Joao Félix sigue en trance: ilumina con otro doblete el camino de un gran Atlético

Firma en Pamplona su cuarta diana de la semana y mantiene al conjunto rojiblanco en la zona alta. Koke imparte una masterclass y Torreira pone la calma en el ocaso

Para Joao Félix, El Sadar va camino de convertirse en un santuario personal. Cuatro goles en dos visitas. Y, también, cuatro flechazos en esta mágica semana para él. Sin ese póquer, el presente y el futuro del Atlético sería bien diferente. Entre las paredes del remozado estadio navarro, volvió a descorcharse el portugués, pese a errar un penalti que habría evitado los sofocos de última hora a su equipo. Al final, lo mismo dio. Los rojiblancos, con dos partidos menos, siguen asomados al ático de la clasificación. Con Joao creyéndose la estrella de un equipo en despegue, donde Koke irrumpió con una masterclass. Lo de la transición parece que ya es cosa del pasado.

En su estadio, las camisetas rojas de Osasuna corren como si las voces de su gente atronaran en sus cabezas. Una suerte de éxtasis con el que reciben a sus visitas. Así dieron la bienvenida al Atlético. Empujando al conjunto rojiblanco contra su portería. Borrando a golpe de pulmón cualquier atisbo de sonrisa en los chicos de Simeone, que llevan dos semanas seguidas encontrándose un desafío cada tres días. El que hallaron en suelo navarro no fue menor. Arrasate tenía claro que para echar a la lona al equipo menos goleado de Primera (dos tantos en siete partidos) son necesarias muchas virtudes, entre ellas la de no desfallecer ni física ni mentalmente.

Sin delanteros puros sobre el césped, con Luis Suárez reponiendo fuerzas, Diego Costa en proceso de recuperación y Saponjic… Saponjic, en el banquillo, sin más, al Atlético le tocó idear otro plan bien distinto al habitual. Ni Llorente ni Joao Félix tienen el don de bajar balones para la llegada desde segunda línea de sus compañeros. Así que, escoltados por Correa Vitolo, de vuelta a la titularidad un mes después, rediseñaron la forma de asaltar la meta de Osasuna. Como no había nada que hacer por alto, la solución estaba a ras de césped. Siempre, eso sí, con el rabillo del ojo enfocado hacia Oblak. Porque cada arrancada navarra amenazaba derribo. Para desgracia local, sólo fue una amenaza.

Trippier, cuestionado en los últimos partidos y sin un relevo natural que le dé un poco de respiro, le tocó lidiar de inicio con Jony, cedido por el Lazio, cuyos afilados centros pusieron los pelos de punta en la zaga atlética, donde regresaba Giménez tras reponerse plenamente del Covid-19. De haber embocado Enric Gallego uno de esos envíos, a un metro de Oblak y sin oposición, tal vez la historia del partido habría sido bien diferente.

Pero el Atlético sacó el paraguas y rebuscó en su bolsillo hasta que Joao Félix avistó la galopada de Vitolo, que con inteligencia arrancó un penalti a Roncaglia, cuando ya asomaba el descanso. Y allí que se presentó el joven portugués, con el temple de un veterano, para firmar su tercer gol de la semana con un remate seco y ajustado al poste. A los rojiblancos se les abrieron de golpe las puertas del cielo. Y así lo debió sentir también Osasuna porque tras el descanso, con el marcador en contra, nada volvió a ser lo mismo.

LA SALA DE MÁQUINAS DE KOKE

Aterrizó delicado y elegante el Atlético tras el parón. Si a la hora de partido no había goleado a su rival fue por una extraña alineación de los astros que desembocó en un eclipse de puntería. Joao Félix mandó al palo un segundo penalti, tras mano de Oier, que Correa, a puerta vacía, tampoco acertó. A continuación llegarían dos más del argentino, una escupida por el poste y la segunda, por Herrera. Y como colofón, Vitolo, mano a mano, cruzaba el destino rojiblanco.

Hay cosas que simplemente ocurren. No tiene sentido buscarles una explicación. Lo que si la tiene, con nombre y apellidos, es la causa de esa avalancha de fútbol. Koke manejó y vio cosas en ese tiempo que sólo él puede ver. Sus compañeros, sin embargo, no se lo agradecieron con goles.

Pero ante las dudas, nada mejor que encontrar una certeza. Y ahora mismo no hay ninguna mayor que Joao Félix. El portugués salió al galope junto a Correa, alzó la vista y un fogonazo iluminó Pamplona. Igual que hace unos meses, tras el parón por la pandemia. Sólo que ahora el Atlético ya no se entiende sin él. Budimir encogió un rato el corazón de Simeone, hasta que Torreira, con un cañonazo, abrochó la fiesta. Otra más para un Atlético en erupción.