CARTAGENA/ La Piedad vive en el corazón de sus fieles

Miles de nazarenos y de promesas expresan su fervor por la Virgen en una noche con el centro a reventar

«¿De dónde han salido tantos nazarenos?», se preguntaba anoche, en la esquina de las calles Mayor y Cañón, un señor que presenciaba con su familia la procesión de las Promesas de la Santísima Virgen de la Piedad. Y era normal que lo cuestionara, porque nada más pasar abriendo camino el sudario de la Cofradía Marraja con su tercio de acompañamiento y los granaderos cadetes, los del gesto valiente, solo se veían nazarenos morados llegar desde la calle del Aire. Luego vino el Santo Cáliz, y más terciopelo.

Oleada tras oleada, los nazarenos fueron los grandes protagonistas de la procesión antes de la aparición del trono de la Virgen. Los había de todas las edades, aunque abundaban los grupos de niños acompañados de algún mayor. Iban dispuestos a vaciar las bolsas de caramelos y algunos bien que lo consiguieron cuando todavía no habían llegado a la Puerta de Murcia, repleta de gente.

Siendo la procesión más corta de la Semana Santa, pues pasa en apenas 70 minutos, es una de las más participativas. Porque si los nazarenos abundan por delante, las promesas lo hacen por detrás del trono de la Virgen. Anoche se contaban por miles los cartageneros que la acompañaron en señal de respeto y devoción. Como cada Lunes Santos, unos lo hacían en agradecimiento; otros para pedirle por algo que les desvela; casi todos para rezarle a esa Virgen marraja que logra reunir en las varas de su trono a procesionistas de todas las cofradías y a algún devoto que no viste otro traje estos días más que la túnica gris con su escapulario pegado al corazón.

La procesión para unos minutos ante la Caridad para ofrecerle rosas y una salve a la Patrona

La procesión salió a las nueve de la noche desde la iglesia de Santa María de Gracia. Como es costumbre, media hora antes la calle del Aire era un hervidero, con la gente tratando de encontrar un hueco para ver la procesión e incorporarse inmediatamente a ella tras la línea de contención que marca la Policía Local. Anoche participaron las agrupaciones de Nuestro Padre Jesús Nazareno, la de Granaderos y el Santo Cáliz, arropando a las de la Piedad y a la de sus portapasos promesa.

Era noche cerrada cuando el tercio del trono insignia entró en la calle Mayor a los sones de ‘Virgen del Tura’, interpretada por la Agrupación Musical Virgen de la Soledad, de Molinos Marfagones. Después, el trono obra de orfebrería que representa la cúpula de la basílica de la Caridad sobre el escudo de la agrupación: un corazón con seis puñales clavados.

Paso largo y firme

La salida del tercio titular de la Piedad, con sus penitentes impecables de gris y azul, fue correspondida por el público con aplausos. El paso largo y firme es una característica de este grupo que anoche desfiló con hachotes de vela, con los monaguillos entre las dos filas y con la cruz plateada cerrando, por delante de la banda de música.

Un centenar de señoras con mantilla, entre las que figuraban María de los Ángeles Yepes, esposa del hermano mayor marrajo, Francisco Pagán Martín Portugués, precedieron a la presidencia de la procesión. Acompañaron a la directiva de la cofradía y a los presidentes de sus agrupaciones el Procesionista del Año, Rafael Ruiz Manteca, y la Nazarena Mayor, Elo Pavía Galán. Saludaron al pregonero, Tomás Martínez Pagán, que vio pasar a la Virgen entusiasmado desde un balcón de la calle del Cañón.

La calle del Aire ya era un hervidero media hora antes de abrir sus puertas Santa María

Justo por detrás de ellos, la Piedad (José Capuz, 1925), en su trono repleto de rosas y dejando una estela de perfume natural, bien escoltada por soldados del Tercio de Levante de la Infantería de Marina.

La procesión se interrumpió cuando cerca de la medianoche el trono llegó a la puerta de la basílica de la Caridad. Allí se repitió el ritual de costumbre, con la ofrenda de rosas a la Patrona y el canto de la salve, con las dos tallas marianas frente a frente. Después discurrió hasta Santa María, donde a la una de la mañana tuvo lugar la recogida después de otra sentida salve sin igual.