Los seis candidatos a presidir la Comisión Europea intentan acercar la Unión Europea a los ciudadanos

El  debate de hoy sobre el futuro del continente se ha centrado en empleo, fiscalidad y cambio climático

Nunca antes un debate para unas elecciones europeas generó tanta atención. Seis candidatos, seis partidos y el hemiciclo de la Eurocámara transformado en un plató gigante para un intercambio de hora y media retransmitido en directo por televisiones públicas de todo el continente. Un despliegue gigantesco para, sin embargo, un hecho intrascendente. La de la próxima semana es casi con total seguridad la cita más importante desde 1979, pero el intercambio que millones de espectadores han podido contemplar hoy es complicado que lleve a nadie con reservas a las urnas, que sirva para decidir o decantar un voto o para acercar Bruselas a 500 millones de personas.

Hay algo agridulce en estos debates comunitarios. Tenía todo lo que se reclama desde hace tiempo. Medios, publicidad, audiencia, candidatos preparados, que conocen y son parte esencial del engranaje de Bruselas, temas europeos y no nacionales. Crisis migratoria, empleos, cambio climático, seguridad, inversión en África, fiscalidad justa («Para mí, un paraíso fiscal es el lugar donde todo el mundo paga sus impuestos», dijo Vestager haciendo reír a la sala), cuestiones comunes que requieren soluciones comunes. Pero el ‘gap’, la brecha, es a veces insalvable. El formato, para empezar, no ha estado a la altura. Apenas ha habido debate, salvo unos pocos intercambios. Fue más bien una sucesión de monólogos. Poca materia prima para los que buscaban profundizar pero suficiente refuerzo para los ya convencidos.

La UE quiere conectar con la ciudadanía y más antes de la cita que lleva a la elección de la única institución de representación directa. Mostrar que el voto importa, ahora incluso más que nunca. Que es usted, lector, el que decide y el que tiene en sus manos su futuro. Pero cuesta tragar esa idea cuando los candidatos son ajenos, desconocidos o como mucho rostros vagamente familiares, que ni siquiera hablan el mismo idioma y necesitan intérpretes entre sí. Cuando no existen listas transnacionales. Cuando las reglas, los Tratados, dicen que quienes deciden los cargos Ejecutivos son los jefes de Estado y de Gobierno, y no los votantes. Cuando nadie entiende la arquitectura institucional. Cuando a pesar de que los temas que se abordan son europeos, la última palabra es nacional. Pedimos una y otra vez debates de contenido, de fondo y no de formas, y cuando llegan nos damos cuenta de que si los que conocemos son siempre emocionales, viscerales, de cosas fácilmente arrojables al adversario y turbios, es por algo.

FAVORITOS A LA COMISIÓN EUROPEA

La cita del miércoles en el hemiciclo ha convocado a seis candidatos, los que en teoría, y sólo en teoría, son favoritos para presidir la Comisión Europea. Tuvo lo mejor y lo peor de la UE de hoy. Educación, diversidad y respeto, porque los presentes se conocen, se tratan y se respetan. No se odian ni necesitan aparentarlo. En la UE se trabaja de forma conjunta porque nadie puede mandar en solitario, todos se necesitan y buscan los puntos en común. «Podemos hacer una alianza desde Tsirpas hasta Macron», dijo el holandés Timmermans invitando a su paraguas a verdes y la izquierda en temas como el clima. Intentando la estrategia clara de intentar el milagro de sumar sin los conservadores.

Pero también tuvo lo peor. Sensación de distancia, de burbuja. De gente que se esfuerza desesperadamente por conectar con una ciudadanía que no acaba de entender. Esforzándose por no hablar de populismos y extremistas, el elefante en la habitación. Temerosa e impotente. Y en el fondo sorprendida de que 500 millones de personas no se acerquen, se impliquen y se emocionan con ellos con un proyecto, una bandera y unas instituciones comunes.

La Eurocámara quiere que, sí o sí, uno de los protagonistas del debate de hoy sea el sucesor de Jean-Claude Juncker, pero las capitales han dejado claro que la última palabra es suya y que no se sienten obligados a nada. Lo dijeron de forma contundente la semana pasada en Sibiu (Rumanía) en una Cumbe. Emmanuel Macron, el luxemburgués Bettel o la lituana Dalia Grybauskait. Nadie, absolutamente nadie, salió en defensa del sistema, y es muy complicado hallar partidarios entusiastas fuera de la propia cámara y algún ‘think tank’. Todo el mundo quiere unanimidad, pero no es necesaria. «Por supuesto, sería mejor si logramos llegar a un consenso sobre todas las decisiones. Pero hay que ser realistas. No rehuiré a someter estas decisiones a votación si resulta difícil lograr un consenso», avisó ya el presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk, anticipando tormenta.

