La Filosofía Política: significados, relaciones y retos en el siglo XXI

Algunas de las preocupaciones actuales sobre el presente y el futuro de la filosofía política

Héctor Zamitiz Gamboa

Para John Dunn (1985), la teoría política es principalmente un intento por entender lo que realmente pasa en la sociedad. En consecuencia, lo que establece la agenda para la teoría política, es lo que realmente está pasando en la sociedad. Su tarea es el entendimiento de un mundo práctico, históricamente determinado, no es el reciclaje de un vocabulario más o menos antiguo de valoración moral. En este sentido, la teoría política moderna requiere repensarse porque filosóficamente es débil y políticamente insuficiente.

Para entender tal debilidad, considera necesario estudiar en detalle y con alguna sensibilidad la historia de la filosofía occidental durante más o menos tres siglos y medio. Y para entender cómo es que su insuficiencia política ha surgido, es necesario, en contraste, considerar de cerca la muy concreta historia de la organización política, económica social por lo menos durante un periodo prolongado. Aunque reconoce que el grado de división académica del trabajo que prevalece actualmente en las sociedades occidentales significa que virtualmente ningún estudio es capaz de llevar a cabo un intento serio en el curso de una vida intelectual para dominar estos dos campos cognitivos masivos. Es decir, ningún pensador, no importa que tan impresionantes sean sus habilidades personales, puede probar como exitoso el llevar a cabo un esfuerzo como ése. No obstante, la principal arma intelectual con la que se puede realizar una pequeña contribución, es la separación de dos muy diferentes formas de historia y análisis: de los conceptos de lo ético y lo político que aparecen en el discurso humano y en la reflexión (y a veces desaparecen de éstos), dentro de períodos de tiempo muy particulares; y su existencia, pese a que de esta forma todavía existen, están rodeados de una multiplicidad de presiones, intelectuales y pragmáticas, que da lugar a una interminable variedad de sombras y modulaciones.

Para Will Kymlicka (1990), el panorama intelectual en la filosofía política de hoy es muy diferente del que fue hace veinte o incluso diez años. Los argumentos, siendo avanzados, con frecuencia son genuinamente originales, no sólo para desarrollar nuevas variantes sobre viejos temas (por ejemplo, el desarrollo de Nozick sobre la teoría de los derechos naturales de Locke), pero también en el desarrollo de nuevas perspectivas (por ejemplo, el feminismo).

El panorama tradicional sobre la política –según Kymlicka– mira a los principios políticos como algo que cae en algún sitio, en línea recta, amoldándose de izquierda a derecha. De acuerdo con este panorama tradicional, la gente a la izquierda cree en la igualdad, y por lo tanto respalda algún tipo de socialismo, mientras que aquellos que se sitúan a la derecha creen en la libertad y por ello respaldan alguna forma de capitalismo de libre comercio; en medio están los liberales que creen en una mezcla de igualdad y libertad a medias, y de allí respaldan alguna forma de capitalismo de Estado de bienestar. Desde luego, existen muchas posiciones en medio de estos tres puntos, y mucha gente acepta diferentes partes de diferentes teorías. Pero frecuentemente se piensa que la mejor manera de entender o describir los principios políticos de alguien es tratando de localizarlos en algún lugar de esa frontera.

En este sentido, para Kymlicka, el panorama tradicional sugiere que diversas teorías tienen diferentes valores fundacionales: la razón de que izquierda y derecha estén en desacuerdo sobre el capitalismo, es porque la izquierda cree en la igualdad, mientras la derecha lo hace en la libertad. Ya que están en desacuerdo sobre valores fundamentales, sus diferencias no son racionalmente posibles de resolverse. La izquierda puede argumentar que si se cree en la igualdad, entonces se debe aguantar al socialismo; y la derecha puede argumentar que si se cree en la libertad, se debe de soportar al capitalismo. “Pero no hay forma de argumentar sobre la igualdad por encima de la libertad, o la libertad por encima de la igualdad, porque estos son valores fundacionales, que no tienen un valor más alto o una premisa a la que ambos puedan apelar de manera conjunta”.

Ahora bien, cada una de las nuevas teorías asume que también buscará un último valor diferente. Por tanto, suele afirmar que junto con el más antiguo reclamo de “igualdad” (socialismo) y “libertad” (doctrina libertaria), las teorías políticas ahora apelan a los últimos valores de “arreglo contractual” (Rawls), “el bien común” (comunitarismo), “utilidad” (utilitarismo), “derechos” (Dworkin), o “androginia” (feminismo). Ahora tenemos incluso un mayor número de valores últimos entre los que no pueden existir argumentos racionales. Pero esta explosión de valores definitivos potenciales hace surgir un problema obvio para todo el proyecto de desarrollo de una única teoría de justicia comprensiva. Kymlicka se pregunta: si existen tantos valores definitivos potenciales, ¿por qué continuamos pensando que una teoría política adecuada puede basarse sólo en uno de ellos? “Seguramente, la única respuesta sensible a esta pluralidad de propuestas de valores definitivos es dejar a un lado la idea de desarrollar una teoría de justicia ‘monística’. El subordinar a todos los otros valores a uno único que se anteponga, parece casi fanático” (Kymlicka, 1990: 3).

Para Paul Schmaker, la teoría política tiene un futuro incierto, pues durante los pasados 50 años su contenido fue una explosión, así como los trabajos han sido complementados por los importantes nuevos desarrollos en nuestro pensamiento sobre la vida y gobierno en comunidad. Los feministas, los ambientalistas y los fundamentalistas religiosos, son sólo algunas de las “nuevas” voces que han surgido y debatido asuntos que habían previamente recibido sólo de paso.

