La amarga sensación de los mayores aislados en residencias: «Me están quitando años de vida»

  • Una anciana que vive en un centro de mayores y varios familiares de residentes describen cómo llevan las restricciones de visitas

  • PorJESSICA MARTÍN
    residencia de ancianos
    Los protocolos de las residencias para prevenir los contagios por Covid-19 repercuten en el estado emocional de los mayores.
    Nieves desayuna temprano cada día. Al terminar, da un paseo en solitario por el jardín de la residencia en la que vive y luego se sube a su habitación hasta que el reloj indica que toca, nuevamente, bajar a comer. Su vida, desde que volvieron a cerrar estos centros para personas mayores y restringieron las visitas de familiares, es pura “monotonía”, y lo peor de todo es no saber cuándo podrá recuperar todo el tiempo perdido.

    “Yo lo que siento es que me están quitando años de vida. Ahora estoy bien, pero a lo mejor cuando pase todo esto estoy con una garrota”, explica la mujer, que tiene 81 años y la fortaleza propia de quien se llevó un gran palo en la vida. La muerte de su marido, tras 27 años de enfermedad, ha hecho que ya no le tema a nada, ni siquiera a una pandemia que, admite, sí está causando estragos en otros compañeros.

    En una conversación con RTVE.es, Nieves describe cómo es vivir en una residencia en la que, hace unos 15 días, volvieron a prohibir las salidas y a restringir las visitas de familiares, como medida de prevención frente al virus que tanto daño ha hecho a esos centros en este aciago año.

     

    Hay días en los que tiene «la moral por los suelos»

    “A mí no me vienen a ver porque a mis hermanas esta residencia les pilla muy lejos, pero yo antes, cuando se podía, sí salía, iba al pueblo, al teatro, al cine… y ahora nada. El otro día vi a mi sobrina porque, al no poder salir yo, me trae algunas cosas que necesito”, cuenta la mujer, que echa de menos poder hacer todo aquello que antes le hacía feliz, como, por ejemplo, salir a comer “chocolate con churros”.

    Aquel pasado reciente que ahora añora también le permitía charlar con otros residentes en la cafetería o saludarlos en el jardín, mientras que ahora se pasa la mayor parte del tiempo en la habitación. Los libros, dice, son su «válvula de escape” y ha dejado de ver la tele porque la información que ofrece cambia tanto que «no te puedes fiar».

    “Las clases de gimnasia mental que hacíamos, que me gustaban mucho, también están suspendidas. Ahora todo es de una monotonía… me voy a tener que dedicar a ponerle nombres a los árboles”, bromea la mujer, que tira siempre de su enorme sentido del humor para afrontar esos días en los que el aislamiento le deja “la moral por los suelos”.

    No obstante, sus circunstancias, aclara, son distintas a las de otras personas que viven en la residencia. Ella no tiene hijos y decidió de manera voluntaria pedir plaza en la residencia hace seis años, cuando murió su marido. Por eso, aunque eche de menos salir y ver a sus seres queridos, no sufre el aislamiento tanto como otros compañeros.

    “Hay algunos que se quejan muchísimo de que no pueden ver a sus hijos o a sus nietos y esto les está afectando mucho. Cada una lo asimila como puede, pero sí hay veces que después de las visitas se quedan llorando”, dice Nieves.

    «Hay una planta preparada, por lo que pueda pasar»

    Ella está siendo testigo del daño directo o indirecto que la pandemia ha hecho a muchos de sus compañeros de residencia, no solo desde el punto de vista psicológico, sino también a nivel físico.

    “Hay una compañera a la que no había vuelto a ver desde que nos confinaron. Esta mañana le pregunté a la chica de terapia ocupacional si podían sacarla para que la saludara. Es una señora de 99 años que estaba muy bien y que ahora apenas ve, casi no oye y va en silla de ruedas… Ves cada cosa que se te cae el alma al suelo”, comenta.

    En esa residencia, ubicada en el municipio madrileño de Villaviciosa de Odón, no hay actualmente ningún caso positivo, pero a Nieves le duele ver cómo ha acampado la desesperanza en el edificio, desde el primer embiste de la pandemia, que dejó «entre 35 y 40» víctimas mortales.

    “Esta residencia enseguida la cerraron. El problema es que cuando empezó todo trajeron personas de otra residencia y hubo un brote. Ahora ya hay una planta preparada por lo que pueda pasar«, revela Nieves, que ha aprendido a convivir con la incertidumbre.