Estaban en el plató Manfred Weber, del Partido Popular Europeo. El favorito, en teoría, pues los suyos tienen todas las papeletas para volver a ser la fuerza más votada en estos comicios. Un eurodiputado solvente, jefe de filas de los suyos, disciplinado, europeísta, pero sin ninguna experiencia Ejecutiva, ni siquiera a nivel local. Y escaso carisma. Alguien con un perfil demasiado plano, según muchos gobiernos, que no pueden imaginarlo al frente de la Comisión a pesar de contar con el respaldo formal de su grupo. En los debates de este tipo, ya se vio hace poco en Florencia, no está cómodo. Tiene poco que ganar y mucho que perder, es víctima fácil de ataques de los extremos y de quienes no tienen la victoria como objetivo. Y además sus habilidades oratorias y lingüísticas están un punto por debajo de las de sus principales contrincantes.

A su lado, Frans Timmermans, la gran esperanza de los Socialistas y Demócratas. Un diplomático políglota y actual vicepresidente, que no genera excesivas simpatías entre el resto de grupos y que incluso cuenta con un apoyo tibio de su Gobierno, de color muy diferente. Es brillante en el discurso, rápido en la reacción y el ataque, un político consumado pero volcánico, arrogante. Demasiado ambicioso e imprevisible, para bien y para mal, según sus críticos.

En la sala estuvo también Margrethe Vestager, comisaria de Competencia, una de las mujeres más populares del continente y con excelente reputación. Ingeniosa, rápida. Es miembro de la Alianza de los Liberales y Demócratas por Europa (ALDE), que desaparecerá tras el voto para unirse a la République en Marche de Macron en algo nuevo por definir. ALDE está en contra del sistema de Spitzenkandidat, y por eso no tiene un solo candidato, sino siete, con figuras como el belga Guy Verhofstadt o el español Luis Garicano junto a la danesa. Simboliza en sí misma muchos de los obstáculos de esta carrera. ¿Apoyará Macron antes a una danesa de los suyos que a un galo conservador como Barnier para el puesto? ¿Respetarían Alemania o Francia a alguien tan preparado a pesar de que se ha opuesto a algunos de sus planes en materia de Competencia? ¿Tiene sentido una política cuyo Gobierno actual no aprecia y encima, antes de que su país vaya a las urnas en apenas tres semanas?

La próxima legislatura no deparará una Gran Coalición. Las proyecciones y encuestas indican que populares y socialistas necesitarán a los Liberales y/o a los Verdes, representados por otra alemana, Ska Keller. Fresca, diferente, pero consciente de que el rol de los suyos es todavía accesorio. Pueden, como hizo anoche, redefinir los términos de una charla europea a menudo encorsetada, pero no cambiar el continente. No todavía. Se anota así muchos puntos, excelentes para la imagen pero poco relevantes en términos de poder e influencia.

La mejor muestra de esa disonancia europea son los otros dos candidatos. El diputado checo Jan Zahradil, de la Alianza de los Conservadores y Reformistas en Europa (ACRE) y el sindicalista belga Nico Cué, de la Izquierda Europea. Dos absolutos desconocidos, ajenos incluso a buena parte de los participantes más activos en la burbuja de Bruselas. Figuras de segundo o tercer nivel, sin ningún tipo de influencia o ascendente, en las instituciones, los partidos o la esfera pública. Muchos periodistas admitían hoy que jamás habían visto o escuchado a ninguno de los dos antes.

Zahradil fue seguramente el que mantuvo un discurso más diferente, propio de su grupo. Escéptico, crítico con Bruselas, con la centralización. A favor de devolver competencia, de una «Europa flexible» y en contra de lo que definió como un lema anticuado, propio de hace décadas, el de «una unión cada vez más estrecha» que recogen los tratados.

La nota diferente, quizás más representativa del debate electoral, fue que los participantes se empeñaron en hablar en positivo. No tanto de las amenazas, los peligros, el riesgo de ruptura, el tema del último bloque. Hablaron del futuro, de construir, de una Europa más unida y diferente donde las empresas pagan lo que deben. Propusieron, en lugar de la «Comisión de última oportunidad» de la que habló a su llegada Juncker, se piense en una «Comisión para un nuevo comienzo». Decía Colin Powell que los grandes líderes son «casi siempre grandes simplificadores, que pueden hacerse hueco entre discusiones, debates y dudas para ofrecer una solución que todo el mundo puede entender». Europa no es simple y las soluciones rara vez llegan de frente. Requiere debates, discusiones y, como bien sabemos, eternas dudas. Siempre ha sido así y seguirá siéndolo. Y al menos los seis que aspiran a presidirla eso lo tienen interiorizado, por lo que hacen propuestas, pero no venden milagros. Y es de agradecer.