Domingo de Ramos

Atesoran los tronos de esta Esperanza de palmas y antigua ropa de estreno cierto brillo cuando caminan al salir por la puerta estrecha de San Pedro hacia la ciudad. Es un destello antiguo, un resplandor con cierta solera huertana, como si los ecos de aquellos abuelos que se acercaban desde la huerta para sacar los pasos, como fornidos jornaleros que eran, aún retumbara en la pequeña plaza.

Los colores y los aromas, incluso el airecillo que suele levantarse en alguna esquina, son los mismos en cada tarde de Domingo de Ramos. Aunque ahora, eso sí, con más teléfonos móviles para inmortalizar la historia que se transforma en tradición a pie de calle. Y con más veladores entre las cien mil terrazas que se disputan las aceras.

Para muchos, la emoción es la misma cada año y la sorpresa asalta los sentidos en cualquier instante. Unas veces, al contemplar cómo el viento dota de vida a los estandartes de terciopelo y oro fino que bordaran en la murciana y desaparecida Casa Lucas. Otras, ante la salida de María Magdalena, el primer trono de Pasión del desfile, pues el que le precede es otra historia. O acaso en la representación que Hernández Navarro hiciera de Jesús en su entrada en Jerusalén, a lomos de un borrico, paso que despierta la curiosidad en muchos niños al descubrir sobre la tarima tan entrañable animal.

Y no es el único que atesora este desfile de túnicas verdes de esperanza de San Pedro, en cuyo paso, arrodillado el apóstol y arrepentido, desfiló ayer un nuevo y magnífico ejemplar de gallo junto a la talla que imaginara Salzillo en 1780.

La pintoresca nota emplumada, que tanta sorpresa causó a muchos niños, pronto dio paso al rigor en el caminar de un paso que cuenta en la ciudad con no pocos fieles. Es Jesús de la Penitencia, que así comenzaron a llamarle cuando se incorporó a este cortejo hace más de seis décadas, después de que en mayo de 1931 algunos descerebrados casi destrozaran esta espléndida obra de Baglietto.

Pero estas cosas ya nadie las comentaba. Las calles eran un hervidero de gentes cargadas de niños que llenaban la enorme carrera, colmada de la algarabía innanta de las procesiones murcianas, en las que se mezcla el desorden acompasado de los cofrades unas veces con la más absoluta seriedad. Eso sucede ante el paso del Cristo de la Esperanza.

Existe una antigua litografía donde la anterior imagen que se veneraba en San Pedro mostraba a sus pies un cadáver del que parecía salir el alma, si es que el autor no añadió esta representación por su cuenta. Pero lo cierto es que eso les sucede a muchos de los vivos que contemplan su paso: que se les sale el alma por la boca ante la belleza de la obra. Y entonces empiezan las discusiones sobre si es más hermosa esta talla que la Virgen de los Dolores, siendo ambas de Salzillo. Y ahí ya resulta imposible que unos y otros se pongan de acuerdo.

Da igual. La procesión se adentra en la ciudad como una ser vivo que se contrae y estira al ritmo de los golpes de los estantes sobre las tarimas de pino de Oregón dorada en plata corlada. «¿Y Oregón está en Murcia, nene?», pregunta un abuelo mientras devora, mal que bien porque los dientes no son lo que fueron, el tan inevitable como sabroso pastelico de carne. «¡Abuelo, por Dios!», suspira el nieto sin entender la ironía del anciano.

«No tiene manos»

Hubo un tiempo no tan lejano en que era este día propicio para estrenar atuendo, a menudo el único estreno que muchas familias podían permitirse al año, si es que acaso lograban estirar sus maltrechos bolsillos. «Domingo de Ramos, quien no estrena no tiene manos», reza el antiguo refrán. Porque quien no tenía empleo ni saber cosía poco podía innovar su vestuario.

Aún este domingo, a contracorriente, algunos murcianos anduvieron de punta en blanco con ropa flamante. La llegada de la primavera a bocajarro, como solo sucede en estas latitudes benditas, animó a los parroquianos a renovar su vestuario en estos días en que otros tantos renuevan sus anhelos nazarenos.