     

    «Es que aquí raro es el día en que no te enteras de que se ha muerto alguien. Aunque no te lo digan, llega un momento en el que te enteras y, si lo has conocido, te afecta. Pero, bueno, es el camino que todos tenemos que seguir”, añade en un tono en el que se mezclan la resignación, el optimismo y la practicidad.

    Lo único que desea ahora es poder volver pronto a una normalidad en la que cada día no sea igual que el anterior.

    “Esto me trae de cabeza. Cuando llega la noche, digo: un día más. Mañana, ya veremos cómo amanezco. Pero la verdad es que hay días duros”, confiesa.

    El sufrimiento de los familiares por la restricción de visitas

    El horizonte también es desolador para los familiares de los residentes, que no saben hasta cuándo tendrán que acatar las limitaciones en las visitas y que viven con el miedo de que, cuando todo pase, pueda ser ya demasiado tarde.

    María José vio por última vez a su madre el día 12 de agosto. Después, cerraron la residencia en la que vive y el contacto se ha reducido al que permite una videollamada semanal, algo que deja a su familia “un dolor inmenso” y sitúa a su madre en un estado de “abandono emocional”.

    “Mis hermanos y yo estábamos muy unidos a ella. Íbamos a verla casi todos los días, la traíamos a casa, comíamos con ella, la llevábamos a restaurantes y ahora, con esta situación, su alzhéimer ha empeorado muchísimo. Está en el grado máximo y lo estamos pasando fatal”, explica la mujer.

    El declive comenzó el 10 de marzo, día en el que su madre celebraba su 87 cumpleaños y en el que cerraron la residencia a cal y canto. La anciana empezó a dejar de comer, a tener «tendencias neuróticas» y a reclamar continuamente la presencia de sus hijos, que decidieron sacarla de la residencia para poder “recuperarla”.

    Durante dos meses y medio, estuvo atendida en casa por sus hijos y nietos, pero a finales de junio tuvieron que tomar la difícil decisión de volver a llevarla a la residencia. Las obligaciones laborales hacían inviable que la anciana estuviese bien atendida las 24 horas, a lo que se suman otras dificultades: las viviendas de los hijos están adaptadas a las necesidades de la mujer, que de manera muy rápida empeoró su salud física y vio reducida su movilidad.

    «Llevamos un mes sin ver a mi madre»

    “Parecía que había mejorado, pero han vuelto a cerrar la residencia y vuelve a estar peor. Llevamos un mes sin verla y cuando llamamos para preguntar con ella nos dicen que no hay personal para recibir las llamadas de los familiares y que, si pasa algo, ya nos llamará la doctora”, cuenta María José, que ha tenido que recurrir a ayuda de un psicólogo para poder sobrellevar una situación que está haciendo “un daño terrible” a su familia.

    «Mi madre ha pasado de estar andando, normal, a estar atada las 24 horas. Y saber que ella nos ha dicho que jamás quería verse en una residencia, y que para verse así se prefería morir, nos tiene destrozados. Estamos llorando todo el rato», dice.

    La espera se les está haciendo eterna. El cierre del centro se prolonga indefinidamente porque han detectado un positivo por COVID-19 y la videollamada semanal que le ofrecen desde el centro para comunicarse con su madre no es suficiente.

    “Ella tiene mucho miedo y nosotros solo podemos verle la carita. No sabemos verdaderamente cómo está. Solo veo, como mucho el cinturón con el que la tienen atada, que la presiona. La tecnología no está adaptada para personas con deficiencia cognitiva”, dice María José, que suplica a las administraciones que hagan algo para no prolongar el sufrimiento.

    Por favor, que nos dejen ir. Que aíslen al positivo y que nos dejen ver a nuestros familiares con todas las medidas que hagan falta”, implora.

    Las personas con enfermedades neurodegenerativas han empeorado

    La situación que describe Ana es similar. El estado de salud de su madre, que tiene 73 años y un grado de alzhéimer “avanzado”, también ha empeorado de manera significativa en los últimos meses.

    “La saqué en abril. Me la traje a casa en condiciones malísimas porque tenía el virus y en la residencia no lo sabían. Antes de que nos confinaran, ella hacía todo sola. Caminaba, aunque se desorientara, y podía ir al baño sola, pero cuando la saqué ni siquiera comía ni bebía. Había perdido 15 kilos”, revela Ana, que sabe bien cómo repercute este periodo de “privación de estímulos y de contacto” en los mayores porque ella es profesional de la psicología y está especializada en la tercera edad.

