En el 45º aniversario del triunfo de la Revolución de los Claveles, Portugal disfruta de su legado democrático y pacífico

El régimen que cayó bajo el peso de las flores

Decía el político francés Antoine de Lamartine que cuando faltan las palabras, la música habla. Hace 45 años en Portugal dos canciones hablaron en nombre de un país ansioso por recuperar la libertad y sirvieron para lanzar la Revolución de los Claveles. Desde 1933 los portugueses sufrían bajo el Estado Novo, la dictadura ultra tradicionalista de António de Oliveira Salazar. El régimen se había mantenido fuerte durante las primeras tres décadas de su existencia, pero el estallido de la Guerra Colonial en 1961 y la muerte del dictador en 1970 contribuyeron al desgaste del salazarismo, y al desencanto de los militares enviados a luchar en el “Vietnam portugués”.

En este contexto surgió el Movimiento de las Fuerzas Armadas, cuyo objetivo era acabar con el Estado Novo. A los conspiradores no les faltaba entusiasmo, pero sí medios para coordinarse: la mala comunicación entre los sublevados hizo fracasar un primer intento de golpe de Estado en marzo de 1974, y por eso cuando decidieron organizar un segundo levantamiento pactaron señalar su inicio con música que sería retransmitida por colaboradores en la radio lusa. Fue así que a las 22.55 de la noche del 24 de abril sonó E Depois do Adeus a través de las Emisoras Asociadas de Lisboa, dando el pistoletazo musical de la Revolución. La balada de Paulo de Carvalho -que semanas antes había quedado en penúltimo lugar en la 18ª edición del Festival de Eurovisión- versa sobre el final de una relación amorosa, pero esa noche se entendió como un adiós colectivo a la dictadura e indicó que los sublevados habían ocupado posiciones estratégicas en el país.

Poco después de la medianoche sonaba Grândola, Vila Morena en Rádio Renascença. El canto alentejano de Zeca Afonso, que celebra la fraternidad entre los campesinos, había sido prohibido por el régimen por su supuesto contenido filo-comunista. Para los pocos civiles que escuchaban la radio a esas horas su retransmisión era un indicio de que algo raro estaba pasando; para los capitanes rebeldes, era la luz verde para avanzar hacia Lisboa.

Inicialmente no se supo si los militares habían salido para apuntalar las grietas de la dictadura o para acabar con ella de una vez por todas. Lo que sí era evidente es que el levantamiento se estaba produciendo de la manera más portuguesa imaginable, con un nivel de respetuosidad y contención casi caricaturesco: quienes condujeron los tanques hacia la Plaza del Comercio insistieron en seguir las normas de tránsito, deteniéndose en cada luz roja que encontraron por el camino, y cuando los civiles se acercaron para preguntar qué hacían, los soldados explicaron amablemente que un golpe de Estado estaba en curso y que lo mejor era quedarse en casa hasta que todo pasara.

Las dudas mundiales sobre las intenciones de los militares quedaron resueltas gracias al gesto inocente de la camarera lusoespañola Celeste Caeiro, que pasaba por el centro de la capital con un ramo de claveles cuando se topó con un tanque. Comenzó a hablar con uno de los soldados, que le dijo que se dirigían al Cuartel del Carmo para detener al jefe del Gobierno, Marcelo Caetano, y preguntó si la camarera le regalaba un cigarro. Cairo le respondió que no fumaba, pero en su lugar le ofreció un clavel, y el soldado puso la flor en el cañón de su escopeta. Los otros militares vieron en el gesto una manera de dejar claro que no pensaban disparar sobre la población civil, y comenzaron a pedir claveles a todas las floristas que encontraron por el camino. Fue así que en poco tiempo no había fusil sin el clavel que dio nombre a una revolución en partes iguales militarizada y pacífica.

Cercado por los sublevados, en torno a las 17.45 Caetano se rindió al general António de Spínola. Al día siguiente -a la vez que se liberaban los presos políticos en las prisiones lusas- él y sus ministros depuestos partían al exilio en Brasil. En los meses siguientes el Gobierno Provisional negoció la descolonización del Imperio y la organización de las primeras elecciones libres en Portugal desde 1925, celebradas exactamente un año después del triunfo de la Revolución. En esos comicios los lusos eligieron a los miembros de la Asamblea Constituyente que sentó las bases de la democracia portuguesa, hoy una de las más sólidas del continente.