Las identidades políticas básicas, abriendo y cerrando las fronteras de las comunidades, se alternan entre los derechos ciudadanos y las responsabilidades, buscando la justicia social tanto dentro como a través de los Estadosnación. Son algunos de los asuntos que han generado debates intensos y estimulantes, mientras que preguntas antiguas, como los requerimientos y conveniencia de la democracia y los papeles legítimos del gobierno, permanecen a pesar de mucha oposición (Schmaker, 2010: 352).

El futuro de la teoría política es incierto no sólo porque ideas políticas innovadoras y cambios pragmáticos puedan ocurrir espontáneamente, pero también porque permanece borroso como continuación de las tendencias actuales que serán recibidas.

Así, como en otros campos de la investigación, la teoría política experimenta una especialización en aumento y una fragmentación. Teóricos políticos contemporáneos normalmente trabajan dentro de tradiciones particulares (como el liberalismo y el marxismo), enfatizando conceptos particulares (como la justicia y la ciudadanía), y se enfocan en tópicos más específicos dentro de áreas conceptuales amplias (como la justicia global y los derechos especiales para los grupos de ciudadanos marginados).

Conclusiones

Bhikhu Parekh planteó a principios del presente siglo dos retos para la filosofía política. El primero está relacionado con la naturaleza y el alcance de las visiones sobre la filosofía política, las cuales se requieren reconsiderar. La filosofía política no puede ser ni singularizadora ni meramente interpretativa; lo primero, porque no es posible hacer filosofía sobre la vida política sin tener alguna concepción sobre el ser humano en general, lo que introduce una ineludible dimensión universal; lo segundo, porque la estructura moral y política de la sociedad nunca es homogénea y, por tanto, toda interpretación que se haga de ella implica necesariamente crítica y elección, y para que éstas no se basen en las preferencias personales del filósofo, con todas las dificultades que esto entrañaría, son precisas una formulación y una defensa claras de unos principios morales y políticos (Parekh, 2001: 743).

El segundo reto está relacionado con los problemas que se derivan de la considerable diversidad cultural de la sociedad moderna; es decir, el filósofo político del pasado solía partir de la hipótesis de una sociedad culturalmente homogénea, tesis hasta entonces generalmente aceptada, por lo cual podía confiar en que los principios explicativos y normativos eran aplicables a todos los ciudadanos, o al menos a la gran mayoría. Por ejemplo, se suponía que cualesquiera fuesen los fundamentos establecidos para los deberes políticos –consenso, equidad, gratitud, bien común, realización personal–, eran aplicables a todos los ciudadanos por igual y con más o menos la misma fuerza moral. Hoy ya no podemos asumir esa hipótesis (Parekh, 2001: 743-744).

Conforme al primer reto, podemos afirmar que las categorías tradicionales dentro de las cuales las teorías políticas se discuten y evalúan, son cada vez más inadecuadas; en cuanto al segundo, se puede afirmar que la búsqueda de grandes y universales teorías en la política, ha sido una aventura quijotesca que puede ser engañosa.

A principios del siglo xxi parece claro que la filosofía política goza de buena salud, pues ha sobrevivido a los más fieros ataques y ha edificado una impresionante tradición capaz de albergar nuevos materiales experimentales y establecer vínculos con otras disciplinas. No obstante lo anterior, se puede afirmar que el desarrollo que ha tenido la filosofía política es posible que no haya sido del todo positivo en la ciencia política, pues en ambos campos la investigación, la especialización y la fragmentación, van en aumento.

Este desarrollo es visto a veces con ansiedad mientras disminuye la capacidad de la teoría política por jugar su papel histórico, de integrar ideas políticas dentro de un entendimiento coherente del rango complejo de la actividad política.

Debemos de preocuparnos porque la filosofía política continúe contribuyendo a explicar la complejidad política del mundo actual. Una de las tareas que tenemos que evitar es que el malestar existente entre los profesionales de la ciencia política, al que alude Gabriel Almond en su artículo “Mesas separadas: escuelas y corrientes en las ciencias políticas”, se siga profundizando (Almond, 1999: 40). Pues aunque dicho autor establece “cuatro mesas separadas”, podemos afirmar que en el trabajo cotidiano de los responsables de la formación académica de las nuevas generaciones de politólogos, se debe presentar una combinación tanto de las dimensiones como de las escuelas, sobre todo cuando se trata de definir qué debe saber el estudiante acerca de la filosofía política y la teoría política, teniendo como base y punto de partida la historia de las ideas políticas.

Es importante señalar que la filosofía política debe seguir progresando, debe estar dispuesta a enfrentar nuevos retos y revisar sus instrumentos teóricos. Entre los retos que se le formularon entre el final del siglo xx y el xxi, que han merecido especial atención de los estudiosos, son: la progresiva disolución del Estado-nación en unidades más grandes y más pequeñas; los cambios en la naturaleza y los contenidos de lo político; el potencial, a la vez represivo y emancipador, de la creciente demanda de intervención estatal en ámbitos sociales que hasta las últimas décadas del siglo xx habían pertenecido al ámbito privado, y la reestructuración de la sociedad civil.

Conviene destacar también que la pregunta central de nuestro tiempo es: ¿dónde está el poder hoy?, cuya respuesta es del ámbito de la filosofía política para sistematizar las transformaciones que ha generado este fenómeno en distintos ámbitos globales que se encuentran inmersos en una profunda crisis económica, financiera, energética y alimentaria mundial desde el 2008, cuyos efectos no sólo no se han dejado de sentir seis años después, sino que anuncian que no ha terminado lo más difícil, sino que amenaza con complicarse.

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