    Están ahí metidos, sin estímulos, y las actividades que hacen son muy mínimas

    Desde que irrumpió la pandemia, ha visto a través de sus pacientes cómo se han agravado los trastornos de ancianos que ya padecían demencias o enfermedades neurodegenerativas y cómo se han iniciado procesos de deterioro cognitivo en mayores que estaban sanos. También han aflorado los casos de ansiedad o depresión, dos trastornos que siguen propagándose entre los mayores que viven en residencias debido a la restricción de visitas familiares.

    “Lo que a ellos les mantiene anclados a la realidad es el contacto con sus familiares y eso lo han perdido. Están ahí metidos, sin estímulos, y las actividades que hacen son muy mínimas. Todo eso afecta al ánimo, y tener un ánimo bajo, da igual si tienen un deterioro cognitivo o no, les lleva a descuidarse a nivel físico. Se deprimen más, no duermen bien…”, comenta Ana.

    Para ellos es «como estar en una cárcel»

    A todo esto hay que sumar, dice, un factor muy relevante: “la sensación de inseguridad” y de “abandono”.

    “En la residencia te llevan al baño a tu hora, no cuando tú necesitas. Te dan de comer cuando es la hora y no cuando tienes hambre. Y todo así. Para ellos es como estar en una cárcel o en un campo de concentración, pero peor porque no entienden por qué están ahí”, dice Ana, que también lo está pasando fatal por saber que su madre está sufriendo día tras día.

    Otra fuerte queja de los familiares, como también indicaba María José, tiene que ver con la “falta absoluta de información” en un momento en el que ellos mismos no pueden comprobar su estado físico.

    Las condiciones en las que se hacen las visitas hacen más daño emocional que bien

    “Yo tengo suerte de que en su residencia no hay ahora mismo ningún positivo y permiten visitarla una hora a la semana, pero es completamente insuficiente y las condiciones en las que se hacen las visitas hacen más daño emocional que bien. La ves en una sala o en una terraza a dos metros de distancia y las dos con mascarilla. Mi madre habla muy bajito y no la oigo nada, y ella a mí tampoco me escucha”, dice Ana

    Tan tensa es la experiencia para su madre, que ha llegado a pedirle “que no vaya a verla”.

    No puede soportar no tocarme, no darme un beso. Me pide que le dé la mano y yo le digo que no me dejan (…) Ayer me dijo: ‘no tengo motivo para vivir’. Y lo entiendo. Imagínate que tu vida es levantarte por la mañana y esperar el resto del día a que llegue el momento de las comidas, pensando ‘a ver si algún día vienen mis hijas a verme’”, explica apenada.

    Los ancianos sin daños mentales también se sienten «abandonados»

    La forma en la que están viviendo el aislamiento los residentes diagnosticados de demencia o alzhéimer es distinta a la que experimentan los ancianos que conservan sus capacidades cognitivas, pero la sensación de “abandono”, explican otros familiares, es común.

    “Los que tienen su cabeza bien, como mi madre, a veces se enfadan muchísimo. Nosotras nunca nos quedábamos con ella en la residencia y ella ahora no entiende por qué no la podemos sacar al parque. Hay días en los que está llorando y muy triste”, dice María Jesús, hija de una mujer de 91 años que vive en una residencia del distrito de Usera, uno de los más afectados por la COVID-19.

    Tan estricto es el protocolo dentro del edificio que no les dejan “ni llevarle un paquete de galletas”.

    “Ella es muy golosona y por las noches, cuando se desvela, se toma su galletita y se vuelve a quedar dormida. Parecen tonterías pero esas son las pequeñas cosas con las que antes les podías hacer felices. No entiendo estos protocolos tan exagerados”, critica María Jesús, que forma parte del movimiento ‘Marea de residencias’, desde el cual llevan meses denunciando la “vulneración de derechos” que se produce en algunos centros.

    Hay familias que creen que están “encerrando” a los mayores porque es “la solución más rápida” y la que evita a los centros tomar otras precauciones que permitan las visitas.

    De momento, estos encuentros están limitados a una hora semanal y solo puede acudir una única persona, algo que, tristemente, ha llevado a María Jesús y a su hermana a retomar una idea que pusieron en práctica tras el primer cerrojazo: “Mi madre es una lectora tremenda y durante el confinamiento decidimos enviarle una carta al día para que estuviera en contacto con nosotros. Ahora, de vez en cuando, también se lo hacemos para decirle: ‘mamá, seguimos aquí, aunque estemos al otro lado de la puerta'».